miércoles, 5 de junio de 2013

La Libreta Militar: ¿Nuevamente La Volveremos a Ver? / Peruvian Military ID: Would We See It Again?

Ayer estaba leyendo el periódico y me enteré que  el servicio militar nuevamente será obligatorio en el Perú, noticia que ha causado tremenda polémica ¿A quién le gustaría hacer el servicio militar si no tiene vocación para ello? Bueno, dejemos la polémica a los medios, más bien quisiera tomar este tema desde otra perspectiva, más que nada a través de fotos, no de soldados o cuarteles, sino más bien, de un documento que muchos peruanos, que ya pasamos los 30 años, conocemos muy bien, y que es la Libreta Militar.

Como ya paso los 30 años, saqué mi libreta militar, obviamente. Ese documento que parecía un pequeño acordeón de papel que teníamos que llevar en la billetera, tal cual como el DNI (documento de identidad nacional). Creo que al año siguiente que me inscribí (obligatoriamente) para recabar mi libreta militar, este servicio ya dejó de ser obligatorio, y por lo tanto, ya no era necesario recabarla.
Mi papá también recabó su libreta militar, pero fue en la década del 50 y felizmente, nunca tuvo que usarla, ni yo tampoco, puesto que nunca tuvimos que ingresar al servicio. Ya cuando la inscripción dejó de ser obligatoria, pensé que estas libretas serían como un recuerdo, como algo que con el tiempo se convertiría en un objeto digno de un museo, tal vez. Pero con la nueva ley, seguramente, volveremos a ver nuevamente estas libretas en circulación.

Yesterday, I read a newspaper stating that the military service will be compulsory again in Peru and, obviously, this news has caused a great controversy in the media. Who would like to perform military service if there is no vocation for that? Well, let's leave the controversy to the media, because I would like to take this issue from another point of view instead, basically through images, not about soldiers or barracks, but rather about a document known perfectly by many Peruvians, who already are over 30 years old, that is the Military Identity Card.

Since I am over 30, I do have a Military Identity Card, which looks like a small paper accordion and by that time it was mandatory to be kept in the wallet (with oneself) all the time, like the Peruvian ID (National Identity Card). I think that following the year when I enrolled (compulsory) to obtain the military identity card, this service stopped being compulsory, and thus, there was no need to obtain it. My father also obtained his military ID in the late 50’s, and fortunately, he has not ever used it, neither have I, because we both had not to enter into service. By the time the enrollment stopped being compulsory, I thought that those IDs would turn into memorabilia, perhaps like something worthy of a museum. But, with the new law enacted, perhaps we would see them again among us. 

(Hacer click en la imagen para ampliación) 
(Click on image for a larger view) 
Esta libreta perteneció a mi papá, era una libreta pequeña, de aproximadamente 10 cm de alto, con pasta dura y con letras impresas tipo "pan de oro". (Año: 1957) 
This military identity card belonged to my father, it is a small hardcover book-like ID, with around 10 cm height and gold-leave like letters printed on the cover. (1957).
Sus páginas ya están un poco desvencijadas y deterioradas por el tiempo. En ella muestra los datos personales, y las típicas fotos de frente y de perfil. 
Notemos que en aquella época, aún consideraban que la raza japonesa era de "color amarillo". Con el pasar de los años, ya las descripciones no eran tan "estereotipadas" (o ¿tendría que considerarlas como "racistas"?).

The pages are a little tattered and damaged due to the time. On them we can see the personal data and the typical front and side photos. Note that the Japanese race was still considered as a “yellow color” in the physical feature section by that time. Over the years, descriptions were not so "stereotyped", (or, i should say “not so racist”?).

Y este "acordeón de papel", era mi libreta militar, de 1997.(¡Recién me doy cuenta que son exactamente 40 años la diferencia entre la emisión de la libreta de mi papá con la mía!). Tiene aprox. 25 cms. de ancho. Era un simple pedazo de cartulina delgada a la que teníamos que guardarla en una mica, porque de otro modo, podría deteriorarse.Como no me gusta la foto que me tomaron, opté por borrarlas (en el mismo cuartel, tomaban las fotos, de frente y de perfil).

And this “paper accordion” corresponds to my own military ID, issued in 1997. (I just realized that the difference between the time of issuing of my father’s ID with that mine is exactly 40 years!). It is approximately 25 cm and made of a simple thin cardboard, which should be kept in a transparent pocket-like acetate; otherwise, it would get damaged. I deleted my photos before posting it on the blog because I do not like how my looks was at that time (photos were taken in the same enrollment office).
Y esta es la parte interna de la libreta, con los datos personales. Personalmente, me gusta más la de mi papá, que ostenta una bella caligrafía, al parecer hecha con una pluma fuente. La mía, simplemente, es una libreta tipeada fríamente a máquina.

And this is the backside of my military ID, containing personal data. Honestly, I like most my father's ID, which has a beautiful handwriting, maybe made with a fountain pen, very stilish. My ID is a plain typewritter machine-typed ID instead.

Como vemos, la historia se repite, pensé que ya no la volvería a ver, o siquiera escuchar de ella, pero... ¡qué diferencia entre la libreta militar de hace casi 60 años con otra casi actual! 

As we could see, history repeats itself, I thought that I would not ever see them again, or even heard about them, but... what a difference between the military ID issued almost 60 years ago and another ID almost recently issued!

martes, 28 de mayo de 2013

"Hay que Cuidar a los Mayores" (dijo mi oba)...pero en lo que se Pueda (digo yo)


Hace poco tuve una entrevista de trabajo que nuevamente me enfrentó con mi pasado.



Cuando el jefe de área lanzaba las clásicas preguntas: “¿cómo te ves dentro de cinco años?”, ¿cuáles son tus planes para el próximo año?”, yo ya estaba ordenando mis ideas mentalmente para dar la mejor respuesta posible, pero, de repente, mi inconsciente (o consciente, diría yo), parecía que decidió sabotearme el momento, porque automáticamente me mostraba pequeños flashbacks de aquellos momentos, muy pasados momentos para mí, que si bien no fueron determinantes para decidir lo que haría dentro de 5 años, fueron esenciales para influir en lo que podría haber hecho hoy y, seguramente, para los próximos 5 años.



Esos flashbacks me remontaron a la época cuando cuidaba a una tía enferma en la casa, como les había comentado en un post anterior, y que literalmente absorbió todo mi tiempo y dinero en esos 2 años. Si hace 2 años estuviera recordando estos tristemente llamados “recuerdos”, estaría escribiendo este post en un mar de lágrimas, con mi caja de kleenex al costado. Pero no, ahora escribo este post tranquilamente y disfrutando de un yogurt de fresa, porque felizmente tengo una memoria selectiva y poco a poco olvido los episodios desagradables, llegando incluso a tener cierta “amnesia”, algo muy beneficioso en estos casos (pero claro, tengo que dejar pasar un poco de tiempo para llegar a este estado de “amnesia”).



Esos flashbacks me hicieron acordar del momento en que estuve a punto de seguir un curso de postgrado, pero tuve que dejar pasar la oportunidad, porque mi tía se enfermó y no había nadie quien quería ayudarla; o la vez que… en fin, ya ni me acuerdo, porque como les dije, tengo una memoria selectiva, que gracias a dios, ya se está convirtiendo en amnesia, y me estoy olvidando aquello que no me sirve, aquello que me hace daño, porque si bien ayudar a alguien es gratificante, muchas veces resulta ser una carga muy pesada que tiene consecuencias.



Y así, desde hace tres años, dejé que el vicio de la procrastinación se apodere de mí, y fui dejando los retos (léase “seguir una maestría o una especialización”, viajar, etc.) para “más tarde, porque ahora tengo a una tía que cuidar”. Ese “más tarde, porque ahora tengo a una tía que cuidar” se convirtió en una excusa perfecta para dejar que esta auto-desidia sea la que rija mi vida, pero poco a poco estoy aprendiendo a que quererme más y a no dar el 100% en algo que al final me va a dañar y por eso, simplemente, trato de olvidar, aunque no es fácil, porque aún tengo que verla, aunque se encuentre en una casa de reposo.



Bueno, en esos momentos de la entrevista de trabajo, me puse en blanco por segundos y ya ni recuerdo lo que dije, pero seguro no fue un plus a mi hoja de vida, puesto que al final no pasé la entrevista. Por eso será que no me gustan las entrevistas de trabajo, porque me recuerdan muchas cosas que ya pasó para mí. Como dice una canción de José José: “Ya lo pasado, pasado no me interesa… si antes sufrí y lloré, todo quedo en el ayer…” (Ojalá que muy pronto pueda cantar lo que sigue de la canción: “ya olvidé, ya olvidéee, ya olvidéeee”).



Antes, muchos años atrás, en la época que vivía mi oba, se acostumbraba a cuidar a los padres o al oji u oba en casa, sobretodo si estuvieran enfermos. No se escuchaba siquiera la palabra “asilo” o “casa de reposo”, porque se suponía que la hija o la nuera era quien tenía que encargarse de cuidar al padre o al suegro, así nos decía mi oba. Muy rara vez se pedía la ayuda de alguien, o siquiera los servicios de una enfermera, por lo que era “normal” (por lo menos en mi familia), tener a la oba o al oji en casa, incluso cuando estaban enfermos. Para mi era normal ver a mi mamá cuidando a mi papá o a mi oba cuando estaban enfermos, y no me parecía raro verla dedicando su tiempo libre incluso para pasarlo junto a ellos, y sobretodo, no me parecía nada raro que ella hiciera todo ese trabajo (porque era bastante trabajo: prepararles comida especial a parte de la comida del resto de la familia, cambiarles la ropa, asearles, etc.) sin siquiera mostrar algo de estrés o cansancio mental. Por lo que cuando me tocó a mi hacer ese papel, de cuidar a mis mayores, me di de bruces con la realidad, porque la realidad era muy distinta.



Los tiempos habían cambiado, ya que en la época de mi mamá, hablamos de casi 30 años atrás, había una tienda familiar, había unión familiar (en donde las tías se turnaban para cuidar a mi oba) y mi mamá pasaba los 50 años (es decir, una edad madura, en la que se supone que ya uno ha logrado consolidarse tanto personal como profesionalmente), por lo que no se percibía un ambiente de estrés o de frustración por la carga misma que conlleva de cuidar a un familiar enfermo en casa. Pero, en mi caso, ya no había una tienda familiar, sino que cada uno respondía por su profesión, por su propio trabajo; no había unión familiar (cada uno iba por su cuenta) y yo, con 30 años a cuestas con las aspiraciones propias de una persona joven en busca de mayores oportunidades a nivel personal y profesional. Esto último se mezcló con el propio estrés y la frustración por una procrastinación “auto-impuesta”, lo que provocó que decidiera a no seguir con la enseñanza de mi oba: pedí ayuda a mi hermano mayor y juntos internamos a mi tía en una casa de reposo. Ya no más en casa.



Suena algo cruel, pero los tiempos han cambiado, y si bien, entre mi hermano y yo "aguantamos" esa obligación tácita de cuidar a los mayores,  en este caso, a una tía con demencia senil, ya no podíamos hacer solos ese trabajo, porque también teníamos nuestras propias aspiraciones que queríamos cumplir, y en eso también estaban conjugados los deseos de mi mamá e incluso de mi papá, a quien ya no tenemos a nuestro lado; porque ellos siempre han querido que sus hijos avanzaran. Si dedicáramos todos nuestros esfuerzos por mantener a mi tía en casa aún con esa enfermedad, estaríamos no solo limitándonos sino también decepcionándonos a nosotros mismos y a nuestros padres.

Es como un sentimiento confuso entre culpa (“¿seré egoista?”) y alivio (“¡por fin!”) por haber optado por hacer que otros cuiden de mi tía, como si fuese el propósito de este post el hacer un mea culpa o una catarsis de todo esto, pero es posible que muchos jóvenes hayan pasado por esto, o lo esten pasado. En la casa de reposo donde está internada mi tía, también hay otras familias nikkei que han decidido dejar a sus padres enfermos en ella, ya sea porque no hay nadie quien pueda cuidarlos en casa o porque la misma enfermedad de los padres hace que la vida en casa se vuelva insoportable para los otros miembros de la familia. Ahora, es común escuchar familias, incluso familias nikkei, que han internado a sus padres enfermos en casas de reposo o han contratado a enfermeras que los cuidan. Algo impensable hace décadas atrás. 

O incluso, hay algunos niños que piensan que es normal la idea de los asilos, que el destino de los abuelos es una casa de reposo, como por ejemplo, un tío nos comentó que su nieto, al ver que había una casa de reposo al frente de su casa, le dijo que cuando sea más viejito, que no se preocupara, porque él viviría en esa casa y ahí lo cuidarían, claro, que todos lo tomaron en tono de broma. Por eso, me doy cuenta que los tiempos han cambiado, que lo que una vez nuestro oji u oba nos enseñaron, nosotros, los más jóvenes, somos quienes seguimos sus ejemplos o enseñanzas, pero lo hacemos o interpretamos “a nuestra manera”.



Ahora la vida es más competitiva, más rápida, más estresante. Y eso es lo que muchas veces, no nos permite, sobretodo a los jóvenes, ir a la par de esa vida tan agitada con lo que nos enseñaron nuestros oji u oba, como en mi caso, que me dijeron que los hijos tenían que cuidar a los padres en casa. Pero, yo aún tengo a mi mamá, y para darle tranquilidad y mejor vida, preferimos internar a mi tía en la casa de reposo, donde no le falta lo material, pero si lo afectivo; porque con tanto estrés y sentimientos encontrados, no podría ofrecer nada bueno a nadie, ni a mi misma. Como mi hermano me aconsejó últimamente: “se ayuda en lo que se pueda”. Y es verdad. Juntando lo que dijo mi oba con lo que me dijo mi hermano: “hay que cuidar de los mayores, pero en lo que se pueda”. Porque los tiempos han cambiado, y si no vamos a la par con la vida misma, no lograremos nada, ni para nosotros mismos ni para nuestra familia. Se podría decir que, lo que una vez mi oba nos dijo, la estamos poniendo en práctica, pero lo hemos "modernizado"





miércoles, 22 de mayo de 2013

Mi Papá y Su Tecnología del Ayer

Hace poco, mi antiguo teléfono era tipo “sapito” (el que tiene tapa) y ya dejó de funcionar. Tantas veces que se me había caído de la cartera o del bolsillo al piso... algo de eso tenía que tener consecuencias. Pero, desde hace unas pocas semanas que estoy estrenando un celular nuevo, ya que me he comprado mi primer smartphone y, aunque no sea lo último en celulares, hasta ahora sigo "deslumbrada" con las “maravillas” que puede hacer mi celular: puedo estar conectadísima con el trabajo (algo que con el antiguo aparato no podía estarlo, porque no tenía conexión directa a Internet), avanzar algo de las traducciones que tenga cuando me encuentro fuera de casa (digamos, sentada esperando mi turno en el banco o en la clínica) o si no tengo nada que hacer, incluso puedo ver mi Facebook, etc. Hasta parezco una niña con juguete nuevo. Seguramente, muchos también se sentirán así cuando compran algo nuevo, sobretodo, algo que les facilita la vida. 

Cuando mi papá aún vivía, él era el quien se encargaba de traer la “tecnología” a casa, la tecnología de punta en aquella época, y con ella fue con la que crecimos. 

En la casa teníamos una radio a transistores de National Panasonic, que era una radio tan pesada que parecía un ladrillo y tenía una funda de cuero negra (creo que en casi todas las casas había una radio de esas), y que a mi hermano y a mí nos gustaba usarla para escuchar las “voces del más allá”, como así llamábamos a esa interferencia típica que hay cuando hay una comunicación por radio o teléfonica cerca, porque podíamos dar vuelta al dial en las frecuencias menos sintonizadas y se podían escuchar voces "extrañas" (aunque puede ser conversaciones interceptadas de teléfonos o incluso, realmente captaba voces

"fantasmales", quién sabe, aunque cuando niños, preferimos volar nuestra imaginación y decir que eran las “voces del más allá”).

Ahora que menciono el teléfono, aunque puede que no vaya al caso, recuerdo que la primera vez que obtuvimos nuestro primer teléfono fijo, mi mamá había puesto en la mesa del comedor varios fajos de billetes de soles o intis (no recuerdo bien), y ella junto con mis hermanos se pusieron a contar todos los billetes, porque al día siguiente iba a pagar a la Compañía de Teléfonos de aquella época, porque luego de más de diez años de espera, recién podíamos tener teléfono (y es que en aquella época, no era fácil ni mucho menos rápido tener teléfono en casa, había que estar en una especie de “lista de espera” que podía durar años y años). Mi papá había hecho los trámites correspondientes antes que yo naciera, pero falleció y después de varios años después, recién pudimos conseguir lo que mi papá había solicitado. 

Aparte de las noticias que le gustaba escuchar a mi papá por la radio, también le gustaba mucho los estudios y también quería que nosotros desarrollemos ese interés y dedicación, por lo que siempre trataba de darnos todo lo necesario para los estudios, y es así que también nos compró una máquina de escribir, la que también yo he usado para hacer las monografías del colegio y hasta para el primer ciclo de la universidad. 




Recuerdo que la máquina que teníamos era una Brother (la mejor, según mi mamá), pero no podía hacer mis tareas con ella por las noches porque las teclas eran tan duras, que para presionarlas, no podía utilizar los 4 dedos a la vez (como nos enseñaban en las
clases de mecanografía) sino un dedo por cada mano, así que el ruido que producía hacía que sonara como si estuviera “ametrallando” las palabras, en lugar de teclearlas.
                                                 

Mi papá fue el que había comprado la máquina de escribir, antes que naciera, y por la misma época, también había equipado la biblioteca de la casa con los famosos y pesados Baldor (¿quién no ha tenido un Baldor en casa?). Una máquina de escribir y los Baldor era lo que nunca podía faltar en una casa con niños en etapa escolar. Y es que a mi papá tenía mucha afinidad con las matemáticas y en mi casa nunca faltaban libros de álgebra o cálculo (como así se llamaban las matemáticas) o incluso, coleccionaba recortes de periódico con problemas de cálculo mental, los que pegaba en los cartones de cigarrillos a manera de libreta (bueno, como ahora se dice, era todo un ecologista, porque reciclaba las cosas, pero más que eso, era un ahorrador, no le gustaba botar nada). 

Cuando tenía unos 6 ó 7 años, recuerdo que en mi casa teníamos los televisores que parecían unos muebles de madera, tenían patas como una mesa y hasta tenían unas puertas que protegían la pantalla, las que al cerrarlas, hacían lucir a la tv como un mueble más. Pero como por aquella época,

 yo estaba en la edad que imitaba lo que veía en la televisión, no sé qué habré visto en la tv que recuerdo que me trepé a las puertas de ese televisor (seguro que habré visto a un acróbata) y las patas se rompieron por el peso.                                                         

Me acuerdo que ya a la semana siguiente, compraron una nueva tv, a color y control remoto, algo muy nuevo para nosotros, porque la anterior tv era a perilla, a blanco y negro, y además, tenía la famosa antena de conejo. Así que mi “travesura”, no fue tan mala, porque al final fue como un “pretexto” para comprar una tv nueva. 

Y claro, no nos olvidemos del equipo de sonido. No, no; antes, cuando era pequeña, muy pequeña, no tenía un equipo de sonido o minicomponente, mucho menos un cd placer. Lo que teníamos era un tocadisco y luego, un tocacassette (bueno, el tocacassete lo utilicé incluso antes de los 20 años, así que yo sé lo que era rebobinar el cassete con un lapicero para no gastar la pila del walkman). 


Recuerdo que mi papá compró a mi hermano mayor unos discos de vinilo de la familia Telerín, que eran unos dibujos que enseñaban a multiplicar; y así fue como yo también aprendí a multiplicar: “2 por 9 dieciocho y 2 por diez es veinte, cha cha chá” (pero se lee cantando), y luego mi hermano mayor me compró años más tarde el disco de Topo Gigio, que estaba de moda en esa época. Y hasta ahora los conservo,
pero los mandé a que los pasen a formato CD, ya que ni tengo un tocadiscos, y si lo tuviera, ya no puedo usar esos mismos discos porque ya están rayados (de tanto uso).
Lo que antes era la tecnología de punta, ahora nos parece obsoleto, pero no hay duda que muchas veces nos trae muy buenos recuerdos, como en mi caso, que al final de todo me hicieron recordar a mi papá y su tecnología del ayer.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Un Pretexto para Decir: "¡Gracias Mamá!"

Faltan pocos días para celebrar el día de la madre y seguramente muchos de nosotros estaremos pensando en qué regalar a nuestra mamá u oba (abuela, en japonés) o a dónde la llevaremos a comer este domingo. Y es que ese día es un día especial en donde queremos demostrar nuestro cariño hacia nuestras madres (e incluso a nuestras oba, si aún las tenemos con nosotros). Este domingo, es un buen “pretexto” para demostrar el cariño y gratitud hacia nuestras mamás y obas (aunque, como dice una frase conocida, "no debería ser un solo día, sino todos los días").

Mi oba, en la celebración del Kanreki (cuando cumplió 60 años). (1959)
“Cariño” y “gratitud”, dos palabras que tienen mucho sentido pero a la vez muchos de nosotros no sabemos como expresarlas. A veces los regalos o las cosas materiales no pueden expresar cuanto cariño o agradecimiento tenemos hacia nuestras madres (o mejor dicho, “mamás”, porque seamos honestos, sea que tengamos cinco, quince, treinta o sesenta años de edad, siempre las vamos a llamar “mamá”). Y no solo es por darnos la vida, sino también por todo lo que han hecho por nosotros. 

Y aquí aprovecho para compartir algunos recuerdos que tengo de mi oba y sobre mi niñez. 

Mi oba materna viene de una familia de samurai, que es la clase guerrera de Japón; (aunque no estoy muy segura si Iida-san, el investigador que preparó el árbol genealógico de mi familia, se refería a los Pechin (antigua clase guerrera de Okinawa). Sea cual fuere el significado, lo que sí estoy segura, es que mi familia, sobre todo mi oba, viene de una familia de guerreros, porque fue luchadora y nunca se dio por vencida; como toda una samurai. 

Cuando mi mamá era pequeña, su papá (mi oji), falleció a causa de una enfermedad, casi joven, puesto que apenas pasaba los 40 años de edad. Mi oba, ya sola y con varios hijos, algunos pequeños, tuvo que afrontar muchas dificultades y estar al frente de un negocio familiar (puesto que en ella trabajaron mi oji y posteriormente, mi papá), que era una cafetería en el centro de Lima. 

Fue una época difícil, puesto que años más tarde, estalló la segunda guerra mundial y, aunque el centro de batalla estaba a miles de kilómetros del Perú, se percibía claramente el sentimiento antijaponés en Lima, en donde los japoneses residentes en el Perú sufrían el desprecio e insultos gratuitos y racistas por parte de la población local; seguramente contagiados e influenciados por el espíritu de la guerra de los Aliados. 

Décadas más tarde, esta misma historia pasó con mi mamá, porque mi papá falleció cuando era muy pequeña, así que son muy pocos, casi nada, los recuerdos que tengo de él. Y así, al igual que mi oba, mi mamá estaba sola con tres hijos pequeños: la menor de todos, yo, con cinco años y el más grande, con trece años de edad. Casi no recuerdo nada de mi papá, solo pequeños “flashes” que recuerdo, como si fuera un sueño; y lo único que recuerdo de su funeral, era que mi mamá lloraba y yo le decía ingenuamente: “mamá, ya no llores mucho”. 
Claro, a los cinco años, que iba a darme cuenta de la realidad, yo solo pensaba que mi papá se había ido de viaje y no que se había ido para siempre. 

Bueno, para no hacer muy larga la historia (un poco triste, pero como toda historia, el final es feliz, o por lo menos, mejor que el principio), aunque no hubo una guerra mundial, mis hermanos y yo crecimos en una época difícil, que era la época de Alan Garcia, en donde la leche escaseaba y había que hacer largas colas, había una altísima inflación y a lo que se sumaba el terrorismo y los toques de queda y apagones. Solo recuerdo esto por los libros, porque estaba muy pequeña, pero lo único que recuerdo era que no tuve muchas comodidades, ropa o juguetes cuando era muy pequeña, pero eso sí, nunca nos faltó comida, y era porque todavía mi mamá trabajaba en ese negocio familiar, la cafetería, pero que a duras penas daba para el sustento diario. Pero felizmente, estaba mi oba, porque ella le ayudaba a mi mamá, ya sea cuidándonos cuando regresábamos del colegio y mi mamá se encontraba en la tienda (como así llamábamos a la cafeteria), o a veces “prestándole” dinero a mi mamá, el mismo que mensualmente mi oba recibía de la embajada como una indemnización, porque uno de mis tíos (el único hijo varón que le quedaba) falleció en pleno campo de guerra. 

A pesar de las carencias económicas que podíamos tener, mi mamá casi siempre paraba en la tienda, porque tenía que trabajar, así que sobra decir cuanto la extrañaba, sobre todo en mis primeros años de colegio. Pero eso sí, a pesar de todo el cansancio que mi mamá podía tener, de trabajar de lunes a domingo, de limpiar la casa, darnos todo lo que buenamente podía; nunca nos descuidaba. Lo que recuerdo de esa época, la "famosa" década de los 80-90, era que a pesar que no teníamos mucho, tampoco no nos faltaba nada. Suena algo paradójico, pero era así: nos podía faltar un juguete o ropa nueva, pero siempre teníamos la atención y cariño de mi mamá, y de mi oba, claro está. 

Recuerdo que en el colegio, cuando tenía 7 años, me mandaron a recortar todas las palabras que empiecen con la letra R y pegarlas en mi cuaderno triple raya. Pero, como mi oba no sabía leer español, ella no podía ayudarme con mi tarea. Así que me quedaba dormida esperando a que llegara mi mamá de la tienda, para que juntas hiciéramos la tarea. Al día siguiente, me despertaba asustada, pensando en la tarea que no hice, pero grande era mi alivio al ver que mi mamá ya había pegado las palabras en mi cuaderno, palabras que había recortado mientras estaba trabajando en la tienda. O también esa vez, que no había comprado goma y mi mamá se puso a preparar “goma casera” temprano en la mañana mezclando un poco de harina con agua y colocándola en un pote y que mucha gente mayor la conoce como “engrudo”, para que lo llevara al colegio. Y así, pegaba mis figuritas en la clase, sin importarme qué podían pensar mis compañeras de clase. O en mis actuaciones, que mi mamá siempre me cosía mis disfraces, y a pesar que eran hechos a mano, para mí siempre eran bonitos. Y claro, aunque mi mamá siempre tenía que levantarse temprano para abrir la tienda, siempre se levantaba más temprano para prepararme mi lonchera o mi bento, se esmeraba por prepararme algo nutritivo y rico, como un pan con tortilla y cebollita china, unos pollitos fritos (que ahoran le llaman “nuggets”) o incluso, me preparaba una torta de chocolate con bastante fudge para mi cumpleaños. 

Tantos recuerdos, tantos buenos recuerdos. Ahora ya soy mayor, y si bien ya los tiempos son mejores, nunca olvidaré estos recuerdos, estos buenos recuerdos que resaltan el esfuerzo, perseverancia y cariño que mi oba y mi mamá nos han demostrado desde pequeños e incluso hasta ahora, más que nada, como un ejemplo a seguir. Así que, este domingo, tengo un buen pretexto para demostrar mi cariño y gratitud a mi mamá. ¡Feliz día de la Madre!

viernes, 3 de mayo de 2013

Tatuajes en Mujeres Ainu: El Peculiar Concepto de la Belleza en el Antiguo Japón (Parte II)

Los Ainu, considerados como los descendientes directos de los Jomon (pueblo prehistórico de Japón) y que viven en Hokkaido (situado al norte del archipiélago japonés) practicaron una tradición muy singular: el tatuaje de los labios entre las mujeres. 

Según Krutak, antropólogo especialista en tatuajes, el término Ainu para “tatuar” fue anchi piri (“anchi”=”obsidiana”, “piri”= “corte”; puesto que en la antigüedad se utilizaban piedras obsidianas), mientras que el término actual es “nuye” (literalmente “tallar”, “tatuar”, “escribir”) o de forma más literal “sinuye” (“tallarse uno mismo”). En este caso, tatuar y tallar connotaría cierta sinonímia, porque tatuar implica dibujar sobre la piel, pero mediante cortes pequeños que formaran las cicatrices y que darán forma al dibujo o diseño sobre la piel. 

Mujer Ainu con el típico tatuaje. 
Foto tomada de la colección de Okinawa Soba, quien posee en su cuenta en Flickr una extensa colección de fotos del antiguo Japón. (Para más fotos, click aquí)
En otras palabras, tatuar es tallar sobre la piel. Estos tatuajes se realizaban principalmente alrededor de los labios, pero también en los antebrazos, la parte posterior de las manos, articulaciones de los dedos; e incluso, otras partes del cuerpo fueron tatuadas con estos diseños geométricos, a manera de amuletos contra enfermedades específicas. El tatuaje de los labios comenzaba al tercer año de vida y se finalizaba cuando la mujer contraía matrimonio. Esto puede tener una connotación machista desde el punto de vista occidental, puesto que este tatuaje simbolizaba que las palabras que salieran de la boca de la mujer, pertenecian ahora a su esposo. Pero también se considerada que el tatuaje de los labios entre las mujeres era una forma de evitar que los espíritus ingresen al cuerpo. 

Del mismo modo, se tatuaban los brazos con diseños geométricos a partir del quinto o sexto año de nacida, también con la creencia de que las protegerían de los espíritus malignos (este tatuaje de brazos, se asemeja mucho a la tradición practicada por las mujeres okinawenses: el hajichi, que indicaba el estado civil de la mujer). 

No utilizaban agujas para tatuar, sino pequeños cuchillos llamados makiri con el cual podían cortar la piel, y anteriormente, se utilizaban puntas de flechas hechas de obsidiana. Durante el proceso del tatuaje, se utilizaba un antiséptico llamado nire (un preparado a base de corteza de árboles), en caso que los pequeños cortes sangraran. Frente a esto, es fácil deducir que era un procedimiento doloroso, por lo que la mujer sometida a esta práctica debía de permanecer quieta mientras se realiza el tatuado (y de esta forma, se creía que la mujer podía prepararse para afrontar el dolor de un futuro parto). Pero en caso que no pudiera resistir el dolor y no pueda quedarse quiera, era sujetada por otras personas hasta que termine el proceso de tatuado. 

Vista de una mujer Ainu con los labios y brazos tatuados, en donde se aprecia el diseño entrelazado en los brazos.
Pero esta moda, a diferencia del ohaguro (teñido de dientes) solo la practicaban las mujeres, porque, según los Ainu, esta costumbre fue traída a la Tierra por la diosa Okikurumi Turesh Machi, considerada la hermana menor del dios creador Okikurumi. De este modo, esta tradición fue practicada solamente por mujeres y las únicas encargadas en realizarlo, eran las abuelas o tías. 

Sin embargo, esta larga tradición, “mutilante” (según el concepto occidental) y dolorosa pero aceptada por las mujeres Ainu por tradición, fue prohibida por el gobierno japonés, quien en su intento por japonizar a los Ainu (así como con los okinawenses, considerados también como un pueblo de costumbres indígenas) decreta en 1799 y posteriormente en 1871 la prohibición de estos tatuajes. 

lunes, 29 de abril de 2013

Mi Oba Decía "Cántale a las Plantas"

Estos últimos días las he pasado relajada, tratando de pasar mis días libres haciendo lo que más me gusta, haciendo las cosas de la casa que no hice por falta de tiempo como limpiar la casa, ir a pagar la luz, agua, impuestos, etc. (sí, yo lo hago “a la antigua”, nada de pagos por internet, voy directo a los centros de pago caminando, aprovechando que están cerca de mi casa y así hago algo de ejercicio). 

Puro relax, por así decirlo, porque cuando tengo trabajo, puedo pasarme días, o incluso, semanas enteras sin ver la luz del sol (metafóricamente hablando) y muchas veces termino cansada y estresada. Pero no todo es trabajo, sino también tengo otras obligaciones, como lo del “problema” con una tía (como les comenté en un post anterior), que a veces superan mis fuerzas y termino más cansada y estresada que al final termino como un trapo viejo. Pero luego de unos días de descanso (es decir, cuando no tengo trabajo), repongo mis energías y nuevamente a la marcha. 

En esos días de descanso, hago lo que más me gusta: shopping y jardinería. ¿Jardinería? Sí, aunque muchas personas lo relacionen con hobbies de “gente mayor”, a mí me empezó a gustar hace dos años, justo en la época cuando mi familia y yo nos mudamos. A mi oba, también le gustaba la jardinería.
Vista del patio de mi casa (a falta de jardín...buenas son las macetas)
Son pocos recuerdos que tengo de ella, pero en mi casa aún conservamos un árbol que ella misma plantó, hace unos 20 años. Lo que recuerdo de mi oba es que ella le gustaba plantar flores en mi casa, a veces traía plantitas pequeñas o brotes de árboles (sea de los paseos que realizaba o que le regalaban sus amigas) para dejarlas remojadas en agua hasta que salgan las raíces y recién plantarlas en tierra firme. Pero también recuerdo que ella nos decía que si uno quería ver crecer una planta hermosa o que tenga unas flores de colores intensos, uno debe de cantarles, hablarles mientras las riega y no ir a verlas cuando uno está muy enojado. En esa época, pensaba que eran cosas de "mayores" (¿quién sería el loco que hablaría a una planta?"), pero hasta ahora sigo pensando que son cosas de "mayores" (eso de hablar a una planta, lo dejo para los "mayores"). 

Este es el único árbol que pudimos traer de la casa anterior, porque el resto de plantas que quedaron no valían la pena trasladarlas hacia la nueva casa. Queríamos traer solo lo bueno de esa casa, y eso incluía al árbol que nos vió crecer.
El "árbol de oba": solo quedaron las ramas y las pequeñas hojas (es un crotón).
Alrededor, plantamos hierbabuena, isabelitas, arbolito chino y algo de grass.

Este árbol, que sobrepasaba apenas el metro y medio, llegó a la casa siendo un pequeño arbusto, que mi oba, con paciencia, hizo que creciera frondoso, con muchas hojitas y ramas, pero ya en estos últimos años, fue perdiendo las hojas debido a las plagas y la falta de cuidado. Ya cuando nos mudamos, y empezamos a decorar la casa, plantamos nuevamente ese árbol en el patio, o mejor dicho, lo que quedaba de ese árbol, porque tuvimos que cortarle casi todas las ramas, pero compramos nuevas plantas para colocarlas alrededor del "árbol de oba", que es como lo llamamos en mi casa. 

Y así compramos plantas aromáticas, las típicas isabelitas (o chabelitas, como me dijeron en la tienda que compré). Estas últimas, mi oba las cultivaba en mi anterior casa, y no sé si sean la razón o inspiración para su nombre de bautizo, porque mi oba se puso Isabel cuando se bautizó en el Perú. Y así de la nada, poco a poco, empezó a gustarme la jardinería, y fui comprando nuevas plantas en la nueva casa, hasta el día de hoy. El hecho de escoger una planta; coger la tierra con la pala o las manos; cortar el pasto, darle forma o simplemente regarlas, es una actividad muy relajante, no sé si será porque uno dedica toda su atención en eso que se olvida de todo lo demás, o simplemente, porque uno regresa a lo básico, a la naturaleza. O será porque uno cuida algo que tiene vida y al final ve los resultados: una planta sana y hermosa. No sé. 

Algo de color en la casa: una de las buganvillas

A veces, lo más sencillo es lo que más gratificaciones nos da. Muchas veces por el trabajo y la vida misma, nos olvidamos de aquellos detalles o “simplezas” que nos alegra el espíritu (o que por lo menos, calma) y que con nuestro oji u oba compartíamos de pequeños, como plantar algo, cantar a las flores (bueno, en mi casa siempre me decían eso), sentarse en el parque, tirar piedritas al mar en las salidas dominicales a la playa …en fin, tantas cosas que antes hacíamos de niños, pero ya no lo hacemos. A veces es bueno recordar el pasado, sobretodo lo bueno, que muchas veces puede ayudar a uno en su vida diaria, como en mi caso, el amor por las plantas de mi oba y cómo me ayuda a relajarme.

domingo, 28 de abril de 2013

El Peculiar Concepto de la Belleza en el Antiguo Japón (parte I)

Hace poco vi la foto de una mujer japonesa muy sonriente, pero a pesar de su cándido rostro, me pareció un tanto bizarra y hasta escalofriante, porque tenía los dientes teñidos de negro; por lo que decidí investigar un poco más sobre esta “moda”, que más adelante descubrí que no era una moda pasajera, sino una costumbre que ha perdurado por varios siglos en Japón, junto con otras costumbres que, para la época, eran consideradas de buen gusto y de uso generalizado.
Seguramente habrán otras costumbres que se relacionen con la forma de vestir o la apariencia personal (sobretodo en los pueblos más alejados de Japón), pero a continuación, les mostraré algunas de ellas, que al parecer son las más conocidas. 

OHAGURO  お歯黒
OHAGURO (o = prefijo de respeto, ha= dientes, guro = color negro) es el término con el que se denomina a la técnica de pintarse los dientes de color negro y que se practicó en Japón desde el periodo Heian (años 794 a 1185) hasta el periodo Meiji (1868-1912), aunque existe evidencia que sustenta que su práctica es mucho más antigua, incluso que datan del periodo Asuka (aproximademente siglos VI-VIII). El término más utilizado y conocido es ohaguro, que fue utilizado por la gente del pueblo; aunque también se le conocía como “fushi mizu”, entre las personas de la realeza. Otros términos también utilizados son “kane”, kanetsuke” y "hagurome”, así como tesshoo y dashigane u okane, dependiendo del tipo de preparación que se utilizaba para el teñido. Algunas mezclas incluían un preparado a base de virutas de hiero oxidado remojadas en vinagre y nuez de agallas, o de la corteza de un árbol, entre otras.

 Se dice que esta moda fue impuesta por la emperatriz Genmei, aunque no se sabe con certeza el origen exacto de esta práctica, si fue importada de un país vecino, puesto que la práctica de ennegrecimiento de los dientes también puede verse en otros países del sudeste asiático, como Vietnam, Indonesia, Filipinas e incluso americanos, como la tribu de los Chontaquiros o Piros del Perú, que justamente deben su nombre a la planta Chonta y a Quiros, que significa Dientes, porque utilizan dicha planta para teñirse los dientes de color negro para que se conserven mejor. 

Sea cual fuere su real origen, esta práctica tuvo como finalidad, en un principio, de proteger los dientes contra las caries, puesto que la mezcla con la que se realizaba el ohaguro actuaba como un sellante. Pero con el paso del tiempo, fue adquiriendo una mayor importancia dentro de la sociedad, como una forma de indicar el inicio de la pubertad entre los niños y niñas de la aristocracia y de la clase guerrera (samurái). Además de estos fines, el ohaguro tenía otra finalidad, más subyacente a la ideosincracia animística de la época, porque al tener los dientes de color negro, se podía diferenciar a una demonio femenina de una mujer humana, porque los animales y espíritus malignos poseen colmillos blancos. Aquí también cabe mencionar que el ohaguro puede explicar el motivo por el que las mujeres japonesas se cubrían la boca cuando se reían (e incluso hay personas que aún lo hacen). Se decía que la inexpresividad de las emociones era una virtud practicada entre la clase acomodada, por lo que la sonrisa o la risa debería estar "disimulada" perfectamente con unos dientes teñidos de negro, pero como el ohaguro ya está en desuso, el cubrirse la boca con la mano al reirse, supliría inconscientemente la ausencia del "ohaguro" en los dientes; aunque hay otros que argumentan que simplemente, es una forma de expresar inconscientemente la timidez de una persona.

Asimismo, se dice que el ohaguro era practicado como una forma de embellecer el rostro, puesto que ocultaba los dientes, que era la parte visible del esqueleto y que estaba relacionado con la muerte. Antes del siglo VIII, esta costumbre era practicada por hombres, mujeres y niños de la nobleza, pero a partir del periodo Nara (710-784) solamente fue practicada por mujeres casadas, por influencia de la cultura china, predominante por aquella época en Japón, que no seguía esta tendencia. Ya en el periodo Heian, el ohaguro fue practicada por mujeres más jóvenes, antes del inicio de la pubertad y posteriormente, nuevamente los hombres de la nobleza también se incluyeron en esta costumbre elitista. Y como toda tendencia, la práctica del ohaguro se amplió a hombres y mujeres de la nobleza incluso después de haber alcanzado la pubertad; asimismo, se incluye a la clase guerrera (samurái), sean niños, mujeres y hombres. 

Ya por el siglo XIV, esta moda se impuso a todas las clases sociales, salvo los burakumin o los marginados de Japón. Durante el periodo Edo, las mujeres practicaban esta costumbre a la edad de catorce años, mientras que los hombres, a los quince o dieciséis. Sin embargo, con la restauración Meiji, que es cuando Japón abre sus puertas al mundo, se dicta un decreto imperial en 1870 en donde se prohíbe a los nobles que se tiñan sus dientes de negro. Y tres años después, la emperatriz se mostró en público con los dientes blancos, sin teñir, haciendo que las mujeres de la nobleza siguieran rápidamente su ejemplo, aunque las mujeres del pueblo continuaron esta tradición por más tiempo. Este cambio en la moda, coincide con la apertura de Japón al mundo, en donde Japón ya no solo estaba expuesto a la tecnología y conocimientos foráneos, sino también a los cánones de belleza occidentales.

FUENTES (click en los títulos para acceder al texto original):

jueves, 10 de enero de 2013

Mi Convivencia con la Demencia Senil

Han pasado 4 meses (más o menos) desde la última vez que escribí algo para el blog y veo que hay varias personas que aún continuan leyéndolo (e incluso le han dado "like" en el facebook; lo que me obliga a contarles el por qué de mi larga ausencia).

¿Cómo empezar....? bueno, creo que por el comienzo (aunque suene irónico), como escuché un refrán en un libro "comienza, el resto es fácil". Y sí, comenzar algo es fácil, porque uno puede tener todo el entusiasmo y ganas de hacer algo que no piensa mucho en lo que podría suceder si uno falla y perder el tiempo en hipotéticos "pero si lo hago, puede ser que pase esto...." y entre tantos "peros", al final puede ser que ni siquiera intentemos algo, por temor a fracasar; así que, muchos, como ese refrán, nos dicen: inténtalo o arriésgate, o no existe el mañana ni el futuro, sino el hoy, entre otros. Pero pienso que muchas veces es mejor no arriesgarse en hacer algo, sino pensarlo dos veces, especialmente si otra persona depende de uno.

En fin, tengo una tía muy cercana que padece demencia senil. Para mí, es una de las peores enfermedades que puede existir, porque no solamente afecta a la persona que lo padece sino a los que la rodean; y es en todo sentido, emocional y material.  
Hace casi 4 años he terminado la universidad, y con todas las ganas del mundo empecé a estudiar cursos complementarios y a buscar un buen trabajo. Y como todos, yo también tenía muchas ilusiones, de crecer profesionalmente y ayudar a los que me rodean. Pero casi al poco tiempo, tuve un "pequeño problema" con unas "personas", que realmente ya no valen la pena mencionar, porque como se dice: "árbol que crece torcido....torcido queda", puesto que hay personas que por envidia o complejo de inferioridad pueden causar "problemas" a uno y para evitar continuar con esa situación muy desagradable, decidimos mudarnos. Además de eso, casi paralelamente a este problema , todo mi mundo se me vino encima, cuando mi tía tuvo un accidente muy extraño y producto de ello, le diagnosticaron demencia senil.

Ya se va a cumplir 3 años desde que le diagnosticaron ese mal, es una enfermedad que comenzó con pérdidas leves de memoria, algunos días estaba lúcida y otros días completamente fuera de sí (gritaba sin motivo en las noches, se quería escapar de casa...). A veces no quisiera recordar todo lo que ha hecho, porque mi tía vivía en mi casa, no tiene ni hijos ni a nadie, solo a nosotros, es decir, mi familia. Una familia, que en ese momento estaba compuesta por mi mamá, mi hermana mayor y yo y mi hermano mayor, quien en esa época se encontraba de viaje. Al principio, la enfermedad era llevadera, es decir, se podía controlar, con medicamentos para calmar su ansiedad, su euforia (por eso gritaba en las noches o en cualquier momento del día) y con un constante chequeo por parte de su médico.

Como nadie en mi familia ha padecido de esa enfermedad, muchas veces pensamos que su enfermedad se había detenido, e incluso, ilusamente, pensábamos que podría curarse. Mi mamá, por su edad, no podía ayudarme a cuidarla, y mi hermana mayor, podía hacerlo, pero no quería, así de simple. Como todo comienzo, pensé: "puedo ayudar, me va bien en el trabajo, puedo postergar los estudios que quiero hacer... mmmm... voy a ayudarla; A AYUDARLA". Pero a medida que fue pasando el tiempo, esa "ayuda" mía, se convirtió en una total dependencia por parte de mi tía hacia mí. Pasé más de un año cuidándola, preocupándome por ella y sus necesidades, pero no me había dado cuenta que había descuidado mi vida, en mis planes personales. 

Me encargué de bañarla, cuidar que tome sus medicamentos, sacarla a pasear, etc. En resumen, ella se comportaba como una niña pequeña y yo en su mamá, una "mamá" que trabajaba freelance, que iba corriendo (literalmente) a la computadora para comenzar o terminar las traducciones que tenía pendientes, echando un ojo, de vez en cuando, a mi tía para que no intentara escaparse de la casa (abría la puerta e intentaba salir), que no volviera a bajar sola las escaleras (porque se podía resbalar y caer)...

Fue una época realmente horrible para mí, trabajar y cuidar a una persona con esa enfermedad. Casi no tenía tiempo para mí, en hacer vida social, o seguir estudiando. Pero sobretodo, vivir con todo eso y ver que nadie me ayudaba. Mi mamá no podía ayudarme por la edad que tiene y mi hermano tampoco, porque estaba de viaje. Así que sobra decir quien no me ayudó a cuidarla. Puede ser que haya sido porque uno ya tenga planes que quiere hacer realidad, y no quiere que nada (ni nadie) se interponga en ellos; o puede ser que haya sido por un simple sentimiento egoísta. Muchos me dijeron, y ahora también así lo pienso, que fue más por esto último.  

Cuando mi hermano mayor regresó de viaje, el vió toda la situación y me ayudó mucho en cuidarla. Le daba de comer, me ayudaba a cargarla (porque llegó a un estado en que no quería ni comer ni caminar, como si estuviera en estado vegetal). Con él fue quien ahora me acompañaba, tanto moral como económicamente, a las constantes visitas a la clínica, y al final, en la búsqueda de una casa de reposo. 

La situación con mi tía se volvía muy difícil en la casa. Mi hermano y yo trabajábamos y no podíamos dejar a mi tía en casa sola con mi mamá. La enfermedad de mi tía me agotó mucho, sobretodo emocionalmente. Ya no planeaba nada, no quería pensar en mi futuro, solo pensaba en el hoy, en cuidar a mi tía. 
Pero esta enfermedad no solo le está afectando a ella, sino también a mí y a mi familia en general. Por el mismo estrés de la situación, de tener a una persona totalmente dependiente en casa, poco a poco nuestras relaciones afectivas se iban resquebrajando.
Es por eso, que decidimos internarla en una casa de reposo. Muchos pensaran quizás, que es lo peor que se le puede hacer a un ser querido, a "abandonarla" en un centro de esos, con la atención de enfermeras desconocidas y añorando en su lejana lucidez, el calor de la casa familiar. Incluso hubo un familiar que criticó, en cierto modo, el hecho de haberla internado en esa casa de reposo (o asilo, como quieran llamarla). Pero aquel que critica, pienso que no sabe lo que dice si no lo ha vivido.

Mi mamá está con nosotros y también tenemos que cuidar de ella. Así como el futuro de nosotros, de mi hermano y del mío, que durante todo este tiempo habíamos postergado nuestros planes personales y profesionales, solo por pensar en el hoy, en cuidar a mi tía.
Y muchos seguro preguntarán, que si no tengo más familia. Sí, tengo varios familiares, pero supongo que no quisieran comprometerse a ayudarla o siquiera, a visitarla en la casa de reposo, por el temor a eso mismo, de comprometerse. Tampoco no les debo de culpar, seguro que yo también haría lo mismo (¿a quién le gustaría vivir con problemas?).

Bueno, pero el hecho de haberla internado en esa casa, no nos libra de ninguna preocupación. Es más, hace un momento me llamaron del asilo, para avisarme que mi tía no ha querido comer desde la mañana, y ayer casi no ha comido). Ahora mi hermana mayor (sí, ella misma, por no decir más), se está encargando de contactarse con el médico para hacerle exámenes y descubrir el por qué no quiere comer. Mi hermano y yo tuvimos que pasar casi un año entero peleando con mi hermana para lograr que ella también aceptara en ayudarla económicamente. 

¿Y saben qué?, lo que rescato de todo esto son tres cosas:
- si tienes un sueño, trata de cumplirlo, aunque no lo logre completamente, aunque sea lo he intentado. No soy partidaria de "el fin justifica los medios", pero si algo nos hace feliz, hay que tratar de hacerlo, aunque nos demoremos un poco; pero tratar de avanzar. Si no lo hacemos, siempre tendremos esa sensación de frustación del "¿por qué no lo hice?", y que la descargaremos con quienes nos rodean.

-la comunicación no es la solución de todo, pero sí es la mejor arma contra los problemas. Cuando mi tía estaba a mi cargo, lo que pienso que tenía que hacer era contarle mis proyectos a mi hermana mayor, para que yo sola no sea la que esté cuidando a mi tía. O por lo menos, que ella nos cuente sobre sus proyectos y no dejar que las cosas pasen, sin importar a quien le afecte. Es decir, no ser egoísta y ser comunicativa.

-y un consejo que me dieron: no te cargues un problema encima de modo que te afecte completamente. Está bien ayudar, pero también está bien progresar, avanzar. Así puedes ayudar mejor a tu familia.

Y aunque no es un consejo, pero fue lo que mi mamá me dijo al verme muy abatida, preocupada por lo de mi tía (constantemente se enferma, no quiere comer): "no quiero que te enfermes por la preocupación, ....no quiero que te pase nada, solo te tengo a tí".Y es verdad, mi mamá depende de mí y de mi hermano, y por eso tenemos que estar bien.
Eso me dió un impulso más para tratar de afrontar los problemas con más fuerza.

A veces, me pongo a pensar: ¿hasta dónde uno debe de ayudar? Comencé ayudando a mi tía, pensando que estaba dando una ayuda a mí tía, pero terminé involucrándome tanto, que en estos últimos meses, me sentí un poco mal, deprimida. Por eso dejé de escribir en el blog, y me dediqué a buscar respuestas, a conversar con personas para buscar consejos sobre como lidiar esta enfermedad de mi tía, y a pensar un poco más acerca de lo que quiero.

Pero al fin y al cabo, he decidido que seguiré ayudando a mi tía, cuento con el apoyo de mi hermano y para mí, es lo que me da más fuerza, de sentir que no estoy sola en esto. Claro está, que este año, trataré en lo posible de avanzar con mis planes personales y profesionales. Como siempre, un equilibrio en la vida. Y como siempre digo: un problema me hará caer una vez, pero hace que me levante dos. 





  








lunes, 10 de septiembre de 2012

Ayer cumplimos un año en la casa nueva

Hace casi medio año que no he vuelto a escribir nada para el blog. Este año ha sido un año de muchos cambios y nuevos retos (que más que dificultades, las considero retos) que junto con el trabajo, fueron las “excusas perfectas” para alejarme del blog. Como muchos sabrán, me mudé a una nueva casa y justo ayer hemos cumplido un año viviendo en ella. 

De la casa vieja casi no hemos traído nada, y hemos tenido que empezar prácticamente desde cero, por ejemplo, comprar los artefactos eléctricos, algunos muebles, y un minucioso etcétera, por lo que los primeros meses no fue nada agradable para mí, puesto que tenía que ajustarme muchísimo y dejar de ir de shopping por esos meses (que aparte de la jardinería, es uno de mis “hobbies” favoritos). En la casa antigua hemos dejado muchas cosas, que nos traen muchos recuerdos tristes, sobre todo para mí, porque me recuerda a mi tía y la enfermedad con la que tuve que lidiar sola o las continuas peleas que existían, o al perrito que murió absurdamente después de 12 años de convivencia, o las llamadas amenazadoras que hacían a mi casa… en fin, felizmente o mejor dicho, gracias a dios, esto ya solo son recuerdos, recuerdos tristes, pero al fin y al cabo, solo recuerdos. 

Todos estos malos recuerdos tuvo un origen, que comenzó con una familia que, como nos dijo una persona que nos leyó las cartas: “son gente que con una mano reciben tu ayuda, pero con la otra te tiran piedras por la espalda”. Y si no fuera por los sueños que tuve, aquello que llaman “sensibilidad para lo que no se ve”, hubiera creído que eso que me dijo el tarotista era un cuento más de algún charlatán que quería sacarnos dinero. Pero la envidia existe y puede hacer mucho daño, incluso puede destruir a una familia. En mi casa teníamos dos butsudan (uno de mi papá y otro de mi oba materna), y al “parecer” (porque no quiero pecar de supersticiosa), cuidó a mi familia y a mi durante todo ese tiempo, pero cuando ya parecía que el daño ya estaba muy cerca de nosotros, mi papá o mi oba nos avisaba por medio de sueños “extraños”, en donde nos daban “pistas” sobre que iba a pasar o simplemente, se “aparecían” en los sueños y nos hablaban. Pero como se dice, hay que dar la vuelta a la página. 

Ya casi no me acuerdo de esos malos recuerdos. El lugar donde vivimos no será tan grande como la casa anterior, pero es más acogedor. Mi mamá se enfermaba frecuentemente en la casa anterior, pero desde que se mudó a la nueva casa, se siente mucho mejor. Será el cambio de clima o ambiente, será que nos hemos alejado de esas “malas vibras”. Qué será. 
Lo que si sé, es que la mudanza ha sido necesaria y la mejor decisión, no solo para mi tranquilidad sino especialmente para mi mamá. Con esta mudanza, todas aquellas “mentiras” salieron a la luz. Aquellas “mentiras” o aquellos pensamientos que creíamos que era lo correcto hacer, pero que en realidad solo contribuían a que “infláramos” más la nube de sueños o pensamientos egoístas que nos impedían avanzar hacia lo que era verdaderamente bueno, no solo para uno, sino para todos. El orgullo, el egoísmo o incluso lo miserable que puede llegar a ser una persona, todo quedo al descubierto. Y lo “miserable” va para esa gente que nos quiso hacer daño. 

Esta mudanza, no solo nos dio tranquilidad y bienestar físico; sino también fue un “pretexto” perfecto para llorar juntos, compartir nuestros sentimientos y perdonarnos por los errores que cada uno de nosotros, como familia, hemos cometido y sobre todo, comprendernos más. Y esto, nos ha hecho que nos unamos más. Solo falta una persona, que sigue viviendo en nuestra casa antigua, que será porque permanece en esa casa que aún no se da cuenta de lo que está perdiendo. 

En fin. En la casa nueva aún conservo una caja con las fotos, papeles, cartas, o como algunos la llaman “papeles viejos” que pertenecieron a mi oba, a mi tío y a mi papá. Tantas buenos recuerdos de aquellas épocas que hay para compartir pero tan poco tiempo (o a veces, ánimo) para hacer. En mi caso, me falta tiempo y, alguna que otra vez, ánimo. Pero felizmente, que mayormente es por tiempo. Trataré de continuar con la línea del blog, compartiendo sobre la historia, anécdotas de nuestros abuelos y muchos tantos temas que se relacionen con la inmigración japonesa hacia el Perú, pero esta oportunidad quise compartir con ustedes algo de mí. Algo que sirva como una “excusa”, quizás, para no seguir escribiendo. O quizás como una catarsis sobre algo muy personal. O simplemente, quizás, para que sepan que el blog sigue “vivo”. Quizás sea todo.

domingo, 4 de marzo de 2012

SOKUSHINBUTSU: EL ARTE DE LA MOMIFICACIÓN EN VIDA

Seguramente muchos de nosotros hemos escuchado hablar acerca de las momias. Pero no solamente me estoy refiriendo a aquellas que comúnmente hemos visto por la televisión, como aquellas llenas de vendajes blancos saliendo de alguna tumba egipcia (como la que hemos visto cuando niños por la televisión), sino aquellas más reales, como por ejemplo, como la momia Juanita encontrada en la década de los 90 en Arequipa (Perú), las momias de los monjes en Palermo (Italia) o las de Guanajuato en México.

En casi todo el mundo se han encontrado muchas momias, o mejor dicho, cuerpos de personas que han fallecido pero que han conservado intacto la mayor parte de su cuerpo, incluso hay algunas momias que conservan sus órganos internos incorruptos. ¿Y cómo es que han podido sobrevivir en el tiempo hasta nuestros días? “Muy sencillo”: Estas “momias” antes de serlos, fueron seres humanos que fallecieron pero sus cuerpos no se han podrido (para ser más explícitos). 

Estas muertes fueron como consecuencia de sacrificios realizados a los dioses o simplemente por causas naturales, pero que por medio de técnicas de preservación realizadas con el fin de convertirlos en deidades terrenales o por condiciones atmosféricas que facilitaron su conservación (por ejemplo, por encontrarse en lugares donde la temperatura no supera los menos 10 grados), lograron convertirse en momias.

El caso que me llama más la atención son las momias japonesas, llamadas momias Sokushinbutsu. Sokushinbutsu 即身仏 significa “convertirse en Buda estando vivo”, y aunque esta traducción de por sí ya suena algo extraño y hasta tétrico, suena aún más escalofriante saber cómo era este proceso.

La práctica del Sokushinbutsu empezó en el siglo 11 y fue traído desde China a Japón como parte de las costumbres tántricas de la escuela Budista Shingon, pero por lo bizarro de esta práctica, fue abolida en Japón en el siglo 19. Se estima que muchos intentaron esta práctica, en su deseo por alcanzar la iluminación espiritual, pero solamente lo lograron 28 monjes, es decir, solo 28 monjes lograron convertirse en momias, mientras que los otros, se convirtieron en simples cadáveres terrenales, pero que fueron sepultados con veneración por el sacrificio realizado. 

Se dice que con este sacrificio se pretendía aliviar la furia de los dioses y evitar desgracias en el pueblo. Por eso se cuenta que muchos aspirantes a Sokushinbutsu se arrancaron un ojo porque en ese tiempo había una enfermedad que afectaba la vista de los pobladores de esa zona.


Convertirse en un Sokushinbutsu o “Convertirse en Buda estando vivo” era un proceso muy doloroso para el que lo practicaba, puesto que tenía que someterse a una dieta muy rigurosa cuya única finalidad no era sobrevivir con una cantidad mínima de alimento, sino todo lo contrario, prepararlo para su propia momificación en vida.
imagen: http://www5f.biglobe.ne.jp/~syake-assi/newpage147.html

El monje debía de realizar tres etapas principales:
- En la primera etapa, que duraba unos 1000 días, en donde el monje cambiaba sus hábitos alimenticios por una completamente drástica, en donde eliminaba todo tipo de comida con excepción de semillas o frutos secos, con el fin de perder la mayor cantidad de grasa corporal, que es lo que facilitaría la descomposición del cuerpo, algo que se quiere evitar.

-En la segunda etapa, que duraba otros mil días, es cuando el monje se “alimenta” únicamente de raíces o corteza de pino y empezaban a tomar té de urushi, para eliminar sus fluidos corporales a través de la sudoración, la orina, o el vómito. Este té era bebido para hacer que el cuerpo se vuelva venenoso para las lombrices y otros parásitos propios del proceso de descomposición. Ya para esta etapa, el monje había perdido considerable masa muscular y había perdido casi todas sus fuerzas, pero aún conservaba las necesarias para dedicarlas en meditaciones y cánticos sagrados.

-En la tercera y última etapa, ya el monje siente intensos dolores físicos productos de la ingesta del venenoso té, y aquí es donde es enterrado vivo y pasa sus últimos días en una tumba preparada especialmente para él, con un tubo bambú para que entre el aire y así poder respirar y en donde puede reposar en posición de loto (sentado con las piernas cruzadas) y esperar la muerte. Todos los días debe de tocar una campana que se encontraba en la tumba para así avisar a los otros monjes que se encontraban en la superficie que aún estaba con vida.

Cuando ya no escuchaban la campana, retiraban el tubo de bambú y sellaban la tumba. Después de 1000 días, nuevamente la abrían para verificar que el cuerpo ha permanecido incorrupto, es decir, si el cuerpo se ha convertido en una momia.

En Japón, existen templos donde se puede ver a estos Sokushinbutsu, que ahora son adorados, pero que para muchos de nosotros, los de Occidente, sería algo incomprensible e interesante. Lo que me parece interesante, era el hecho que estos monjes aspirantes a Sokushinbutsu pudieron soportar tantos años aislados y en ese aislamiento, realizar esta práctica sabiendo que todo ese sacrificio era únicamente para preparar su propia muerte. 

Pienso que los mantras que recitaban y las largas horas que dedicaban para la meditación profunda durante todo el tiempo que duraba este proceso de “auto-momificación”, ayudaban a eliminar la ansiedad que podría provocar este auto-encierro. Y no solo creo que el grado de concentración que podían alcanzar estos monjes era tan alta que podría eliminar la ansiedad, sino que además, muchas personas afirman que el poder de la mente de estos monjes era tan poderosa que podía haber ayudado a la conclusión satisfactoria de este proceso, por ejemplo, ser capaz de elevar la temperatura corporal a tal grado que podían eliminar los fluidos corporales más rápidamente y así, evitar la descomposición posterior.

FUENTES:

http://www.sodahead.com/living/sokushinbutsu-the-art-of-self-mummification/question-2238437/
http://www5f.biglobe.ne.jp/~syake-assi/newpage147.html




LA SANBASAN (PARTERA) "MÁS FAMOSA" EN LA LIMA DE LA PREGUERRA: LA SANBASAN TOKESHI

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930.  Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial.  En ese día, hubo un...