miércoles, 8 de mayo de 2013

Un Pretexto para Decir: "¡Gracias Mamá!"

Faltan pocos días para celebrar el día de la madre y seguramente muchos de nosotros estaremos pensando en qué regalar a nuestra mamá u oba (abuela, en japonés) o a dónde la llevaremos a comer este domingo. Y es que ese día es un día especial en donde queremos demostrar nuestro cariño hacia nuestras madres (e incluso a nuestras oba, si aún las tenemos con nosotros). Este domingo, es un buen “pretexto” para demostrar el cariño y gratitud hacia nuestras mamás y obas (aunque, como dice una frase conocida, "no debería ser un solo día, sino todos los días").

Mi oba, en la celebración del Kanreki (cuando cumplió 60 años). (1959)
“Cariño” y “gratitud”, dos palabras que tienen mucho sentido pero a la vez muchos de nosotros no sabemos como expresarlas. A veces los regalos o las cosas materiales no pueden expresar cuanto cariño o agradecimiento tenemos hacia nuestras madres (o mejor dicho, “mamás”, porque seamos honestos, sea que tengamos cinco, quince, treinta o sesenta años de edad, siempre las vamos a llamar “mamá”). Y no solo es por darnos la vida, sino también por todo lo que han hecho por nosotros. 

Y aquí aprovecho para compartir algunos recuerdos que tengo de mi oba y sobre mi niñez. 

Mi oba materna viene de una familia de samurai, que es la clase guerrera de Japón; (aunque no estoy muy segura si Iida-san, el investigador que preparó el árbol genealógico de mi familia, se refería a los Pechin (antigua clase guerrera de Okinawa). Sea cual fuere el significado, lo que sí estoy segura, es que mi familia, sobre todo mi oba, viene de una familia de guerreros, porque fue luchadora y nunca se dio por vencida; como toda una samurai. 

Cuando mi mamá era pequeña, su papá (mi oji), falleció a causa de una enfermedad, casi joven, puesto que apenas pasaba los 40 años de edad. Mi oba, ya sola y con varios hijos, algunos pequeños, tuvo que afrontar muchas dificultades y estar al frente de un negocio familiar (puesto que en ella trabajaron mi oji y posteriormente, mi papá), que era una cafetería en el centro de Lima. 

Fue una época difícil, puesto que años más tarde, estalló la segunda guerra mundial y, aunque el centro de batalla estaba a miles de kilómetros del Perú, se percibía claramente el sentimiento antijaponés en Lima, en donde los japoneses residentes en el Perú sufrían el desprecio e insultos gratuitos y racistas por parte de la población local; seguramente contagiados e influenciados por el espíritu de la guerra de los Aliados. 

Décadas más tarde, esta misma historia pasó con mi mamá, porque mi papá falleció cuando era muy pequeña, así que son muy pocos, casi nada, los recuerdos que tengo de él. Y así, al igual que mi oba, mi mamá estaba sola con tres hijos pequeños: la menor de todos, yo, con cinco años y el más grande, con trece años de edad. Casi no recuerdo nada de mi papá, solo pequeños “flashes” que recuerdo, como si fuera un sueño; y lo único que recuerdo de su funeral, era que mi mamá lloraba y yo le decía ingenuamente: “mamá, ya no llores mucho”. 
Claro, a los cinco años, que iba a darme cuenta de la realidad, yo solo pensaba que mi papá se había ido de viaje y no que se había ido para siempre. 

Bueno, para no hacer muy larga la historia (un poco triste, pero como toda historia, el final es feliz, o por lo menos, mejor que el principio), aunque no hubo una guerra mundial, mis hermanos y yo crecimos en una época difícil, que era la época de Alan Garcia, en donde la leche escaseaba y había que hacer largas colas, había una altísima inflación y a lo que se sumaba el terrorismo y los toques de queda y apagones. Solo recuerdo esto por los libros, porque estaba muy pequeña, pero lo único que recuerdo era que no tuve muchas comodidades, ropa o juguetes cuando era muy pequeña, pero eso sí, nunca nos faltó comida, y era porque todavía mi mamá trabajaba en ese negocio familiar, la cafetería, pero que a duras penas daba para el sustento diario. Pero felizmente, estaba mi oba, porque ella le ayudaba a mi mamá, ya sea cuidándonos cuando regresábamos del colegio y mi mamá se encontraba en la tienda (como así llamábamos a la cafeteria), o a veces “prestándole” dinero a mi mamá, el mismo que mensualmente mi oba recibía de la embajada como una indemnización, porque uno de mis tíos (el único hijo varón que le quedaba) falleció en pleno campo de guerra. 

A pesar de las carencias económicas que podíamos tener, mi mamá casi siempre paraba en la tienda, porque tenía que trabajar, así que sobra decir cuanto la extrañaba, sobre todo en mis primeros años de colegio. Pero eso sí, a pesar de todo el cansancio que mi mamá podía tener, de trabajar de lunes a domingo, de limpiar la casa, darnos todo lo que buenamente podía; nunca nos descuidaba. Lo que recuerdo de esa época, la "famosa" década de los 80-90, era que a pesar que no teníamos mucho, tampoco no nos faltaba nada. Suena algo paradójico, pero era así: nos podía faltar un juguete o ropa nueva, pero siempre teníamos la atención y cariño de mi mamá, y de mi oba, claro está. 

Recuerdo que en el colegio, cuando tenía 7 años, me mandaron a recortar todas las palabras que empiecen con la letra R y pegarlas en mi cuaderno triple raya. Pero, como mi oba no sabía leer español, ella no podía ayudarme con mi tarea. Así que me quedaba dormida esperando a que llegara mi mamá de la tienda, para que juntas hiciéramos la tarea. Al día siguiente, me despertaba asustada, pensando en la tarea que no hice, pero grande era mi alivio al ver que mi mamá ya había pegado las palabras en mi cuaderno, palabras que había recortado mientras estaba trabajando en la tienda. O también esa vez, que no había comprado goma y mi mamá se puso a preparar “goma casera” temprano en la mañana mezclando un poco de harina con agua y colocándola en un pote y que mucha gente mayor la conoce como “engrudo”, para que lo llevara al colegio. Y así, pegaba mis figuritas en la clase, sin importarme qué podían pensar mis compañeras de clase. O en mis actuaciones, que mi mamá siempre me cosía mis disfraces, y a pesar que eran hechos a mano, para mí siempre eran bonitos. Y claro, aunque mi mamá siempre tenía que levantarse temprano para abrir la tienda, siempre se levantaba más temprano para prepararme mi lonchera o mi bento, se esmeraba por prepararme algo nutritivo y rico, como un pan con tortilla y cebollita china, unos pollitos fritos (que ahoran le llaman “nuggets”) o incluso, me preparaba una torta de chocolate con bastante fudge para mi cumpleaños. 

Tantos recuerdos, tantos buenos recuerdos. Ahora ya soy mayor, y si bien ya los tiempos son mejores, nunca olvidaré estos recuerdos, estos buenos recuerdos que resaltan el esfuerzo, perseverancia y cariño que mi oba y mi mamá nos han demostrado desde pequeños e incluso hasta ahora, más que nada, como un ejemplo a seguir. Así que, este domingo, tengo un buen pretexto para demostrar mi cariño y gratitud a mi mamá. ¡Feliz día de la Madre!

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