martes, 20 de septiembre de 2016

Lo bueno, lo malo (y lo feo) de los yutas en Lima (Una opinión personal sobre el oficio de yuta en Lima)


¿Alguien ha fallecido y hay que “armar” un butsudan? Hay que llamar a la yuta(*). ¿La economía en casa anda algo floja? La yuta nos puede ayudar. ¿Te echaron mal de ojo? La yuta te va a limpiar. ¿Sueñas con la oba fallecida? Llama a la yuta. 
Para casi todo, la yuta es la solución. 

Y esto pasaba en mi casa y seguramente, en la casa de muchos de ustedes, sobretodo si son nikkei uchinaanchu y hay un butsudan en casa. Pero no es nuestra culpa, o personalmente hablando, no es mi culpa. Si buscamos a algún “culpable”, entonces sería mi oba.

Cuando vino al Perú, mi oba trajo sus costumbres, entre ellas, sus creencias sobre el “más allá” y cómo influyen en el “más acá”. 
Mi oba, quien venía de un pueblo bien al sur de Okinawa, siempre decía: “Existe vida después de la muerte”. Bueno, no lo decía de esa forma, pero es lo que sus enseñanzas así reflejaban. 

Recuerdo lo que mi mamá me contó una vez. Ella era pequeña y le dijo a oba que había soñado con oji. Oba fue directo al butsudan de la casa. No fue para orar, pero sí para resondrar. En uchinaaguchi le resondraba a oji. “No entendía lo que decía, pero por la voz, sé que ostaba molesta con él”, contaba mi mamá. 

Según mi oba, es malo que uno sueñe con un familiar que acaba de fallecer. Hay que resondrarle para que no vuelva a hacerlo. “Si se te aparece en el sueño… ¡Es porque quiere que lo acompañes!”, así decía oba. Ella creía en la vida después de la muerte. “Así como existe la vida, existe la muerte. Así como existe el bien, también existe el mal.” Una reflexión simple, pero significativa. 

Ahora que ya no está oba, sus enseñanzas fueron reemplazadas por lo que decían los yuta que mi mamá solía consultar y con el tiempo, con los yuta que yo misma he conocido. Bueno, creo que es una dependencia creada por nosotros mismos, que comenzó con consejos sobre butsudan y terminó con predicciones sobre nuestra suerte para todo el año y baños de florecimiento cada vez que el negocio bajaba. 

Muchos de nosotros tenemos muchas dudas o problemas y solemos recurrir a quien nos promete solucionarlos rápida y “fácilmente”. Y si es nikkei, mucho mejor. Hay más confianza, aunque a veces, esta confianza termina siendo rota por quien creíamos casi a fe ciega. 

Quienes somos algo cancheros en estos temas, sabemos que hay “yutas” en Lima. Y hasta hay quienes sin serlo, solitos se autodenominan como tales. Ahora, si nos preguntan “¿Qué buen yuta en Lima me recomiendas?” Silencio casi total. “¿Vale también nombrar a los que ya no ejercen o fallecieron?” Bueno, como dicen, “todo tiempo pasado fue mejor”.

(Imagen derecha): Yuta Chinen, una de las yuta más reconocidas de Lima, cuya fama y recuerdo traspasa algunas generaciones.

Los mejores yuta ya no ejercen o ya han fallecido. Eran buenos en su trabajo y su fama (o por lo menos, su recuerdo), traspasa generaciones.
Yuta Chinen
Los yuta de ahora son, generalmente, videntes, chamanes, tarotistas. Como no existen escritos sobre yutas y sus artes (por lo menos en Lima y en español), los conocimientos transmitidos de generación en generación sobre este campo tan misterioso y cautivante se van perdiendo o modificando con el paso del tiempo. Ahora, algunos usan maracas, cruces y espadas, al mismo estilo de los chamanes del norte y no creo que eso se use en Okinawa. 

En fin, ya uno se da cuenta si son buenos yuta o no. Saben más de lecturas de cartas, baños de florecimientos, videncia o limpieza, que de cuestiones propias del butsudan. Confunden muchas veces una creencia con otra y aun así, toman la figura del butsudan como parte de sus rituales de limpieza o hasta lo culpan por la mala racha que pasa una familia. Caen en un sincretismo disfrazado y al final, nos confunden aún más. 

Pero hay otros yuta que son buenazos y más de una vez me he quedado con la boca abierta por sus predicciones (o coincidencias). Pero siempre hay una excepción a la regla. 

Aprovechándose de la desesperación que produce un problema, hay algunos yuta que te “agrandan” intencionalmente el problema que ya tienes metiéndote más ideas en la cabeza. “Si no haces lo que te digo, esto empeorará”, “Solo yo puedo resolver el problema” y lo más desfachatado que he escuchado “Yo cobro XXX… ¿No tienes esa cantidad? Mmmm… No puedo cobrar menos” y para desesperarte aún más, te apresuran diciéndote “No dejes mucho tiempo, porque el daño que te hicieron avanza rápido”. Así que si uno no tiene dinero, ¿tendré que resignarme a mi (mala) suerte? 

Bueno, así uno piensa y se sugestiona más mientras consigue el dinero y pase el tiempo hasta que uno encuentre a un buen yuta (o a un buen vidente) que le ayude, sinceramente, a solucionar los problemas. 

Y créanme, muchos de los problemas solo pueden solucionarse (o detectarse) con la ayuda de un yuta (o un vidente). La maldad y la envidia existen y pueden hacer mucho daño. Así como uno desea “buena vibra” o se carga de energías positivas, también puede pasar lo contrario. 

Pero como me aconsejó el último vidente que consulté: “Esa persona seguirá haciéndote daño. Depende de ti que eso te afecte”. Tuvo razón. Cuanto uno más piense en algo, más fuerza le dará y al final, uno mismo hace que el daño haga efecto. 

Luego de hacer lo que tenía que hacer según las recomendaciones del vidente, al fin pude romper con mi adicción de consultar yutas. Sí, era como una adicción. Por cualquier cosa, consultaba a uno. Y a otro y así. La moraleja: el verdadero “poder” está en uno mismo. 

Bueno, ese consejo no te lo dará cualquier yuta (o vidente). Sino, ya no nos volverían a ver y su negocio ya no sería tan rentable. Y esa adicción por los yuta que tenemos algunos, es de lo que se aprovechan algunos malos yuta. 

Así fue como crecí. Entre viejas creencias okinawenses que lindarían más con la superstición según nuestras creencias más modernas, frente a algunos prejuicios mundanos (o la viveza de algunos malos yuta que sacan provecho de estas creencias). 

(*)Yuta: figura propia de Okinawa, equivalente a un vidente o chaman en Occidente.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN EL FACEBOOK DE JIRITSU, el 16 de septiembre de 2016

jueves, 3 de marzo de 2016

EL ENCUENTRO DE TERUKO Y KAMISAMA

Hace unos días almorcé con la amiga de mi mamá. 
Realmente, no sé cuántos años tendrá, supongo que ya llega a los 80, aunque no parece. Es tan activa que anda de aquí para allá y no hay evento nikkei en donde ella no diga "¡Presente!" Sea en actividades, misas, celebraciones... 

En fin, ella siempre está presente en todas partes y no en vano la gente la conoce como "Kamisama" (o "Dios"... porque en todos lados se aparece). 
Bueno, es un apodo que la gente le ha puesto de cariño, pero claro, nunca se lo dicen de frente, siempre la llaman por su nombre: "Michan obasan". 

Ella ha sido la amiga de mi mamá desde las épocas de colegio (supongo que cuando estudiaban en Hoshi Gakuen) y ahora que mi mamá ya no está, ella me hace recordar mucho a mi mamá. Aunque, ahora que lo pienso bien, mi mamá era más delgadita, más bajita y más sedentaria... Bueno, creo que al final, todas las obachan se parecen entre sí. Creo que es el ser "obachan". 

Regresando al tema, ese día almorzamos en Nakachi (que por cierto, los días de semana su menú tiene las 3 B: bueno, bastante y barato) y cuando el mozo nos trajo los refrescos, "Kamisama obasan" nos dijo: "Uy, esto está muy ralito". 

El refresco de ese día era agua de cebada. Sí estaba rico, pero para quienes les gusta el agua de cebada rala. 
Al final, pedimos gaseosa y café para terminar el almuerzo. El café de "Kamisama obasan" estaba bien cargadito. "Mmmm. Esto sí está rico". 
Mientras disfrutaba de algunos sorbos de su café, "Kamisama obasan" nos dijo, "A mí me gusta las cosas cargaditas. Si no, eso ya es "Uma nu shiibai" y se rió. 

"Uma nu shiibai" significa en uchinaguchi "orina de caballo". Y sí, recuerdo que antes mi mamá me decía: "No me gusta tomar cerveza porque parece orina de caballo". 
A mí tampoco me gusta tomar cerveza, porque es muy amargo y ahora que lo pienso bien, el color tampoco le favorece mucho. "Parece uma nu shiibai". 

"Teruko" con "Kamisama" por el Jardín Japonés de la APJ
Al terminar el almuerzo, mi enamorado nos tomó esta foto como recuerdo, por el jardín japonés de la APJ. "Aquí están Teruko y Kamisama" dijo. 

Sí, para mi enamorado, yo soy Teruko. "Teruko... Teruko... Teruko como una mula...
Y sí, desde pequeña soy bien terca y cuando algo se me mete a la cabeza, no paro hasta conseguirlo (bueno, casi siempre). 

Es un chiste que el papá de mi enamorado, un nisei descendiente de okinawenses, le decía a su esposa, también nisei okinawense. 
Y otro chiste que inventó fue el de "¿Dónde está la Nakahodo Fukuda?" (pero uno tenía que decirlo rápido para captar el chiste, que creo no necesita explicación). 
Bueno, parece que su papá tenía bastante chispa. Así como Kamisama Obasan que seguramente en estos momentos está en algún evento, reunión o misa. 

POST PUBLICADO EN FACEBOOK (03/MAR/2016): 

jueves, 4 de junio de 2015

“Calidez”: Una cualidad que se está descuidando en "Centenario"

Ni bien uno visita la website de la Clínica Centenario, se encuentra con un slogan que dice: “Excelencia y calidez que cuidan tu salud”. 

“Excelencia”, creo que sí. Cuenta con muy buenos médicos, de quienes destaco al Dr. Uyene o la Dra. Aróstegui o la Dra. Moreyra, entre otros, quienes atienden a mi mamá. La tratan bien, tienen paciencia y sus explicaciones y diagnósticos son claros y precisos. Creo que toda persona de la tercera edad desearía esas cualidades en un médico. 

Pero lo de “calidez”, eso sí que quisiera cuestionar. En varia ocasiones he sido testigo de quejas en “Centenario” por esa mal definida “calidez”. No por mala praxis, sino por mala atención. 

La primera vez fue en el sótano; la otra, en recepción y la última vez ha sido en Rehabilitación. Curiosamente, en todas estas ocasiones, se repetía la misma escena: pacientes quejándose por el mal trato que recibieron y sintiéndose aún más indignados porque no recibían una disculpa sincera por parte del personal. Algunas veces pedían llamar al supervisor y en otras, simplemente alzaban la voz, como intentando que su reclamo sea escuchado, aunque sea entre nosotros mismos, los pacientes. 

Una vez me dio pena ver a una señora en esa situación. Era una persona mayor y había venido sola a su sesión, pero fue mal atendida en el counter de Rehabilitación. “La señorita no me explicó bien y ahora, se burla de mi reclamo” fue lo que ella repetía a la supervisora. 

Realmente, es inevitable dejar de escuchar estas quejas. Algunas personas gritan y otras se quejan en voz baja, luego pasa el momento y todo vuelve a la normalidad. 

Yo no he estado en ese mismo momento, cuando ocurrió la mala atención, pero sí cuando la gente alzaba la voz y se quejaba, llamando la atención de todos. Uno sale de la clínica viendo y escuchando todo esto y se pregunta: “¿Estarán exagerando?” 

Pero hasta que a uno no le pase eso, casi siempre se sacará cara por la institución y se pondrá en duda, más bien, las quejas de los pacientes. “Al fin y al cabo, son extraños, ¿No? En cambio, la Clínica es de nihojin. No, ¡Cómo van a hacer eso! No creo”, es lo que yo pensaba. Pero me equivoqué. 
Imagen tomada de Clínica Centenario
"Excelencia y Calidez que cuidan tu salud" (Clínica Centenario. Lima-Perú)
El miércoles pasado, 3 de junio de 2015, mi mamá tenía cita con su geriatra en “Centenario”. Por la edad que tiene (82 años), siempre tengo que acompañarla. Como es costumbre, primero vamos a la Oficina de Asociados, para sacar la boleta de atención antes de subir al consultorio. Siempre son distintas las personas que nos atienden, pero en general, siempre nos reciben con un saludo y se despiden con un “arigatou” o “gracias” o sino, con una expresión cordial. Hasta nos hacen sentir como si estuviéramos en casa. 

Pero ese día fue la excepción. Entramos a la Oficina y no había nadie, solo una encargada que, felizmente, no nos atiende muy seguido. Pero las veces que lo hace, tengo la impresión que está molesta. A veces no responde al saludo o sus respuestas son muy cortantes y bruscas. “Debe ser que está cansada” dice mi mamá al salir. 

Ese miércoles, ni bien empujé la puerta vaivén para entrar, esta encargada nos vio, pero fingió seguir mirando la pantalla de su computadora. No nos dijo nada. Ayudé a sentar a mi mamá en el sillón y me acerqué al escritorio. Como la vi ocupada, me acerqué lentamente y le dije “Buenas tardes, mi mamá tiene cita…” y no me dejó terminar. Abruptamente me interrumpió con un “Paguen afuera, que ahora estoy cerrando la caja” sin despegar la mirada de la pantalla y sin decir nada más. Me quedé por unos segundos en blanco. Hice salir a mi mamá y la llevé hasta recepción. 

“¡Caramba! Está viendo que estoy entrando con mi mamá y no me dice nada. ¡Hasta espera que mi mamá se acomode en el sillón y que yo misma le hable para decirme que no atiende!”, “¡Como nos hizo perder tiempo!”, “¿Podré dejar esperando a mi mamá en la Oficina mientras voy a la caja a “pagar”, para que mi mamá no esté caminado de aquí para allá?”, “¿Por qué no estaban las otras chicas?” 

En solo breves segundos, todas estas ideas pasaron por mi mente. Al final, busqué un lugar para que mi mamá me esperara mientras yo hacía mi cola para “pagar”. Quizás, por el humor que tenía la encargada de la Oficina, ella terminaría botando a mi mamá del lugar, porque me dijo que estaba cerrando la caja. Eran las 4:50 p.m. 

En cambio, en el ingreso, había una señorita muy atenta con “happi” que me explicó que no había personal y que por eso, ya no estaba atendiendo la oficina de Asociados. Y aunque no era necesario, hasta se disculpó por ello.

¡Qué diferencia! Si por lo menos la encargada de la oficina nos hubiera explicado algo o por lo menos, mostrado algo de empatía con nosotras, mi impresión hubiera sido diferente. Pero la primera impresión es la que cuenta. Y lamentablemente, fue una mala impresión por una mala atención. 

No dije nada el mismo día que pasó. Mi mamá tenía su cita con el geriatra y quería que pasara una tarde agradable. Aunque su geriatra nos atendió una hora después de nuestra cita programada, salimos contentas de su consultorio. Nos atendió muy bien, como siempre. Pero, realmente, hay cosas que uno no puede dejar por alto, como el mal momento que pasamos ni bien llegamos a Centenario. 

Lo que nos pasó este miércoles pasado, podrá volver a pasar otra vez, sea con nosotras o con otras personas. Y como si fuera un deja vú, me acordé de aquellas veces que vi a algunos pacientes reclamar por una mala atención. 

Hasta ese momento, no le di mucha importancia, pensando que eran casos aislados. Hasta llegué a pensar que la mala atención era por la inexperiencia de los trabajadores recién contratados, ya que a veces se suele confundir inexperiencia con arrogancia o apatía.

Realmente hay muchas cosas que pasan dentro de “Centenario”, que generalmente se comentan como un secreto a voces. 

No solo hay deficiencias en cuanto a la atención al paciente, sino también con los trámites administrativos, que generalmente no son tan ágiles o transparentes como uno desearía que sean. O con la aparente falta de orden, en donde la boleta de las citas previas y los resultados suelen traspapelarse detrás del mostrador y el paciente tiene que esperar para que los encuentren (si es que no se pierden). O la mala praxis de algunas enfermeras o médicos, en muy contados casos. Hay cardiólogos que se resisten a actualizarse y solo prescriben medicamentos inexistentes y la mejor solución que ofrecen es recomendar a otro colega pero del Policlínico. O con algunas técnicas de oftalmología, que ignoran las condiciones médicas del paciente y los reclamos del familiar que los acompañan, para practicar en ella procedimientos contraproducentes que agravan aún más otras enfermedades que pueda tener, todo con tal de hacer su trabajo. O cuando uno quiere saber si tal procedimiento o examen incluye el descuento por ser “nikkei mayor de 80” pero no puede acceder a dicha información. Dicen que hay que pagar primero para luego, saber si hay descuento, como si fuera un premio, porque el sistema no permite anticipar información (además que demuestra falta de interés por apuntar, aunque sea a mano, una lista con los procedimientos que sí incluyen el descuento y cuál sería su porcentaje, si es que el sistema es tan intransigente). 

Por “culpa” del sistema, una obachan podría tener que buscarse otro centro de salud más económico. Por ejemplo, si esta obachan ha llevado solo 300 soles para su chequeo y le piden ese día una tomografía urgente valorizada en 580 y que podría estar afecto a un 50% de descuento por ser “nikkei mayor de 80”, no lo podrá hacer. 

Nadie puede garantizarle que su tomografía termine costándole solo 290, a menos que ella esté segura que se hará el examen y le generen una boleta de venta, recomendándole a la obachan que tenga en cuenta el precio real sin el descuento; ya que el descuento sería como un “premio”. Todo por “culpa” del sistema. 

Y ¿saben? Esta obachan era mi mamá, la misma que tuvo que pasar por las otras deficiencias antes descritas. 

Realmente hay muchos aspectos que “Centenario” debe mejorar. Quizás sean detalles, pero la mala atención es un defecto que ninguna institución debería permitir. Quizás se debe a cierta desidia por parte de las autoridades o quizás a una mala labor por parte de RRHH que no sabe elegir a la gente idónea para cada puesto. 

Hago hincapié en esto, porque creo que la atención al público que se ofrece en un centro de salud debe ser más cuidadosa, porque una buena atención es sinónimo de calidez en el trato, confianza entre el paciente y la institución y naturalmente, una buena imagen. 

Esta mala atención, carente de respeto o calidez, se percibe en varios ambientes de “Centenario” y, como si fuera una enfermedad, ha llegado incluso a contagiar a la Oficina de Asociados (un espacio en donde nikkeis atienden a otros nikkeis), como me he dado cuenta el día miércoles. Y esto es lo que me molestó y, a la vez, me asusta.

Si este defecto que muchos comentan y se ve, como es la mala atención, ha llegado incluso a las Oficina de Asociados, creo que ya es un problema serio, que, al parecer, desconocen las autoridades de “Centenario”, porque aún su website sigue alardeando de una supuesta “excelencia y calidez” en su trato humano, cuando la realidad es otra.

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ACTUALIZACIÓN (6 DE JULIO DE 2015)
Carnet de socio de mi oba (antes de 1990)
"MI OBA SIEMPRE REGRESABA A CASA CONTENTA" (post publicado en el Fanpage de Jiritsu en Facebook 

(A propósito del artículo: “Calidez”: Una cualidad que se está descuidando en "Centenario", publicado el pasado 4 de junio de 2015 en el blog:
http://jiritsujp.blogspot.com/2015/06/calidez-una-cualidad-que-se-esta.html)

Recuerdo que mi oba siempre regresaba contenta de Kaikan. (¿O habrá sido de sus reuniones del Comité San Francisco?¿O de Fujinkai?¿O de los tanomoshi? A decir verdad, no me acuerdo bien).

Mi oba solía participar en tantas reuniones de la "colonia"(*) que andaba de aquí para allá. Pero lo que sí me acuerdo, es que ella siempre regresaba a la casa contenta. "Todo estuvo bien bonito", nos decía.

Y así fue cómo fue creciendo mi percepción sobre la colonia. Siempre había relacionado "colonia" con "todo es bien bonito", como decía mi oba.
Pero, como algunos sabrán, hace un mes tuve una experiencia no muy agradable con una de las instituciones de la colonia, la Clínica Centenario. No me quejé públicamente, porque crecí con esa frase de mi oba: "no te quejes, nihonjin no se queja".

Pero al estar en casa, ya ordenando mejor mis ideas, pensé que lo mejor era hacer una catarsis y ya que soy blogger, ¿por qué no compartir una (mala) experiencia que tuve en el blog?

Pensé que la reacción de las personas iba a ser negativas hacia el blog, pero fue lo contrario.
Me escribieron por inbox contándome sobre sus experiencias personales. Eran gente como yo, también nikkei, pero que creo que crecieron con esa idea de que "¡gaman!... nihonjin no se queja".

Pero, ¿saben lo que más quiero resaltar de toda esta experiencia?
Después de unos días, el 8 de junio recibí una llamada a mi casa de la Clínica Centenario, en donde la nesan que nos atendió sin la característica "calidez" que se publicita en la clínica, nos ofreció las disculpas del caso.

Coincidentemente, en esas últimas semanas, me escribieron algunas personas contándome las "buenas nuevas".
Me contaron que han notado un cambio últimamente en Centenario, sobretodo en la atención al público en general, y en especial en la conocida oficina de asociados.

"Ahora, la nesan nos atendió con una amplia sonrisa. Había gente en la oficina, pero a todos atendió con una sonrisa", era lo último que un lector me comentó.

Bueno, desde esa vez, mi mamá y yo ya no vamos a la oficina de asociados. "Más tranquilo está afuera", me dice (refiriéndose a las ventanillas de recepción), así que solo me queda imaginarme esa escena que me describió un lector.

Y en estos últimos días, he ido a Centenario acompañando a mi mamá para sus chequeos y no sé si será coincidencia o la sección en donde estuve (reumatología), pero la atención fue más detallada y cordial que antes y que en otras secciones.

Eso es lo que quise rescatar al reavivar este post.
Esmerarse por mejorar y saber oír. Pero me deja pensando en cuánto nosotros, como nietos (o bisnietos) de estos primeros issei, estamos cambiando la "filosofía" original que ellos nos han inculcado. Respeto por los mayores, cordialidad, esfuerzo y dedicación desinteresada, entre otros.

A veces nosotros, los nikkei, tenemos una mala costumbre que hemos aprendido de nuestros abuelos. "No te quejes, se ve feo ver a un nihonjin quejarse". Pero ¿saben qué? a veces es bueno quejarse, eso sí, de buena forma, como si fuera un feedback para una institución que brinda servicios públicos. Porque la intención de todos es mejorar.

Comparto como imagen de este post, el carnet de asociados de mi oba, cuando frecuentaba la APJ o "Kaikan" como ella lo llamaba.

Como les había contado, ella siempre regresaba contenta de todas sus reuniones de la "colonia". Ella nos decía con orgullo: "Mira, nosotros, los nihonjin hemos hecho todo esto". En sus tiempos, aún "Centenario" no existía. Creo que se hubiera sentido más orgullosa aún.

Ahora, viendo como una retrospectiva, me deja pensando. ¡Cómo ha cambiado el tiempo! ¿no? A veces creo que nosotros mismos, la nueva generación, sin darnos cuenta estamos "cambiando" algunas cosas que ellos crearon con tanto cariño para nosotros.


(*) colonia= referida a la colonia o colectividad japonesa en Lima.

jueves, 21 de mayo de 2015

Historia de mi mamá (Agradecimiento especial a Roberto Oshiro, por compartir este emotivo recuerdo de su mamá)

Esta es la historia de mi mamá.

Sus padres vinieron al Perú en año incierto, dejando su pueblo natal, Yonabaru (Okinawa).

En realidad, no sé con qué barco ni en qué año fue; pero sé que vinieron por el mismo sueño que tenían todos los inmigrantes de esa época: hacer okane para tener un mejor porvenir. 
Ésa era la idea. Ellos querían regresar a su país lo más pronto posible, pero la verdad es que no ocurrió así. 

Aquí nacieron los hijos y así es como comienza su historia. 
En total eran 8 hijos, siendo mi mamá la tercera. Era común en esos tiempos las familias numerosas. 

A mi mamá la llamaron Saturnina. En realidad, nunca le gustó ese nombre, pero se lo pusieron porque una vecina se llamaba así. 
Por no saber el idioma, eso les pasó a mis abuelos: podían escoger nombres que a los hijos no les gustaban o inscribirlos mal en los registros, en donde los apellidos mal deletreados de los hermanos de una misma familia (del mismo padre y madre), no coincidían y terminaban siendo solo “medio hermanos”.
 A veces, por una letra mal puesta o por la desidia del registrador que no cotejaba los datos, ¡Cuántos de nosotros tenemos apellidos mal escritos! ¿no? 

Como muchos inmigrantes, mis abuelos trabajaron muy duro; aunque no tuvieron mucha suerte en los trabajos y oficios que tuvieron. 

Recuerdo que me contaron sobre la carbonería, en donde, obviamente, se vendía carbón. Estaba por Luna Pizarro en La Victoria. 

Un día, mi abuela enfermó de los pulmones. En esa época, las enfermedades del pulmón era algo común. Quizás ella se enfermó por el carbón o por el sacrificio que hizo al tener que alimentar a tantos hijos y a su vez no alimentarse bien. Ella tenía la llamada “enfermedad de los pobres”, la tuberculosis. La medicina no estaba tan adelantada en esa época y lo que recomendaban los doctores era vivir un tiempo en Jauja, cuyo clima seco podría curarla. 
Pero mi abuela falleció. En esa época mi mamá tenía 11 años. 

Fue algo muy duro, pero aprendió a ser fuerte. Desde los diez años ya sabía cocinar. Se subía a una silla de paja para alcanzar la cocina. “Lo primero que cociné fue un rico estofado”. Ella misma me lo cuenta como si hubiera sido ayer. 

Como no tuvieron mucha suerte en los negocios, las hijas mayores tuvieron que trabajar. Mis tías, las hermanas mayores de mi mamá, trabajaron en casas de amistades o de paisanos, hasta que fallecieron de tuberculosis o bronconeumonía. Mi abuelo falleció cuando mi mamá tenía 20 años. Sin papás ni hermanas mayores, mi mamá tuvo que asumir su papel de hija mayor. 

La economía en la casa empeoró. 
Sus hermanos menores terminaron yéndose a vivir con unos tíos en la chacra Taboada, en el Callao. A mi tía Yoshiko la casaron con una persona mucho mayor que ella en un matrimonio pactado (algo común en ese entonces, acordado entre los tíos y paisanos en busca de un futuro mejor para ella). Aunque estuviera casada, también ayudó a los otros hermanos. 

Mis otras tías salieron a trabajar, como mi tía Lorenza, quien se fue a trabajar con la familia Tsukayama (los de la dulcería del Mercado Central) a los diez años. 

Al principio era muy traviesa, haciendo que los Tsukayama llegaran incluso a quejarse con los tíos en la chacra. 
Pero tía Lorenza era muy jovencita en esa época y quizás solo pensaba en jugar. Con el tiempo, los Tsukayama se encariñaron tanto con ella, que querían llevarla a Okinawa junto con ellos, cuando llegó el momento de regresar al pueblo. 
Pero en esa época, tía Lorenza ya estaba por casarse y prefirió quedarse en el Perú. 

Tanto fue el cariño que le tuvieron, que los Tsukayama la entregaron en matrimonio como si fueran sus propios padres. La querían mucho, porque veían en ella a la hija que no tenían. Ellos también eran de Yonabaru como mis abuelos. Era solidaridad entre los mismos paisanos. Quizás por eso le dieron trabajo y la quisieron tanto como a una hija. 

Y sobre los tíos que se fueron a la chacra, creo que también tuvieron suerte.
Mis tíos Yolanda, Zoila y Benjamín, fueron criados como si fueran los hijos de los tíos de la chacra, pero eso no quiere decir que la vida fue fácil para ellos, no. 

La vida en el campo es muy dura: hay que levantarse muy temprano y trabajar como peón de sol a sol; cargar mucho peso; pasar penurias, incluso hasta en la comida. Las cosechas demoran y mientras se espera, se sufre. 
Hay plagas o nos dan precios bajos, pero aun así, mis tíos abuelos y mis tíos fueron como una familia. 

Lo bonito de todo esto, es que todos los hermanos se ayudaban los unos a los otros, a pesar de todas las penurias. Siempre se mantuvieron unidos. Se veían el uno al otro, se ayudaban, incluso hasta ahora. 

En cuanto a mi mamá, bueno, ella ha tenido una vida difícil, al igual que sus hermanos. 
Poco a poco ha estado contándome su historia. 

Mi mamá recuerda que estuvo trabajando en varias casas de paisanos del mismo sonjin. En muchas de ellas tuvo más alegrías que tristezas y hasta era tratada como un familiar más; aunque en otras, no tanto. 
Pero siempre estuvo trabajando. Llegó incluso a trabajar durante diez años en la casa de una familia. 

Esta familia tenía un restaurante, en donde el ojisan y la obasan eran muy buenos. La trababan muy bien. 
En esa época todos trabajaban duro, tanto ella como los propios hijos de la casa. Pero no todo era felicidad. 

Un día, la obasan enfermó y falleció. La soledad hizo que, con el tiempo, el ojisan tuviera otro compromiso. 
Pero como en un cuento de hadas, la suerte de mi mamá cambió. 
Esta obasan no era tan buena como la otra. La trataba mal e, incluso, la hacía dormir en un pasadizo donde colgaban la ropa. Ella respiraba toda esa humedad de la ropa, pero no se quejaba. 

En la casa también había una empleada dojin, quien aprovechaba cuanta visita de los paisanos del sonjin, para contarles sobre la situación de mi mamá dentro de la casa. “Así, se va a enfermar del pulmón” les decía preocupada. 

El paisano le contó al ojisan de la casa lo que escuchaba y éste buscó, aparentemente, una solución. Mandó a colocar un altillo en donde podía dormir mi mamá. 

Pero su pareja, la obasan, no le gustó esta idea. Como venganza, despidió a la empleada que se preocupó por mi mamá. 

Sin recriminarle, los paisanos del ojisan vieron esa injusticia, pero solo pensaban en bajito. “Eso no está bien”. Preocupados por la situación, planearon una solución. 
Ellos sugirieron al ojisan envíar a mi mamá a la chacra, aprovechando que su hermana (mi tía Yolanda), se iba a casar y que seguro necesitaban que ella los ayudara para los preparativos del matrimonio. Fue algo muy inteligente y discreto. 

Así la pudieron sacar de esa casa, en donde la obasan no la quería, sin hacerle sentir mal al ojisan, quien la había acogido tan buenamente en su casa. “Para que no digan que es una malagradecida. Así todos salen contentos”. Así era cómo la gente del sonjin velaba por todos, ayudando a sus paisanos para que no se cometan injusticias. 

Hace unos días, vi el Facebook del Restaurante Rosita de La Victoria, que hasta ahora funciona. 
En una de las fotos aparece mi mamá en la inauguración del -aquél entonces- nuevo local del Restaurante Rosita de la familia Teruya, en 1958. 

Imagen tomada del Fanpage de Restaurante Rosita
"Mi mamá sale en esta foto, esbozando 
casi una sonrisa", cuenta su hijo Roberto.

Restaurante Rosita
(aún en funcionamiento)
Av. Iquitos 293 la Victoria

Dentro de mí, sentí una alegría tremenda ver a mi mamá esbozando una casi sonrisa. 
Me hizo recordar cada cosa que mi mamá me fue contando durante estos años, sus alegrías y sufrimientos. 

Mi mamá trabajó para los Teruya apenas 2 años, pero fueron los mejores años de su vida. Ahí se sintió querida, como si fuera una hija. La obasan Teruya era una mujer muy buena. La trató igual que a sus propios hijos, no hacía diferencias entre ellos. Le compraban ropa y hasta la llevaban a las reuniones del sonjin. “Tú tienes que conocer a tus paisanos”, era lo que le decían. 
Con ellos fue que comenzó a frecuentar el sonjin, así lo recuerda mi mamá. 

Después de casada, mi mamá siguió visitándolos e incluso, en momentos difíciles, ellos siguieron ayudando a mi familia. 

Con la historia de mi mamá y de sus hermanas, lo que quiero resaltar es la ayuda que había entre los propios paisanos del mismo sonjin. La gente velaba por el bienestar de todos. Ayudaban en lo que podían: dando trabajo, dando okane o de otra forma, pero siempre trataban de ayudar. A veces, como en el caso de mi mamá con la “mala obasan”, también hacían justicia. O cuando alguien estaba enfermo o alguien fallecía, siempre daban sobres con dinero (como hasta ahora se hace). O con los tanomoshi, que en muchos casos sirvieron para establecer negocios y los resultados fueron de lo mejor… Y tantas formas que se pueden enumerar, en donde el sonjin siempre estaba unido. Realmente, ¡Qué hubiese sido de mi mamá y de mis tíos sin esa solidaridad! Como ellos, hay muchos casos en nuestra colectividad.

(Un agradecimiento especial a Roberto Oshiro, quien compartió con nosotros este muy emotivo testimonio de vida de su madre)

domingo, 17 de mayo de 2015

Haciendo un mea culpa: el saqueo del 13 y 14 de mayo de 1940

Un intento por explicar el por qué y quiénes fueron los culpables del saqueo del 13 y 14 de mayo de 1940

Creo que este mes me quedará algo corto. En estos días se me acumuló el trabajo y he tenido al blog sobreviviendo a punta de post cortos. Y justo en este mes, hay muchas fechas importantes para recordar. 
El tiempo se convierte en mi peor tirano en estos días y tengo que escoger lo que voy a escribir para el blog o para la revista en donde colaboro

“Bueno”, me dije, “voy a publicar algo por el día de la madre, del trabajo; alguna mención sobre la guerra de Okinawa, una que otra nota curiosa y por qué no, el saqueo de 1940”. Todo estuvo bien, sin novedad. La gente le daba “like” a los posts y a veces, compartían o comentaban. Todo estaba ok. Pero cuando escribí sobre el saqueo, me di de bruces con la realidad. 

Le gente le daba “likes” o compartían tantas veces la noticia, que pensé que iba a viralizarse y así, más gente se enteraría sobre el saqueo. Pero al final, terminó cayendo en los “Face” de algunas personas que no compartían mi misma opinión. Bueno, eso pasa cuando uno escribe. Siempre hay opiniones de todo tipo, a favor y en contra. Eso lo entiendo. Pero, realmente, todavía me siento algo fastidiada. 

Aún no puedo entender el por qué algunas personas me criticaron por ese artículo. “¿Cuál es la razón de ese artículo?”, “Hay que olvidarnos de eso, ¿acaso estamos buscando a los culpables?” o “Mi mamá me cuenta cómo sufrió con el saqueo, por respeto a su dolor, hay que olvidar.” Realmente, no entiendo. 

Hasta ayer, creí que era verdad cuando dicen que “el tiempo cura las heridas”. Con 75 años a cuestas, el saqueo ya debería haberse convertido en un recuerdo más, casi indolente para muchos. Casi todos los principales protagonistas del saqueo (los adultos que soportaron la carga de proteger a la familia en esa época) ya no están con nosotros. 
Los únicos testigos directos que quedarían serían entonces los hijos, que para esa época aún eran unos niños. Y muchos otros recordarían el saqueo solo por lo que han escuchado. Es decir, el recuerdo del saqueo ya no debería doler mucho. 

Imagen tomada de: Discover Nikkei - Museo de la Inmigración 
Japonesa al Perú "Carlos Chiyoteru Hiraoka"
Vista de la fábrica de gaseosas del Sr. Tanaka después del saqueo.



Pero aun así, hay quienes prefieren olvidar. Y si alguien pretende recordar el saqueo, ¡ay de ellos!, que serán mal vistos y criticados. Sí, creo que entiendo. 
Quizás el dolor de aquellos días aún no se puede borrar. 
Pero, ¿por qué no decimos o sentimos lo mismo, cuando recordamos las guerras o las deportaciones o los campos de concentración? 

Cuando alguien menciona sobre el saqueo, casi siempre (de las veces que he conversado, leído o escuchado de otras personas mencionando sobre el tema) mencionan también las deportaciones y los campos de concentración en los Estados Unidos, como si todo fuera un hecho único. 
Así, es como si le restaran importancia al saqueo o se demostrara cierta falta de conocimientos de los hechos. 

El saqueo fue un evento que duró 2 días, con hechos que se resumen en un sentimiento anti-japonés disfrazado de violencia generalizada y que estuvo dirigida por quienes aún permanecen en el anonimato. Supuestamente, para muchos todos estos hechos se resumirían en robo y más robo. No habría más que hablar. Y el solo hecho de nombrar el saqueo, genera aún inconformidad para algunas de estas personas. 

Hay que olvidarlo” es lo que dicen. Parece que fuera algo fácil. Es como si arrancáramos de un libro de historia algunas de sus páginas, las que no nos gustan. Pero no lo es. Al final, tendríamos un libro de historia incompleto y con un libro así, con hojas faltantes ¿alguien podría entenderlo? El saqueo fue más que un “simple latrocinio”, como también he leído por ahí como comentario a mi artículo

El saqueo fue como el clímax de ese sentimiento antijaponés que se estuvo gestando desde tiempo atrás en el Perú. En cualquier momento, como si fuera una bomba de tiempo, iba a explotar. 

Paradójicamente, cuando muchos pensaron que esos 2 días que duró el saqueo fueron los peores días de sus vidas, se equivocaron. Apenas fue el preludio de lo que vendría más tarde. Las deportaciones fueron la excusa perfecta para demostrar ese sentimiento anti japonés que ahora tenía nombre y además, poder. Era el gobierno. 
El gobierno de turno fue quien manejó - bajo sus propios intereses y la de terceros- el destino de muchos japoneses residentes en el Perú. 

A solo un año del saqueo, Japón declaró la guerra a los Estados Unidos. Y un año después, comenzaron las deportaciones de japoneses a los campos de concentración de los Estados Unidos. Y así continúa el resto de la historia, que conforme avanza a través del tiempo, se vuelve más clara y menos “dolorosa”. Ya nuestra amnesia selectiva desaparece. 

Pero, ¿saben? Aún se me quedó la duda. Si el saqueo afectó a muchas familias de japoneses en Lima y Callao, ¿Por qué algunas personas prefieren olvidarlo? 
Generalmente, uno quiere olvidar los malos momentos y así podría entender cuando me dicen que “es mejor olvidar el saqueo”. Pero si las guerras o las deportaciones también son malos recuerdos, ¿por qué preferimos recordarlas y al saqueo, no? 

Entonces, creería que uno quisiera recordar solo aquello que nos victimiza, en donde destacamos nuestra supuesta fragilidad ante la coyuntura y cómo logramos superarla al final. Pero el saqueo, ¿acaso los japoneses afectados no fueron víctimas? A veces uno quiere olvidarse de aquello que le trae malo recuerdos o le avergüenza. Quizás sea por eso. 

Hace más un año, más o menos, estuve leyendo material sobre el saqueo. Uno de los documentos que más me llamó la atención fue un PDF que encontré en internet y que menciona el saqueo. Se titula “¿Quién eres?¿Quién soy?:el papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano” de Victoria Nguyen (2013). Y luego vinieron otros textos (y que menciono al final de este post). 

Poco a poco comencé a darme cuenta que quizás algunas personas prefieren olvidar el saqueo más por vergüenza y temor que dolor, que fue aprendido de lo que escucharon de sus familias o de terceros. Vergüenza por sentir que ellos mismos provocaron de alguna u otra forma el saqueo y temor, porque nadie los iba a ayudar. ¿Qué más puedo pensar? Será que veo la historia con cierta frialdad (objetividad) que no entiendo el por qué algunas personas prefieren que se olvide el saqueo de la historia. 

Solo unos pequeños extractos de la tesis de Nguyen: 
“[…] los peruanos habían construido una identidad japonesa que consistió en la monopolización económica y la invasión de Perú. La percepción peruana sobre los japoneses solo empeoró con el tiempo […] Catalizó una gran cantidad de rumores y mentiras. […]La violencia peruana no estuvo basada en el odio ciego, sino en el miedo de las capacidades de los japoneses.[…] Por las divisiones tan fuertes entre los dos grupos étnicos, nunca había una oportunidad para entender la perspectiva o las características verdaderas de los japoneses y por lo tanto solo podían acceder a la falsa información.[…]el miedo se intensificó hasta llegar al odio y por último la violencia.[…]”[1] 

Creo que en el saqueo no hubo un solo culpable. Creo que todos han sido culpables: los peruanos y los japoneses, de alguna u otra forma. 

La violencia generalizada durante los saqueos del 13 y 14 de mayo demuestran la irracionalidad con que se actuó. La turba actuó siguiendo un plan: la de sus instintos. 
 Los rumores que corrieron intencionalmente días previos fueron suficientes como para azuzarlos para atacar a su supuesto enemigo: los japoneses. Pero los verdaderos autores del saqueo permanecieron escondidos, incluso hasta el día de hoy. 

Aún así, los japoneses prefirieron callar, por vergüenza y también por miedo, impotencia y resignación, porque el gobierno ya no los ayudaría. En poco tiempo, vendrían épocas peores para ellos. 

Pero, ¿En qué se equivocaron?¿Qué fue lo que hicieron los japoneses para que los saquearan? Quizás ellos mismos también tuvieron la culpa. Parece que su propia conducta fue la que terminó por provocar esa reacción tan violenta por parte de sus detractores. 

No hay hoja en los diarios El Comercio o La Prensa de los años 30 en donde no encontremos algún aviso de negocios de japoneses en Lima. A veces podían acaparar toda una hoja, destacándose fácilmente de los otros avisos de la competencia (peruanos).
“[…]Cuando se oye que en la radio no pueden pasar 10 minutos sin que se digan tres anuncios japoneses y cuando se ve que no es posible leer una página de diario peruano sin ver que lo japonés predomina[…]”(Don Julio y Manuel González Tello).[2] 
Este comentario de uno de esos tantos intelectuales de esa época, nos confirma que, para algunos, ya resultaba un fastidio esta situación. Los japoneses acaparaban los negocios y lo demostraban abiertamente. Publicaban avisos publicitarios en donde ofrecían descuentos imbatibles o promociones y ofertas que atraían a la clientela de cualquier competencia. Mucha de esa clientela venían de los negocios cuyos dueños eran peruanos. 

Los negocios se multiplicaron. Viendo el éxito de sus paisanos, muchos japoneses también quisieron tener la misma suerte y abrieron negocios de todo tipo. Al principio, no hubo control. La proliferación de negocios de japoneses en solo Lima alarmaba a sus detractores y preocupaba a su competencia:
“[…]De un total de 215 entre cafés y cafetines, 158 están en manos de japoneses y 27 en manos de peruanos; el resto, está repartido en propietarios de distintas nacionalidades. En el renglón de picanterías, hay 92 regentadas por japoneses y 85 por peruanos; en el ramo de panaderías hay 78 explotados por… japoneses y 36 por panaderos peruanos, pero en ningún ramo la absorción japonesa es más decisiva que en el de la peluquería que regenta en la proporción abrumadora de 140 establecimientos, siendo, la cifra que representa el número de peluquerías nacionales de 55. Podemos decir que el barbero nacional casi ha desaparecido..[…]”[2] 
Este virtual acaparamiento japonés del mercado peruano, provocó el cierre y traspaso de muchos negocios de peruanos, que ya no podían seguir ante tal competencia japonesa, que al parecer, era más próspera y rentable: 
"[...]La prosperidad de los japoneses se evidenciaba en la constante contribución que hacían a hospitales y beneficencias, siendo percibidos como un grupo privilegiado[...]"[4] 
La diferencia de idioma y de cultura, sumado al ambiente hostil en donde vivían, propició que la sociedad japonesa fuera cerrada, en donde la interacción con los peruanos parece que no era tan necesaria, salvo en la relación comercial: proveedor-cliente. 

Así, los japoneses crearon sus propias escuelas y gremios y posteriormente, asociaciones. Sus empleados eran generalmente sus propios paisanos y hasta tuvieron sus propios diarios. Era como si vivieran en su propio mundo. Pero la percepción distorsionada de los peruanos acerca de los japoneses venía de tiempo atrás. 

Para los japoneses era una forma de protegerse como comunidad extranjera dentro de un país que a veces le resultaba hostil. Pero para los peruanos, esto no era muy bien visto. Todo este resentimiento hacia los japoneses comenzó casi desde la época del trabajo en las haciendas. 

En muchos casos, los contratos de trabajo fueron incumplidos por los hacendados y como respuesta, los peones japoneses se negaban a trabajar[1]. 
Muchos se fugaron de las haciendas antes del término del contrato, escapándose a otras tierras (por ejemplo, Argentina) o llegando a Lima, para trabajar como mayordomos o vendedores ambulantes, antes de establecer sus primeros negocios. 
“[…]Al principio, los peruanos consideraban a los japoneses como buenos trabajadores que ayudarían la economía peruana. Sin embargo, cuando los colonos desafiaron a sus dueños, la imagen japonesa cambió en las mentes peruanas. De repente, los japoneses eran irrespetuosos y no estaban dispuestos a trabajar. La percepción peruana sobre los japoneses cambia de una manera negativa cuando la realidad de los japoneses no corresponde a la definición creada por los peruanos.[...]"[1] 
En pocas palabras, fueron las diferencias culturales, la percepción distorsionada del otro (peruano y japonés) y, con el correr del tiempo, el crecimiento notorio de los comerciantes japoneses y su afán de lucro. 

Como eran trabajadores temporales, estos comerciantes trabajaban mucho para poder ahorrar dinero más rápido y así regresar a su patria o simplemente, trabajaban mucho para poder vivir mejor en Lima que cuando estaban en Japón. 
Pero sea cual fuere la razón, era mal visto por los otros comerciantes peruanos. Aparentemente, esto explicaría el origen del rechazo, la envidia y el racismo. 

Pero, ¿lo mismo no pasaría con otros inmigrantes, como los chinos, alemanes, italianos, etc.? Sí, debería ser igual, pero hubo un mayor rechazo (si no, exclusivo) hacia los inmigrantes asiáticos (chinos y japoneses) que hacia los europeos. 

Los intelectuales de la época, en los inicios de la inmigración japonesa, idealizaban un mejoramiento de la raza peruana, atrayendo a inmigrantes europeos. Pero, a diferencia de otros países vecinos, como Argentina, Chile, Brasil y Uruguay[3], el Perú no reunía condiciones económicas y políticas muy favorables como para atraer a un número considerable de inmigrantes europeos que ayuden a “mejorar la raza” y que estén dispuestos a trabajar como peones de haciendas o en los cañaverales; atrayendo, en cambio, a inmigrantes chinos y japoneses: 
“[…]El más conocido de estos críticos fue Clemente Palma quien, desde 1899, a semanas de la llegada de los japoneses, afirmó que esta inmigración podía ser favorable desde el punto de vista comercial, pero constituía un “crimen sociológico[…]"[4] 
Siempre estuvo latente ese deseo oculto, por mejorar la raza, entre algunos intelectuales de la época. Con el tiempo, la prensa de la época se encargaría de difundirlo entre el pueblo, disfrazado como opiniones de coyuntura o actualidad nacional, en donde hablaban del acaparamiento japonés de los mercados peruanos o el peligro expansionista japonés,entre otros. 
Con el tiempo, la percepción peruana sobre los japoneses empeoró. En el otro lado del océano, el militarismo japonés se expandía por el Asia en guerras y dominios y los peruanos comenzaron a asociar esta agresión con todos los japoneses.[1] 

A esto, si le sumamos la percepción que tenían de ellos como una comunidad cerrada y ambiciosa (por el tema de los negocios), el sentimiento antijaponés iba creciendo más y más, como si fuera una bola de nieve. Finalizo con una cita de la tesis de Victoria Nguyen: 
“Esta creencia junto con el miedo de la pérdida de su prosperidad económica justificó las acciones de los peruanos contra los japoneses."[1] 
Los japoneses de esa época proyectaron una imagen que fue malinterpretada por los peruanos. Los japoneses querían sobrevivir en un país extraño. Trabajaron y se esforzaron mucho, pero muchas veces este deseo afectaba al de otros. Así ya era fácil eliminarlos. Hubo quienes, sentados desde algún lugar privilegiado, aprovecharon esta situación para manejar libremente las voluntades de las masa y así utilizarlos, sin que se dieran cuenta, para sacar del escenario a aquellos que interferían, quizás, con sus propios intereses económico, que eran los japoneses. 

FUENTES: 

[1] NGUYEN, Victoria. ¿Quién eres? ¿Quién soy?: El papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano. (2013). Honors Thesis Collection. Paper 134. Págs. 66-71.

[2] GUEVARA, Víctor. Las grandes cuestiones nacionales. Lima: Talleres Tipográficos de H. G. Rozas. 1939. Págs. 155-156. 

[3] NAKAMOTO, Jorge M. “Discriminación y aislamiento: el caso de los japoneses y sus descendientes en el Perú” en Primer Seminario de Poblaciones Inmigrantes, Tomo 2, CONCYTEC. Págs. 188. 

[4] CONTRERAS, Carlos. Compendio de historia económica del Perú. Tomo 4. Economía de la primera centuria. Independiente. Lima: IEP Instituto de Estudios Peruanos IEP (Instituto de Estudios Peruanos). Pág. 76. 

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NOTA:

No siempre uno desea revivir la historia para buscar culpables. Los verdaderos culpables ya no están presentes. Pero, nosotros sí. Y nosotros pretendemos seguir con el ejemplo de nuestros abuelos, recordar sus bailes y costumbres; como si todo en su vida fuera solo eso. Pero cuando queremos recordar la historia, parece que aparece cierta censura. 

Comparto el comentario de Pedro Noguchi sobre este tema (querer olvidar hechos históricos y que fue publicado como comentario en el Facebook de Jiritsu, en el post del 13 de mayo, 10:45p.m.), haciendo una analogía muy interesante con el estreno de la película “Gloria del Pacífico”, que recrea la guerra con Chile y que aún genera tanta pasión y opiniones encontradas el día de hoy, como hace más de 130 años:

“[…]Voy a hacer una analogía con lo que le sucedió a mi amigo Juan Carlos Oganes antes de estrenar su película Gloria el Pacífico, que desnudó con mucha objetividad detalles poco conocidos sobre la guerra entre Perú y Chile. Aún sin haberla visto, hubo un sector de la crítica que afirmaba que no tenía sentido revivir hechos históricos dolorosos para el Perú porque sólo alimentaría nuestro resentimiento con el vecino país y que se debería dar vuelta a la página. No esperaban que el enfoque de la película era una autocrítica hacia nosotros mismos, que se perdió por la desunión y los intereses particulares de la oligarquía de la época. Comisiones debajo de la mesa para comprar armamento inservible y corrupción política. ¿No nos parece familiar esa historia con la actual? Entonces el mensaje es claro para todos los casos. Recordar la historia es importante para evitar repetirla y poco favor nos hacemos si barremos bajo la alfombra los hechos dolorosos.[…]”