sábado, 12 de agosto de 2017

¿Llevamos el Butsudan por costumbre o creencia? (Opinión muy personal)

Este domingo comienza el Obon para los de Naichi y para los que llevamos al estilo okinawense, recién es este 3 de setiembre. 

Pero quisiera compartirles una opinión, muy personal, que ha estado rondando mis pensamientos desde que hicimos la misa 33 de mi papá, hace solo un par de meses. 
Solo imagínense, ¡hemos tenido Butsudan en mi familia desde hace más de 70 años! Y a estas alturas, me pongo a cuestionar su existencia, estando a pocos años para que cerremos definitivamente el Butsudan familiar. 

Yo, como muchos nietos de okinawenses (sansei), he crecido al lado de mi Oba y he heredado sus costumbres y creencias en torno al Butsudan, muchas veces sin siquiera entenderlas. He olvidado algunos detalles con el tiempo o simplemente las he incluido como parte de mi vida, resistiéndome a olvidarlas porque me hacen retroceder en el tiempo. La “comida de misa” y los tempura de la Oba, las reuniones familiares en Obon con los tíos y primos que no se reunían así nomas y hasta el resondrón de la oba “¡Mottainai! ¡todo bota!, ¿no?” forman parte de mis recuerdos de infancia. ¡Y cómo olvidar al Butsudan!, que más que un recuerdo de infancia actualmente forma parte de mi vida y mi rutina. 

Desde que tengo memoria, siempre he visto un Butsudan a donde vaya: en la casa de mi oba, en la de mis padres y ahora que nos hemos mudado, tampoco ha sido la excepción. Durante todo el año, el Butsudan necesita que lo atienda: cada quincena, en Obón y Oshogatsu o si toca la misa de aniversario. 

Hay fechas y ritos que tengo que recordar y es fácil que se me pase algún detalle. ¿Me pasará algo malo si me olvido? No, porque, como decía Oba “si lo haces de corazón, ellos entenderán”. Pero el peligro que encierra esta frase tan de “mamá protectora”, es que encierra una libertad disimulada, en donde no sé hasta dónde puedo cambiar una costumbre o creencia para mi propia comodidad o necesidad sin que afecte la esencia misma de una expresión de fe (Butsudan). 
Con esta frase puedo justificar alguna falta o error que cometa por simple ignorancia ante una religión o creencia que no es la mía. ¡Cuántas veces nos hemos equivocado! Por querer hacer bien las cosas pero sin comprender, terminamos haciéndolo mal (o peor). 
Colocamos fotos en donde no se debe, usamos los cajones del Butsudan como gavetas para cubiertos y hasta decoramos su interior con estampitas de santos sin razón. “Para más protección”, algunos me dijeron, creyendo que el Butsudan es el guachimán y santo que nos protege la casa y nos da cosas cuando se lo pedimos. 

Recuerden que el propósito esencial del Butsudan es recordar y ayudar al fallecido en su viaje al más allá, usando la misma religión que ellos profesaban en vida, no para nuestro beneficio, el de los vivos. 

Las pocas cosas que sé hacer bien, por ejemplo, lo aprendí mirando. Para mi oba que no dominaba el español, le resultaba difícil explicarnos su fe y lo que significaba tener un Butsudan (como se dice, la “teoría”). Solo decía: “Miren y aprendan”. 
Así se ahorraba el esfuerzo de explicarnos las creencias budistas o propiamente okinawenses sobre el más allá y que algunas veces iban en contra de la lógica católica y que no íbamos a entender. 
Todos los meses repetía lo mismo (hacer ochato cada 15 días) y así fue como aprendimos a cuidar el Butsudan, por pura práctica. Para mi oba, las explicaciones salían de sobra. 

Y si tiene duda, llama yuta”, decía. Era como si mi oba no se pusiera en nuestros zapatos, que se olvidara de que ya éramos nisei y sansei viviendo en el Perú y además, católicas desde nacimiento. 

Pero mi oba no fue la única, porque también hubieron otras oba que querían que sus hijos y nietos continuaran con sus costumbres y hasta sus creencias religiosas. Y a veces la sangre es tan fuerte, que los mismos descendientes son los que quieren seguir con la tradición hasta con ellos mismos. Cuando me vaya, quiero que me abran mi Butsudan”. Debe ser por eso que, a pesar de los años, el oficio de “yuta” aún es un negocio rentable en Lima, en donde podemos encontrar para todo gusto y bolsillo. 

Mi Oba materna y mi Oji paterno quisieron profesar correctamente lo que su religión decía y nosotros, los hijos y nietos, los ayudamos. Les abrimos un Butsudan y, aunque no era nuestra fe, tratamos de empaparnos con sus creencias, continuando con algunas de sus costumbres que a veces ni entendíamos para qué lo hacíamos (“¿Poner piña en Obon?”, “¿3 senko y no 1?”) y consultando a yutas. 
Todo esto lo hemos estado haciendo para cumplir, por lo menos correctamente, con una fe que no es la nuestra pero sí la de ellos. Los únicos que sí podían entenderla eran mis abuelos. Al fin y al cabo, era su propia religión y creencias, traídas desde Okinawa, aunque en una época y realidad distinta a la que nació mi mamá y yo. 

Ya en esta parte de este post, seguramente que hay más de un ceño fruncido. 

¡Pero en mi casa sí creemos en el Butsudan y queremos seguir con la tradición!”, refutará más de uno. Pero en realidad, no creo que crean. No existe sincretismo, como así también lo afirman los expertos. O eres católico (o de otra religión) o eres budista, pero no ambos. La religión no es como una nacionalidad, en que puedes tener dos y no pasa nada. 
Lo que sí existe es una convivencia armónica entre creencia (catolicismo o la religión que uno profese) y costumbre (ritos y actividades asociadas con el cuidado al Butsudan). Si no se considera esta diferencia, sí que habría conflicto. 

Creo que el origen de esta confusión entre creencia y costumbre está en la relación Butsudan=recuerdos
El butsudan tiene muchos ritos y actividades que involucran a toda la familia durante más de una generación: las reuniones familiares en donde se comparte comida especialmente preparada para estas fechas y el recuerdo de los abuelos con sus costumbres que para muchos evoca la propia infancia. 

¡Qué buenos recuerdos!... Esto es precisamente lo que algunos no quieren que se pierda: la unión familiar y los orígenes. Esto lo sé por experiencia propia. 
Puedo decirles que mi familia y yo nos reunimos solo por el Butsudan en fechas como Obon, Oshogatsu y en las misas de aniversario, como creo que pasa en otros hogares nikkei. Pero no por eso, voy a querer continuar con la costumbre del Butsudan, solo para que mis descendientes no pierdan la costumbre de reunirse a comer en familia o mantener las costumbres de la Oba. 

Sé que el Butsudan es el medio para honrar la memoria de nuestros antepasados y ayudarlos en su difícil viaje al más allá. Por eso respeto esta decisión y como nieta, los “ayudo” atendiendo su Butsudan, aunque tengo mis propias opiniones.

Pero sinceramente, para mí, como sansei, el Butsudan representa una creencia y costumbre (por los ritos implicados en su cuidado) que trajo mi Oba al Perú desde Okinawa, muy distinta a la mía. Y así también pensaba mi mamá, que era nisei. 
Ella se opuso a tener su propio Butsudan para no hacernos cargar con tremenda responsabilidad que conlleva su cuidado y atención bajo una fe que desconocemos, porque el Butsudan representa a una fe y no una tradición o costumbre. 
En el caso de mi papá, que falleció antes que mi oji, fue al revés. A pesar de ser nisei, el oji decidió por él abrirle un Butsudan para que continuara con la costumbre familiar por ser el “chonan” (hijo mayor). 
O en el caso de varios amigos, en donde me contaron que abrieron un Butsudan a sus padres nisei o sansei porque la yuta les recomendó hacerlo (por interés propio del yuta) y que con el tiempo, terminaron por llevar el Ihai al Templo de Cañete, porque ya no lo podía atender adecuadamente. 

A pesar de saber esto, hay algunos nisei y hasta sansei que siguen con la idea de tener un Butsudan propio (siendo católicos en vida, por ejemplo) solo por costumbre y tradición familiar, más no por creencia, arriesgándose así a que su Ihai termine en Cañete; porque realmente, uno no sabe cómo será la vida o el pensamiento a futuro de los hijos.
Personalmente y seguramente a más de uno les va a incomodar por lo que digo, Cañete es para mí como la “casa de reposo de los Ihai”, en donde si no puedes cuidar a tus padres (Ihai) en tu casa y con tu familia por X motivos, los llevas a una casa de reposo para que les brinde una atención adecuada que tu no les puedes dar. Entonces, ¿para qué abrir un Butsudan aquí en Perú cuando ya somos nisei o sansei? 

Aquí aprovecho en ponerme también en el lugar del hijo. "Si he cuidado a mi papá hasta viejo, ¿tengo que atenderlo incluso después de muerto, durante 33 años?
Si el budismo (o similar) no es mi fe por vocación, creo que debo analizar bien si sé diferenciar entre la costumbre y creencia, en caso decidamos abrir nuestro propio Butsudan y queramos "jalar" a nuestra siguiente generación para su cuidado. 

El Butsudan no es la personificación de nuestros recuerdos ni una extensión “per se” de las costumbres de la Oba, sino el medio por el cual podemos ayudar a nuestros fallecidos (que deberían ser los practicantes de esa fe en vida) para su eterno descanso. Realmente, ¿llevamos un butsudan por costumbre o por creencia? 

Ya estoy por terminar de escribir este post y aún creo que es una pregunta difícil de responder sin que cause polémica o incomodidad en muchos. En mi caso, el Butsudan representa una creencia comenzada por mi oba y seguida como costumbre por mi mamá y ahora, yo (aunque cambiando alguno que otro detalle). Ahora no lo podremos ver fácilmente, pero creo que al final esta fusión que inconscientemente hacemos entre “creencia” + “costumbre” terminaría siendo, para las generaciones futuras, en una confusión.


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FUENTES:
Imagen tomada de: みさき のゑHAPPYになるブログ

miércoles, 2 de agosto de 2017

¿Cuándo es Tanabata y Obón? Años 2016-2030 (Calendario lunar)

Comparto con ustedes un calendario (desde el año 2016 al 2030) que nos recuerda las fechas del Tanabata y Obon según el calendario lunar (y que es celebrado en Okinawa y también en los hogares de nikkei-uchinaanchu). 

En el Tanabata se acostumbra ir al cementerio para limpiar el nicho e invitar a los fallecidos para que visiten nuestros hogares en Obon. 

Bueno, como verán, no actualizo mucho este blog desde hace un buen tiempo, porque ando más en el Facebook de Jiritsu, en donde sigo publicando fotos, videos e información en general y de interés, como este calendario (para visualizarlo mejor, hacer click en la imagen).

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martes, 20 de septiembre de 2016

Lo bueno, lo malo (y lo feo) de los yutas en Lima (Una opinión personal sobre el oficio de yuta en Lima)


¿Alguien ha fallecido y hay que “armar” un butsudan? Hay que llamar a la yuta(*). ¿La economía en casa anda algo floja? La yuta nos puede ayudar. ¿Te echaron mal de ojo? La yuta te va a limpiar. ¿Sueñas con la oba fallecida? Llama a la yuta. 
Para casi todo, la yuta es la solución. 

Y esto pasaba en mi casa y seguramente, en la casa de muchos de ustedes, sobretodo si son nikkei uchinaanchu y hay un butsudan en casa. Pero no es nuestra culpa, o personalmente hablando, no es mi culpa. Si buscamos a algún “culpable”, entonces sería mi oba.

Cuando vino al Perú, mi oba trajo sus costumbres, entre ellas, sus creencias sobre el “más allá” y cómo influyen en el “más acá”. 
Mi oba, quien venía de un pueblo bien al sur de Okinawa, siempre decía: “Existe vida después de la muerte”. Bueno, no lo decía de esa forma, pero es lo que sus enseñanzas así reflejaban. 

Recuerdo lo que mi mamá me contó una vez. Ella era pequeña y le dijo a oba que había soñado con oji. Oba fue directo al butsudan de la casa. No fue para orar, pero sí para resondrar. En uchinaaguchi le resondraba a oji. “No entendía lo que decía, pero por la voz, sé que ostaba molesta con él”, contaba mi mamá. 

Según mi oba, es malo que uno sueñe con un familiar que acaba de fallecer. Hay que resondrarle para que no vuelva a hacerlo. “Si se te aparece en el sueño… ¡Es porque quiere que lo acompañes!”, así decía oba. Ella creía en la vida después de la muerte. “Así como existe la vida, existe la muerte. Así como existe el bien, también existe el mal.” Una reflexión simple, pero significativa. 

Ahora que ya no está oba, sus enseñanzas fueron reemplazadas por lo que decían los yuta que mi mamá solía consultar y con el tiempo, con los yuta que yo misma he conocido. Bueno, creo que es una dependencia creada por nosotros mismos, que comenzó con consejos sobre butsudan y terminó con predicciones sobre nuestra suerte para todo el año y baños de florecimiento cada vez que el negocio bajaba. 

Muchos de nosotros tenemos muchas dudas o problemas y solemos recurrir a quien nos promete solucionarlos rápida y “fácilmente”. Y si es nikkei, mucho mejor. Hay más confianza, aunque a veces, esta confianza termina siendo rota por quien creíamos casi a fe ciega. 

Quienes somos algo cancheros en estos temas, sabemos que hay “yutas” en Lima. Y hasta hay quienes sin serlo, solitos se autodenominan como tales. Ahora, si nos preguntan “¿Qué buen yuta en Lima me recomiendas?” Silencio casi total. “¿Vale también nombrar a los que ya no ejercen o fallecieron?” Bueno, como dicen, “todo tiempo pasado fue mejor”.

(Imagen derecha): Yuta Chinen, una de las yuta más reconocidas de Lima, cuya fama y recuerdo traspasa algunas generaciones.

Los mejores yuta ya no ejercen o ya han fallecido. Eran buenos en su trabajo y su fama (o por lo menos, su recuerdo), traspasa generaciones.
Yuta Chinen
Los yuta de ahora son, generalmente, videntes, chamanes, tarotistas. Como no existen escritos sobre yutas y sus artes (por lo menos en Lima y en español), los conocimientos transmitidos de generación en generación sobre este campo tan misterioso y cautivante se van perdiendo o modificando con el paso del tiempo. Ahora, algunos usan maracas, cruces y espadas, al mismo estilo de los chamanes del norte y no creo que eso se use en Okinawa. 

En fin, ya uno se da cuenta si son buenos yuta o no. Saben más de lecturas de cartas, baños de florecimientos, videncia o limpieza, que de cuestiones propias del butsudan. Confunden muchas veces una creencia con otra y aun así, toman la figura del butsudan como parte de sus rituales de limpieza o hasta lo culpan por la mala racha que pasa una familia. Caen en un sincretismo disfrazado y al final, nos confunden aún más. 

Pero hay otros yuta que son buenazos y más de una vez me he quedado con la boca abierta por sus predicciones (o coincidencias). Pero siempre hay una excepción a la regla. 

Aprovechándose de la desesperación que produce un problema, hay algunos yuta que te “agrandan” intencionalmente el problema que ya tienes metiéndote más ideas en la cabeza. “Si no haces lo que te digo, esto empeorará”, “Solo yo puedo resolver el problema” y lo más desfachatado que he escuchado “Yo cobro XXX… ¿No tienes esa cantidad? Mmmm… No puedo cobrar menos” y para desesperarte aún más, te apresuran diciéndote “No dejes mucho tiempo, porque el daño que te hicieron avanza rápido”. Así que si uno no tiene dinero, ¿tendré que resignarme a mi (mala) suerte? 

Bueno, así uno piensa y se sugestiona más mientras consigue el dinero y pase el tiempo hasta que uno encuentre a un buen yuta (o a un buen vidente) que le ayude, sinceramente, a solucionar los problemas. 

Y créanme, muchos de los problemas solo pueden solucionarse (o detectarse) con la ayuda de un yuta (o un vidente). La maldad y la envidia existen y pueden hacer mucho daño. Así como uno desea “buena vibra” o se carga de energías positivas, también puede pasar lo contrario. 

Pero como me aconsejó el último vidente que consulté: “Esa persona seguirá haciéndote daño. Depende de ti que eso te afecte”. Tuvo razón. Cuanto uno más piense en algo, más fuerza le dará y al final, uno mismo hace que el daño haga efecto. 

Luego de hacer lo que tenía que hacer según las recomendaciones del vidente, al fin pude romper con mi adicción de consultar yutas. Sí, era como una adicción. Por cualquier cosa, consultaba a uno. Y a otro y así. La moraleja: el verdadero “poder” está en uno mismo. 

Bueno, ese consejo no te lo dará cualquier yuta (o vidente). Sino, ya no nos volverían a ver y su negocio ya no sería tan rentable. Y esa adicción por los yuta que tenemos algunos, es de lo que se aprovechan algunos malos yuta. 

Así fue como crecí. Entre viejas creencias okinawenses que lindarían más con la superstición según nuestras creencias más modernas, frente a algunos prejuicios mundanos (o la viveza de algunos malos yuta que sacan provecho de estas creencias). 

(*)Yuta: figura propia de Okinawa, equivalente a un vidente o chaman en Occidente.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN EL FACEBOOK DE JIRITSU, el 16 de septiembre de 2016

jueves, 3 de marzo de 2016

EL ENCUENTRO DE TERUKO Y KAMISAMA

Hace unos días almorcé con la amiga de mi mamá. 
Realmente, no sé cuántos años tendrá, supongo que ya llega a los 80, aunque no parece. Es tan activa que anda de aquí para allá y no hay evento nikkei en donde ella no diga "¡Presente!" Sea en actividades, misas, celebraciones... 

En fin, ella siempre está presente en todas partes y no en vano la gente la conoce como "Kamisama" (o "Dios"... porque en todos lados se aparece). 
Bueno, es un apodo que la gente le ha puesto de cariño, pero claro, nunca se lo dicen de frente, siempre la llaman por su nombre: "Michan obasan". 

Ella ha sido la amiga de mi mamá desde las épocas de colegio (supongo que cuando estudiaban en Hoshi Gakuen) y ahora que mi mamá ya no está, ella me hace recordar mucho a mi mamá. Aunque, ahora que lo pienso bien, mi mamá era más delgadita, más bajita y más sedentaria... Bueno, creo que al final, todas las obachan se parecen entre sí. Creo que es el ser "obachan". 

Regresando al tema, ese día almorzamos en Nakachi (que por cierto, los días de semana su menú tiene las 3 B: bueno, bastante y barato) y cuando el mozo nos trajo los refrescos, "Kamisama obasan" nos dijo: "Uy, esto está muy ralito". 

El refresco de ese día era agua de cebada. Sí estaba rico, pero para quienes les gusta el agua de cebada rala. 
Al final, pedimos gaseosa y café para terminar el almuerzo. El café de "Kamisama obasan" estaba bien cargadito. "Mmmm. Esto sí está rico". 
Mientras disfrutaba de algunos sorbos de su café, "Kamisama obasan" nos dijo, "A mí me gusta las cosas cargaditas. Si no, eso ya es "Uma nu shiibai" y se rió. 

"Uma nu shiibai" significa en uchinaguchi "orina de caballo". Y sí, recuerdo que antes mi mamá me decía: "No me gusta tomar cerveza porque parece orina de caballo". 
A mí tampoco me gusta tomar cerveza, porque es muy amargo y ahora que lo pienso bien, el color tampoco le favorece mucho. "Parece uma nu shiibai". 

"Teruko" con "Kamisama" por el Jardín Japonés de la APJ
Al terminar el almuerzo, mi enamorado nos tomó esta foto como recuerdo, por el jardín japonés de la APJ. "Aquí están Teruko y Kamisama" dijo. 

Sí, para mi enamorado, yo soy Teruko. "Teruko... Teruko... Teruko como una mula...
Y sí, desde pequeña soy bien terca y cuando algo se me mete a la cabeza, no paro hasta conseguirlo (bueno, casi siempre). 

Es un chiste que el papá de mi enamorado, un nisei descendiente de okinawenses, le decía a su esposa, también nisei okinawense. 
Y otro chiste que inventó fue el de "¿Dónde está la Nakahodo Fukuda?" (pero uno tenía que decirlo rápido para captar el chiste, que creo no necesita explicación). 
Bueno, parece que su papá tenía bastante chispa. Así como Kamisama Obasan que seguramente en estos momentos está en algún evento, reunión o misa. 

POST PUBLICADO EN FACEBOOK (03/MAR/2016): 

jueves, 4 de junio de 2015

“Calidez”: Una cualidad que se está descuidando en "Centenario"

Ni bien uno visita la website de la Clínica Centenario, se encuentra con un slogan que dice: “Excelencia y calidez que cuidan tu salud”. 

“Excelencia”, creo que sí. Cuenta con muy buenos médicos, de quienes destaco al Dr. Uyene o la Dra. Aróstegui o la Dra. Moreyra, entre otros, quienes atienden a mi mamá. La tratan bien, tienen paciencia y sus explicaciones y diagnósticos son claros y precisos. Creo que toda persona de la tercera edad desearía esas cualidades en un médico. 

Pero lo de “calidez”, eso sí que quisiera cuestionar. En varia ocasiones he sido testigo de quejas en “Centenario” por esa mal definida “calidez”. No por mala praxis, sino por mala atención. 

La primera vez fue en el sótano; la otra, en recepción y la última vez ha sido en Rehabilitación. Curiosamente, en todas estas ocasiones, se repetía la misma escena: pacientes quejándose por el mal trato que recibieron y sintiéndose aún más indignados porque no recibían una disculpa sincera por parte del personal. Algunas veces pedían llamar al supervisor y en otras, simplemente alzaban la voz, como intentando que su reclamo sea escuchado, aunque sea entre nosotros mismos, los pacientes. 

Una vez me dio pena ver a una señora en esa situación. Era una persona mayor y había venido sola a su sesión, pero fue mal atendida en el counter de Rehabilitación. “La señorita no me explicó bien y ahora, se burla de mi reclamo” fue lo que ella repetía a la supervisora. 

Realmente, es inevitable dejar de escuchar estas quejas. Algunas personas gritan y otras se quejan en voz baja, luego pasa el momento y todo vuelve a la normalidad. 

Yo no he estado en ese mismo momento, cuando ocurrió la mala atención, pero sí cuando la gente alzaba la voz y se quejaba, llamando la atención de todos. Uno sale de la clínica viendo y escuchando todo esto y se pregunta: “¿Estarán exagerando?” 

Pero hasta que a uno no le pase eso, casi siempre se sacará cara por la institución y se pondrá en duda, más bien, las quejas de los pacientes. “Al fin y al cabo, son extraños, ¿No? En cambio, la Clínica es de nihojin. No, ¡Cómo van a hacer eso! No creo”, es lo que yo pensaba. Pero me equivoqué. 
Imagen tomada de Clínica Centenario
"Excelencia y Calidez que cuidan tu salud" (Clínica Centenario. Lima-Perú)
El miércoles pasado, 3 de junio de 2015, mi mamá tenía cita con su geriatra en “Centenario”. Por la edad que tiene (82 años), siempre tengo que acompañarla. Como es costumbre, primero vamos a la Oficina de Asociados, para sacar la boleta de atención antes de subir al consultorio. Siempre son distintas las personas que nos atienden, pero en general, siempre nos reciben con un saludo y se despiden con un “arigatou” o “gracias” o sino, con una expresión cordial. Hasta nos hacen sentir como si estuviéramos en casa. 

Pero ese día fue la excepción. Entramos a la Oficina y no había nadie, solo una encargada que, felizmente, no nos atiende muy seguido. Pero las veces que lo hace, tengo la impresión que está molesta. A veces no responde al saludo o sus respuestas son muy cortantes y bruscas. “Debe ser que está cansada” dice mi mamá al salir. 

Ese miércoles, ni bien empujé la puerta vaivén para entrar, esta encargada nos vio, pero fingió seguir mirando la pantalla de su computadora. No nos dijo nada. Ayudé a sentar a mi mamá en el sillón y me acerqué al escritorio. Como la vi ocupada, me acerqué lentamente y le dije “Buenas tardes, mi mamá tiene cita…” y no me dejó terminar. Abruptamente me interrumpió con un “Paguen afuera, que ahora estoy cerrando la caja” sin despegar la mirada de la pantalla y sin decir nada más. Me quedé por unos segundos en blanco. Hice salir a mi mamá y la llevé hasta recepción. 

“¡Caramba! Está viendo que estoy entrando con mi mamá y no me dice nada. ¡Hasta espera que mi mamá se acomode en el sillón y que yo misma le hable para decirme que no atiende!”, “¡Como nos hizo perder tiempo!”, “¿Podré dejar esperando a mi mamá en la Oficina mientras voy a la caja a “pagar”, para que mi mamá no esté caminado de aquí para allá?”, “¿Por qué no estaban las otras chicas?” 

En solo breves segundos, todas estas ideas pasaron por mi mente. Al final, busqué un lugar para que mi mamá me esperara mientras yo hacía mi cola para “pagar”. Quizás, por el humor que tenía la encargada de la Oficina, ella terminaría botando a mi mamá del lugar, porque me dijo que estaba cerrando la caja. Eran las 4:50 p.m. 

En cambio, en el ingreso, había una señorita muy atenta con “happi” que me explicó que no había personal y que por eso, ya no estaba atendiendo la oficina de Asociados. Y aunque no era necesario, hasta se disculpó por ello.

¡Qué diferencia! Si por lo menos la encargada de la oficina nos hubiera explicado algo o por lo menos, mostrado algo de empatía con nosotras, mi impresión hubiera sido diferente. Pero la primera impresión es la que cuenta. Y lamentablemente, fue una mala impresión por una mala atención. 

No dije nada el mismo día que pasó. Mi mamá tenía su cita con el geriatra y quería que pasara una tarde agradable. Aunque su geriatra nos atendió una hora después de nuestra cita programada, salimos contentas de su consultorio. Nos atendió muy bien, como siempre. Pero, realmente, hay cosas que uno no puede dejar por alto, como el mal momento que pasamos ni bien llegamos a Centenario. 

Lo que nos pasó este miércoles pasado, podrá volver a pasar otra vez, sea con nosotras o con otras personas. Y como si fuera un deja vú, me acordé de aquellas veces que vi a algunos pacientes reclamar por una mala atención. 

Hasta ese momento, no le di mucha importancia, pensando que eran casos aislados. Hasta llegué a pensar que la mala atención era por la inexperiencia de los trabajadores recién contratados, ya que a veces se suele confundir inexperiencia con arrogancia o apatía.

Realmente hay muchas cosas que pasan dentro de “Centenario”, que generalmente se comentan como un secreto a voces. 

No solo hay deficiencias en cuanto a la atención al paciente, sino también con los trámites administrativos, que generalmente no son tan ágiles o transparentes como uno desearía que sean. O con la aparente falta de orden, en donde la boleta de las citas previas y los resultados suelen traspapelarse detrás del mostrador y el paciente tiene que esperar para que los encuentren (si es que no se pierden). O la mala praxis de algunas enfermeras o médicos, en muy contados casos. Hay cardiólogos que se resisten a actualizarse y solo prescriben medicamentos inexistentes y la mejor solución que ofrecen es recomendar a otro colega pero del Policlínico. O con algunas técnicas de oftalmología, que ignoran las condiciones médicas del paciente y los reclamos del familiar que los acompañan, para practicar en ella procedimientos contraproducentes que agravan aún más otras enfermedades que pueda tener, todo con tal de hacer su trabajo. O cuando uno quiere saber si tal procedimiento o examen incluye el descuento por ser “nikkei mayor de 80” pero no puede acceder a dicha información. Dicen que hay que pagar primero para luego, saber si hay descuento, como si fuera un premio, porque el sistema no permite anticipar información (además que demuestra falta de interés por apuntar, aunque sea a mano, una lista con los procedimientos que sí incluyen el descuento y cuál sería su porcentaje, si es que el sistema es tan intransigente). 

Por “culpa” del sistema, una obachan podría tener que buscarse otro centro de salud más económico. Por ejemplo, si esta obachan ha llevado solo 300 soles para su chequeo y le piden ese día una tomografía urgente valorizada en 580 y que podría estar afecto a un 50% de descuento por ser “nikkei mayor de 80”, no lo podrá hacer. 

Nadie puede garantizarle que su tomografía termine costándole solo 290, a menos que ella esté segura que se hará el examen y le generen una boleta de venta, recomendándole a la obachan que tenga en cuenta el precio real sin el descuento; ya que el descuento sería como un “premio”. Todo por “culpa” del sistema. 

Y ¿saben? Esta obachan era mi mamá, la misma que tuvo que pasar por las otras deficiencias antes descritas. 

Realmente hay muchos aspectos que “Centenario” debe mejorar. Quizás sean detalles, pero la mala atención es un defecto que ninguna institución debería permitir. Quizás se debe a cierta desidia por parte de las autoridades o quizás a una mala labor por parte de RRHH que no sabe elegir a la gente idónea para cada puesto. 

Hago hincapié en esto, porque creo que la atención al público que se ofrece en un centro de salud debe ser más cuidadosa, porque una buena atención es sinónimo de calidez en el trato, confianza entre el paciente y la institución y naturalmente, una buena imagen. 

Esta mala atención, carente de respeto o calidez, se percibe en varios ambientes de “Centenario” y, como si fuera una enfermedad, ha llegado incluso a contagiar a la Oficina de Asociados (un espacio en donde nikkeis atienden a otros nikkeis), como me he dado cuenta el día miércoles. Y esto es lo que me molestó y, a la vez, me asusta.

Si este defecto que muchos comentan y se ve, como es la mala atención, ha llegado incluso a las Oficina de Asociados, creo que ya es un problema serio, que, al parecer, desconocen las autoridades de “Centenario”, porque aún su website sigue alardeando de una supuesta “excelencia y calidez” en su trato humano, cuando la realidad es otra.

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ACTUALIZACIÓN (6 DE JULIO DE 2015)
Carnet de socio de mi oba (antes de 1990)
"MI OBA SIEMPRE REGRESABA A CASA CONTENTA" (post publicado en el Fanpage de Jiritsu en Facebook 

(A propósito del artículo: “Calidez”: Una cualidad que se está descuidando en "Centenario", publicado el pasado 4 de junio de 2015 en el blog:
http://jiritsujp.blogspot.com/2015/06/calidez-una-cualidad-que-se-esta.html)

Recuerdo que mi oba siempre regresaba contenta de Kaikan. (¿O habrá sido de sus reuniones del Comité San Francisco?¿O de Fujinkai?¿O de los tanomoshi? A decir verdad, no me acuerdo bien).

Mi oba solía participar en tantas reuniones de la "colonia"(*) que andaba de aquí para allá. Pero lo que sí me acuerdo, es que ella siempre regresaba a la casa contenta. "Todo estuvo bien bonito", nos decía.

Y así fue cómo fue creciendo mi percepción sobre la colonia. Siempre había relacionado "colonia" con "todo es bien bonito", como decía mi oba.
Pero, como algunos sabrán, hace un mes tuve una experiencia no muy agradable con una de las instituciones de la colonia, la Clínica Centenario. No me quejé públicamente, porque crecí con esa frase de mi oba: "no te quejes, nihonjin no se queja".

Pero al estar en casa, ya ordenando mejor mis ideas, pensé que lo mejor era hacer una catarsis y ya que soy blogger, ¿por qué no compartir una (mala) experiencia que tuve en el blog?

Pensé que la reacción de las personas iba a ser negativas hacia el blog, pero fue lo contrario.
Me escribieron por inbox contándome sobre sus experiencias personales. Eran gente como yo, también nikkei, pero que creo que crecieron con esa idea de que "¡gaman!... nihonjin no se queja".

Pero, ¿saben lo que más quiero resaltar de toda esta experiencia?
Después de unos días, el 8 de junio recibí una llamada a mi casa de la Clínica Centenario, en donde la nesan que nos atendió sin la característica "calidez" que se publicita en la clínica, nos ofreció las disculpas del caso.

Coincidentemente, en esas últimas semanas, me escribieron algunas personas contándome las "buenas nuevas".
Me contaron que han notado un cambio últimamente en Centenario, sobretodo en la atención al público en general, y en especial en la conocida oficina de asociados.

"Ahora, la nesan nos atendió con una amplia sonrisa. Había gente en la oficina, pero a todos atendió con una sonrisa", era lo último que un lector me comentó.

Bueno, desde esa vez, mi mamá y yo ya no vamos a la oficina de asociados. "Más tranquilo está afuera", me dice (refiriéndose a las ventanillas de recepción), así que solo me queda imaginarme esa escena que me describió un lector.

Y en estos últimos días, he ido a Centenario acompañando a mi mamá para sus chequeos y no sé si será coincidencia o la sección en donde estuve (reumatología), pero la atención fue más detallada y cordial que antes y que en otras secciones.

Eso es lo que quise rescatar al reavivar este post.
Esmerarse por mejorar y saber oír. Pero me deja pensando en cuánto nosotros, como nietos (o bisnietos) de estos primeros issei, estamos cambiando la "filosofía" original que ellos nos han inculcado. Respeto por los mayores, cordialidad, esfuerzo y dedicación desinteresada, entre otros.

A veces nosotros, los nikkei, tenemos una mala costumbre que hemos aprendido de nuestros abuelos. "No te quejes, se ve feo ver a un nihonjin quejarse". Pero ¿saben qué? a veces es bueno quejarse, eso sí, de buena forma, como si fuera un feedback para una institución que brinda servicios públicos. Porque la intención de todos es mejorar.

Comparto como imagen de este post, el carnet de asociados de mi oba, cuando frecuentaba la APJ o "Kaikan" como ella lo llamaba.

Como les había contado, ella siempre regresaba contenta de todas sus reuniones de la "colonia". Ella nos decía con orgullo: "Mira, nosotros, los nihonjin hemos hecho todo esto". En sus tiempos, aún "Centenario" no existía. Creo que se hubiera sentido más orgullosa aún.

Ahora, viendo como una retrospectiva, me deja pensando. ¡Cómo ha cambiado el tiempo! ¿no? A veces creo que nosotros mismos, la nueva generación, sin darnos cuenta estamos "cambiando" algunas cosas que ellos crearon con tanto cariño para nosotros.


(*) colonia= referida a la colonia o colectividad japonesa en Lima.

domingo, 17 de mayo de 2015

Haciendo un mea culpa: el saqueo del 13 y 14 de mayo de 1940

Un intento por explicar el por qué y quiénes fueron los culpables del saqueo del 13 y 14 de mayo de 1940

Creo que este mes me quedará algo corto. En estos días se me acumuló el trabajo y he tenido al blog sobreviviendo a punta de post cortos. Y justo en este mes, hay muchas fechas importantes para recordar. 
El tiempo se convierte en mi peor tirano en estos días y tengo que escoger lo que voy a escribir para el blog o para la revista en donde colaboro

“Bueno”, me dije, “voy a publicar algo por el día de la madre, del trabajo; alguna mención sobre la guerra de Okinawa, una que otra nota curiosa y por qué no, el saqueo de 1940”. Todo estuvo bien, sin novedad. La gente le daba “like” a los posts y a veces, compartían o comentaban. Todo estaba ok. Pero cuando escribí sobre el saqueo, me di de bruces con la realidad. 

Le gente le daba “likes” o compartían tantas veces la noticia, que pensé que iba a viralizarse y así, más gente se enteraría sobre el saqueo. Pero al final, terminó cayendo en los “Face” de algunas personas que no compartían mi misma opinión. Bueno, eso pasa cuando uno escribe. Siempre hay opiniones de todo tipo, a favor y en contra. Eso lo entiendo. Pero, realmente, todavía me siento algo fastidiada. 

Aún no puedo entender el por qué algunas personas me criticaron por ese artículo. “¿Cuál es la razón de ese artículo?”, “Hay que olvidarnos de eso, ¿acaso estamos buscando a los culpables?” o “Mi mamá me cuenta cómo sufrió con el saqueo, por respeto a su dolor, hay que olvidar.” Realmente, no entiendo. 

Hasta ayer, creí que era verdad cuando dicen que “el tiempo cura las heridas”. Con 75 años a cuestas, el saqueo ya debería haberse convertido en un recuerdo más, casi indolente para muchos. Casi todos los principales protagonistas del saqueo (los adultos que soportaron la carga de proteger a la familia en esa época) ya no están con nosotros. 
Los únicos testigos directos que quedarían serían entonces los hijos, que para esa época aún eran unos niños. Y muchos otros recordarían el saqueo solo por lo que han escuchado. Es decir, el recuerdo del saqueo ya no debería doler mucho. 

Imagen tomada de: Discover Nikkei - Museo de la Inmigración 
Japonesa al Perú "Carlos Chiyoteru Hiraoka"
Vista de la fábrica de gaseosas del Sr. Tanaka después del saqueo.



Pero aun así, hay quienes prefieren olvidar. Y si alguien pretende recordar el saqueo, ¡ay de ellos!, que serán mal vistos y criticados. Sí, creo que entiendo. 
Quizás el dolor de aquellos días aún no se puede borrar. 
Pero, ¿por qué no decimos o sentimos lo mismo, cuando recordamos las guerras o las deportaciones o los campos de concentración? 

Cuando alguien menciona sobre el saqueo, casi siempre (de las veces que he conversado, leído o escuchado de otras personas mencionando sobre el tema) mencionan también las deportaciones y los campos de concentración en los Estados Unidos, como si todo fuera un hecho único. 
Así, es como si le restaran importancia al saqueo o se demostrara cierta falta de conocimientos de los hechos. 

El saqueo fue un evento que duró 2 días, con hechos que se resumen en un sentimiento anti-japonés disfrazado de violencia generalizada y que estuvo dirigida por quienes aún permanecen en el anonimato. Supuestamente, para muchos todos estos hechos se resumirían en robo y más robo. No habría más que hablar. Y el solo hecho de nombrar el saqueo, genera aún inconformidad para algunas de estas personas. 

Hay que olvidarlo” es lo que dicen. Parece que fuera algo fácil. Es como si arrancáramos de un libro de historia algunas de sus páginas, las que no nos gustan. Pero no lo es. Al final, tendríamos un libro de historia incompleto y con un libro así, con hojas faltantes ¿alguien podría entenderlo? El saqueo fue más que un “simple latrocinio”, como también he leído por ahí como comentario a mi artículo

El saqueo fue como el clímax de ese sentimiento antijaponés que se estuvo gestando desde tiempo atrás en el Perú. En cualquier momento, como si fuera una bomba de tiempo, iba a explotar. 

Paradójicamente, cuando muchos pensaron que esos 2 días que duró el saqueo fueron los peores días de sus vidas, se equivocaron. Apenas fue el preludio de lo que vendría más tarde. Las deportaciones fueron la excusa perfecta para demostrar ese sentimiento anti japonés que ahora tenía nombre y además, poder. Era el gobierno. 
El gobierno de turno fue quien manejó - bajo sus propios intereses y la de terceros- el destino de muchos japoneses residentes en el Perú. 

A solo un año del saqueo, Japón declaró la guerra a los Estados Unidos. Y un año después, comenzaron las deportaciones de japoneses a los campos de concentración de los Estados Unidos. Y así continúa el resto de la historia, que conforme avanza a través del tiempo, se vuelve más clara y menos “dolorosa”. Ya nuestra amnesia selectiva desaparece. 

Pero, ¿saben? Aún se me quedó la duda. Si el saqueo afectó a muchas familias de japoneses en Lima y Callao, ¿Por qué algunas personas prefieren olvidarlo? 
Generalmente, uno quiere olvidar los malos momentos y así podría entender cuando me dicen que “es mejor olvidar el saqueo”. Pero si las guerras o las deportaciones también son malos recuerdos, ¿por qué preferimos recordarlas y al saqueo, no? 

Entonces, creería que uno quisiera recordar solo aquello que nos victimiza, en donde destacamos nuestra supuesta fragilidad ante la coyuntura y cómo logramos superarla al final. Pero el saqueo, ¿acaso los japoneses afectados no fueron víctimas? A veces uno quiere olvidarse de aquello que le trae malo recuerdos o le avergüenza. Quizás sea por eso. 

Hace más un año, más o menos, estuve leyendo material sobre el saqueo. Uno de los documentos que más me llamó la atención fue un PDF que encontré en internet y que menciona el saqueo. Se titula “¿Quién eres?¿Quién soy?:el papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano” de Victoria Nguyen (2013). Y luego vinieron otros textos (y que menciono al final de este post). 

Poco a poco comencé a darme cuenta que quizás algunas personas prefieren olvidar el saqueo más por vergüenza y temor que dolor, que fue aprendido de lo que escucharon de sus familias o de terceros. Vergüenza por sentir que ellos mismos provocaron de alguna u otra forma el saqueo y temor, porque nadie los iba a ayudar. ¿Qué más puedo pensar? Será que veo la historia con cierta frialdad (objetividad) que no entiendo el por qué algunas personas prefieren que se olvide el saqueo de la historia. 

Solo unos pequeños extractos de la tesis de Nguyen: 
“[…] los peruanos habían construido una identidad japonesa que consistió en la monopolización económica y la invasión de Perú. La percepción peruana sobre los japoneses solo empeoró con el tiempo […] Catalizó una gran cantidad de rumores y mentiras. […]La violencia peruana no estuvo basada en el odio ciego, sino en el miedo de las capacidades de los japoneses.[…] Por las divisiones tan fuertes entre los dos grupos étnicos, nunca había una oportunidad para entender la perspectiva o las características verdaderas de los japoneses y por lo tanto solo podían acceder a la falsa información.[…]el miedo se intensificó hasta llegar al odio y por último la violencia.[…]”[1] 

Creo que en el saqueo no hubo un solo culpable. Creo que todos han sido culpables: los peruanos y los japoneses, de alguna u otra forma. 

La violencia generalizada durante los saqueos del 13 y 14 de mayo demuestran la irracionalidad con que se actuó. La turba actuó siguiendo un plan: la de sus instintos. 
 Los rumores que corrieron intencionalmente días previos fueron suficientes como para azuzarlos para atacar a su supuesto enemigo: los japoneses. Pero los verdaderos autores del saqueo permanecieron escondidos, incluso hasta el día de hoy. 

Aún así, los japoneses prefirieron callar, por vergüenza y también por miedo, impotencia y resignación, porque el gobierno ya no los ayudaría. En poco tiempo, vendrían épocas peores para ellos. 

Pero, ¿En qué se equivocaron?¿Qué fue lo que hicieron los japoneses para que los saquearan? Quizás ellos mismos también tuvieron la culpa. Parece que su propia conducta fue la que terminó por provocar esa reacción tan violenta por parte de sus detractores. 

No hay hoja en los diarios El Comercio o La Prensa de los años 30 en donde no encontremos algún aviso de negocios de japoneses en Lima. A veces podían acaparar toda una hoja, destacándose fácilmente de los otros avisos de la competencia (peruanos).
“[…]Cuando se oye que en la radio no pueden pasar 10 minutos sin que se digan tres anuncios japoneses y cuando se ve que no es posible leer una página de diario peruano sin ver que lo japonés predomina[…]”(Don Julio y Manuel González Tello).[2] 
Este comentario de uno de esos tantos intelectuales de esa época, nos confirma que, para algunos, ya resultaba un fastidio esta situación. Los japoneses acaparaban los negocios y lo demostraban abiertamente. Publicaban avisos publicitarios en donde ofrecían descuentos imbatibles o promociones y ofertas que atraían a la clientela de cualquier competencia. Mucha de esa clientela venían de los negocios cuyos dueños eran peruanos. 

Los negocios se multiplicaron. Viendo el éxito de sus paisanos, muchos japoneses también quisieron tener la misma suerte y abrieron negocios de todo tipo. Al principio, no hubo control. La proliferación de negocios de japoneses en solo Lima alarmaba a sus detractores y preocupaba a su competencia:
“[…]De un total de 215 entre cafés y cafetines, 158 están en manos de japoneses y 27 en manos de peruanos; el resto, está repartido en propietarios de distintas nacionalidades. En el renglón de picanterías, hay 92 regentadas por japoneses y 85 por peruanos; en el ramo de panaderías hay 78 explotados por… japoneses y 36 por panaderos peruanos, pero en ningún ramo la absorción japonesa es más decisiva que en el de la peluquería que regenta en la proporción abrumadora de 140 establecimientos, siendo, la cifra que representa el número de peluquerías nacionales de 55. Podemos decir que el barbero nacional casi ha desaparecido..[…]”[2] 
Este virtual acaparamiento japonés del mercado peruano, provocó el cierre y traspaso de muchos negocios de peruanos, que ya no podían seguir ante tal competencia japonesa, que al parecer, era más próspera y rentable: 
"[...]La prosperidad de los japoneses se evidenciaba en la constante contribución que hacían a hospitales y beneficencias, siendo percibidos como un grupo privilegiado[...]"[4] 
La diferencia de idioma y de cultura, sumado al ambiente hostil en donde vivían, propició que la sociedad japonesa fuera cerrada, en donde la interacción con los peruanos parece que no era tan necesaria, salvo en la relación comercial: proveedor-cliente. 

Así, los japoneses crearon sus propias escuelas y gremios y posteriormente, asociaciones. Sus empleados eran generalmente sus propios paisanos y hasta tuvieron sus propios diarios. Era como si vivieran en su propio mundo. Pero la percepción distorsionada de los peruanos acerca de los japoneses venía de tiempo atrás. 

Para los japoneses era una forma de protegerse como comunidad extranjera dentro de un país que a veces le resultaba hostil. Pero para los peruanos, esto no era muy bien visto. Todo este resentimiento hacia los japoneses comenzó casi desde la época del trabajo en las haciendas. 

En muchos casos, los contratos de trabajo fueron incumplidos por los hacendados y como respuesta, los peones japoneses se negaban a trabajar[1]. 
Muchos se fugaron de las haciendas antes del término del contrato, escapándose a otras tierras (por ejemplo, Argentina) o llegando a Lima, para trabajar como mayordomos o vendedores ambulantes, antes de establecer sus primeros negocios. 
“[…]Al principio, los peruanos consideraban a los japoneses como buenos trabajadores que ayudarían la economía peruana. Sin embargo, cuando los colonos desafiaron a sus dueños, la imagen japonesa cambió en las mentes peruanas. De repente, los japoneses eran irrespetuosos y no estaban dispuestos a trabajar. La percepción peruana sobre los japoneses cambia de una manera negativa cuando la realidad de los japoneses no corresponde a la definición creada por los peruanos.[...]"[1] 
En pocas palabras, fueron las diferencias culturales, la percepción distorsionada del otro (peruano y japonés) y, con el correr del tiempo, el crecimiento notorio de los comerciantes japoneses y su afán de lucro. 

Como eran trabajadores temporales, estos comerciantes trabajaban mucho para poder ahorrar dinero más rápido y así regresar a su patria o simplemente, trabajaban mucho para poder vivir mejor en Lima que cuando estaban en Japón. 
Pero sea cual fuere la razón, era mal visto por los otros comerciantes peruanos. Aparentemente, esto explicaría el origen del rechazo, la envidia y el racismo. 

Pero, ¿lo mismo no pasaría con otros inmigrantes, como los chinos, alemanes, italianos, etc.? Sí, debería ser igual, pero hubo un mayor rechazo (si no, exclusivo) hacia los inmigrantes asiáticos (chinos y japoneses) que hacia los europeos. 

Los intelectuales de la época, en los inicios de la inmigración japonesa, idealizaban un mejoramiento de la raza peruana, atrayendo a inmigrantes europeos. Pero, a diferencia de otros países vecinos, como Argentina, Chile, Brasil y Uruguay[3], el Perú no reunía condiciones económicas y políticas muy favorables como para atraer a un número considerable de inmigrantes europeos que ayuden a “mejorar la raza” y que estén dispuestos a trabajar como peones de haciendas o en los cañaverales; atrayendo, en cambio, a inmigrantes chinos y japoneses: 
“[…]El más conocido de estos críticos fue Clemente Palma quien, desde 1899, a semanas de la llegada de los japoneses, afirmó que esta inmigración podía ser favorable desde el punto de vista comercial, pero constituía un “crimen sociológico[…]"[4] 
Siempre estuvo latente ese deseo oculto, por mejorar la raza, entre algunos intelectuales de la época. Con el tiempo, la prensa de la época se encargaría de difundirlo entre el pueblo, disfrazado como opiniones de coyuntura o actualidad nacional, en donde hablaban del acaparamiento japonés de los mercados peruanos o el peligro expansionista japonés,entre otros. 
Con el tiempo, la percepción peruana sobre los japoneses empeoró. En el otro lado del océano, el militarismo japonés se expandía por el Asia en guerras y dominios y los peruanos comenzaron a asociar esta agresión con todos los japoneses.[1] 

A esto, si le sumamos la percepción que tenían de ellos como una comunidad cerrada y ambiciosa (por el tema de los negocios), el sentimiento antijaponés iba creciendo más y más, como si fuera una bola de nieve. Finalizo con una cita de la tesis de Victoria Nguyen: 
“Esta creencia junto con el miedo de la pérdida de su prosperidad económica justificó las acciones de los peruanos contra los japoneses."[1] 
Los japoneses de esa época proyectaron una imagen que fue malinterpretada por los peruanos. Los japoneses querían sobrevivir en un país extraño. Trabajaron y se esforzaron mucho, pero muchas veces este deseo afectaba al de otros. Así ya era fácil eliminarlos. Hubo quienes, sentados desde algún lugar privilegiado, aprovecharon esta situación para manejar libremente las voluntades de las masa y así utilizarlos, sin que se dieran cuenta, para sacar del escenario a aquellos que interferían, quizás, con sus propios intereses económico, que eran los japoneses. 

FUENTES: 

[1] NGUYEN, Victoria. ¿Quién eres? ¿Quién soy?: El papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano. (2013). Honors Thesis Collection. Paper 134. Págs. 66-71.

[2] GUEVARA, Víctor. Las grandes cuestiones nacionales. Lima: Talleres Tipográficos de H. G. Rozas. 1939. Págs. 155-156. 

[3] NAKAMOTO, Jorge M. “Discriminación y aislamiento: el caso de los japoneses y sus descendientes en el Perú” en Primer Seminario de Poblaciones Inmigrantes, Tomo 2, CONCYTEC. Págs. 188. 

[4] CONTRERAS, Carlos. Compendio de historia económica del Perú. Tomo 4. Economía de la primera centuria. Independiente. Lima: IEP Instituto de Estudios Peruanos IEP (Instituto de Estudios Peruanos). Pág. 76. 

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NOTA:

No siempre uno desea revivir la historia para buscar culpables. Los verdaderos culpables ya no están presentes. Pero, nosotros sí. Y nosotros pretendemos seguir con el ejemplo de nuestros abuelos, recordar sus bailes y costumbres; como si todo en su vida fuera solo eso. Pero cuando queremos recordar la historia, parece que aparece cierta censura. 

Comparto el comentario de Pedro Noguchi sobre este tema (querer olvidar hechos históricos y que fue publicado como comentario en el Facebook de Jiritsu, en el post del 13 de mayo, 10:45p.m.), haciendo una analogía muy interesante con el estreno de la película “Gloria del Pacífico”, que recrea la guerra con Chile y que aún genera tanta pasión y opiniones encontradas el día de hoy, como hace más de 130 años:

“[…]Voy a hacer una analogía con lo que le sucedió a mi amigo Juan Carlos Oganes antes de estrenar su película Gloria el Pacífico, que desnudó con mucha objetividad detalles poco conocidos sobre la guerra entre Perú y Chile. Aún sin haberla visto, hubo un sector de la crítica que afirmaba que no tenía sentido revivir hechos históricos dolorosos para el Perú porque sólo alimentaría nuestro resentimiento con el vecino país y que se debería dar vuelta a la página. No esperaban que el enfoque de la película era una autocrítica hacia nosotros mismos, que se perdió por la desunión y los intereses particulares de la oligarquía de la época. Comisiones debajo de la mesa para comprar armamento inservible y corrupción política. ¿No nos parece familiar esa historia con la actual? Entonces el mensaje es claro para todos los casos. Recordar la historia es importante para evitar repetirla y poco favor nos hacemos si barremos bajo la alfombra los hechos dolorosos.[…]”

miércoles, 15 de abril de 2015

El secreto del éxito de los primeros comerciantes japoneses en el Perú

En estas últimas semanas he estado escribiendo para una revista online (Punto de Encuentro). Me dijeron que escriba cualquier cosa que esté relacionada con la cultura japonesa o nikkei. 
Y eso hice, pero me doy cuenta que casi todos los artículos que he escrito tratan sobre antiguos negocios de japoneses en Lima: peluquerías, cafetines y hasta fábrica de chicha de jora. Simple casualidad. 

Y no solo eso, la lista se alarga aún más, si incluyo a otros negocios que recuerdo como fondas, encomenderías, fábrica de carrocerías, panaderías, entre muchos otros. Además, ¿Quién no ha tenido que ayudar alguna vez en el negocio de la familia? Quizás muchos de nosotros recordamos a la tienda del oji o de la oba. 

Así que es inevitable decir que el oficio de la mayoría de los primeros inmigrantes japoneses en el Perú era el de “comerciante”. Después del trabajo en las haciendas o ingenios azucareros, los primeros inmigrantes japoneses decidieron incursionar en los negocios. 

Lo único que tenían eran sus ganas de trabajar para sobrevivir. Ellos vieron una oportunidad de negocio en todo, como dice la frase: “Donde hay una necesidad, hay una oportunidad de negocio”. Y parece que les fue bien. 
Muchos tuvieron éxito y tuvieron negocios prósperos que hasta se referían de ellos cariñosamente como “su mina de oro”, como así he escuchado de algunas personas y de mi propia oba. 

¿Cuál habrá sido su secreto? Viendo a mi propia oba, yo diría que es una mezcla entre suerte y dedicación. Pero no era solo eso. 

PRECIOS BAJOS 
En el caso de las pulperías o tambos, una de las razones de su éxito era principalmente los bajos precios[1], que no siempre llegaba a gustar a todos, sobretodo a la competencia: “[…]Menos fácil para el crédito que el chino, atrae, sin embargo, tanto como él al peruano, por la baratura con que su sistema de trabajar en familia o simplemente por la alimentación, le permite una mayor ganancia dentro de un precio menor. Castiga deliberadamente los precios, por debajo del costo, para arruinar a los competidores o para asegurar la clientela.”[...][1] 

Y para quienes se preguntan si existía el “fiado” (o dar al crédito) en aquellas épocas, la respuesta es “Sí”. 
El crédito o “fiado” también se practicaba en muchos negocios de japoneses, creándose un vínculo más cercano entre la gente del barrio y el comerciante japonés. 



ROTACIÓN DE PRODUCTOS
Aunado a los precios bajos, la rotación de los productos (mercaderías) genera siempre una expectativa positiva frente a los clientes, que siempre estarán esperando por las novedades del momento. 

“[…]Una de las razones por las cuales las bodegas del tipo del «chino de la esquina» se multiplicaron con facilidad, era el sistema comercial adoptado, que se basaba en precios bajos y muchas ventas.[…]”[2]
Muchas bodegas, encomenderías o pulperías fueron traspasados a comerciantes japoneses, quienes las adquirieron de otros inmigrantes como chinos e italianos. Y el secreto también pasó de manos.

En realidad, nadie perdería con este sistema. El dueño de la tienda gana más vendiendo más productos y sus clientes también, adquiriéndolos a precios bajos. Lo importante es rotar rápidamente la mercancía.[2] 


BUEN AMBIENTE 
Pero si un negocio tiene un ambiente soso y hasta aburrido, podría espantar a los clientes hacia la competencia y con esto, las ganancias. 

“[…]el japonés, sobre todo el dueño de pulpería o de tambo, hace de su negocio un centro de concurrencia, de información y de influjo[…] Instala el fonógrafo o el radio para convertir su tienda en una especie de menudo centro social en el que se sigue consumiendo[…]”[1]. 

Tiene una similitud con lo que vemos ahora, en donde se acostumbra “amenizar” el ambiente de un negocio, con algo de música de fondo o simplemente con noticias del momento de la TV. 


BUEN TRATO Y AFINIDAD CON LOS CLIENTES 
Otra razón que explicaría el secreto del éxito en los comerciantes japoneses sería la preferencia de los clientes. 

“[…]Un cliente promedio entraba sin mayores problemas a cualquier negocio administrado por un japonés, pues se sentía superior a él. En cambio, se le hacía difícil ingresar al negocio de un italiano o de otro peruano, que venían a ser lo mismo que él […]”.[ 2] 

Es algo confusa esta razón, pero también es una de las razones del florecimiento de las tiendas de los japoneses de la Segunda Guerra Mundial. 
Los negocios de bodega y café “[…]eran deseados por casi todos los inmigrantes extranjeros y a los mismos extranjeros les gustaba comprar en ellos por el trato amable, cortés y amistoso que recibían de parte de los japoneses y por el ambiente agradable del local. Los japoneses, si bien no eran de tan buenos modales como los europeos, eran más caballerosos que los chinos.[…]”[2] 

"...afinidad con los 
"cholos y pobres..."
Vista del salón restaurante del Sr. N. Ueno
ubicado en la Calle del Puno 300, Lima.
(Imagen tomada de: 
Álbum Gráfico e Informativo de Perú y Bolivia.
Lima. Nippo Shimpo. 1924. Pág. 237.)
Y fantaseando quizás un poco, también se dice que otra de las razones del éxito entre los japoneses era la estrecha afinidad que los japoneses encontraron con “los cholos y los pobres”.[1] Otra razón que explicaría el por qué los japoneses promovían el comercio y la amistad entre los nativos. 

Con el ejemplo de la similitud de Manco Cápac postulada por Loayza por los años 20, algunos creían en un origen común entre los japoneses y la gente del Ande. Este contacto comercial entre japoneses y los nativos, se basaría en esta creencia. Hasta se podría decir que era como un slogan: “Compre en familia”[1] 


LARGAS HORAS DE TRABAJO (DEDICACIÓN) 
Pero las cosas no se obtienen fácilmente. Hay que tener dedicación y ser constantes. 
Por eso, las largas horas de trabajo es otra de las razones de su éxito. 

En el caso de los cafés y cafetines, los japoneses eran mayormente quienes los administraban. “[…]Estos establecimientos requerían de unas 17 horas de trabajo diario y de una atención muy detallosa y, según la fuente mencionada [informe presentado en 1937 por el director de turno de la Federación de Comerciantes Japoneses del Perú al cónsul de aquél país], a los peruanos no les gustaba trabajar mucho y, por lo tanto, no les interesaba esta actividad.[…]”[2] 

"[...]En 1936, un inmigrante japonés que administraba una panadería que también ofrecía café, escribió en su diario que sus empleados trabajaban en turnos de mañana y noche, y que por eso en su local se atendía las 24 horas del día (Nakachi 1979:892). Incluidos los descansos, los turnos eran de 18 horas en la mañana y de 15 en la noche. Otro ejemplo es la declaración de una japonesa que administraba ella sola un café. Según esta mujer, en su establecimiento el horario de atención era de seis y media de la mañana a dos y media de la madrugada. Si a esto se le sumaba el tiempo que tomaban los preparativos para iniciar la atención y los arreglos después de cerrar el local, sólo(sic) le quedaban de una a dos horas para descansar (entrevista realizada en Lima el 23 de marzo de 1997).[...]"[2]

Tantas horas de trabajo no eran en vano. El negocio tenía que estar abierto la mayor parte del tiempo, sacrificando el descanso y la vida familiar, si es necesario. 

El objetivo: los japoneses querían ganar y ahorrar dinero lo más rápido posible para así, hacer realidad su sueño de regresar a Japón y tener una vida mejor. (O tener una vida mejor en el Perú). 

Se afirma que esta costumbre de trabajar mucho fue traída por los chinos (entendiéndose así porque la inmigración china fue anterior a la japonesa): “[…]Los chinos trajeron una forma distinta de hacer negocios al Perú. Para los [comerciantes] peruanos, representaban una doble amenaza. Por un lado, perdían cliente; por otro, para no perder clientela, no les quedaba otro camino que ampliar su horario de trabajo.[…]”[2] 

Yo recuerdo, por ejemplo, que mi mamá pasaba la mayor parte del día en el cafetín de mi oba. Incluso, trabajaba los domingos y yo casi no la veía en casa. Y seguramente, muchos de nosotros recordaremos experiencias similares, en donde la vida familiar era casi nula y los padres (o abuelos) pasaban más tiempo en el negocio familiar. 


OFERTAS Y PROMOCIONES 
Además de los bajos precios, merece nombrarse también, a las ofertas y promociones. 
Esta razón del éxito de los negocios de los japoneses, se aplicaría más en las tiendas comerciales, como la Sedería Kudo del Centro de Lima y sus “realizaciones de verano” o la Locería Takumi con sus “obsequios para todos sus compradores” y “gran rebaja de precios”, como dicen sus avisos en primera plana en El Comercio de 1938. 
Y realmente, había muchos otros negocios. 

Los dueños querían premiar la fidelidad de sus clientes haciendo sorteos y regalos. 
Un ejemplo de un sorteo bastante peculiar lo hizo la casa Y. S. Yoshida de Chiclayo. Sus clientes, acostumbrados a sus promociones y campañas de navidad y 28 de julio, se sorprendieron cuando se sorteó un auto. Era nada más y nada menos que el propio auto de uno de los sobrinos de Ychitaro Yoshida, el dueño del establecimiento.Un afortunado lambayecano se ganó el auto y Kakuo, el dueño del auto, le entregó el premio "tranquilo, como si nada". [4]


Diario El Comercio. (12/FEB/1938)
Diario El Comercio. (01/FEB/1938)


MUCHO INGENIO ANTE LA ADVERSIDAD 
Lo importante también era la proactividad o el ingenio, como el caso curioso de Heitaro Hayashi, dueño de la Compañía Hayashi. 

Se cuenta que al siguiente día de su llegada al Perú , Hayashi compró productos cosméticos, pantimedias y pañuelos y los vendía en un barrio rojo. Las prostitutas compraban sus productos y con las ganancias obtenidas Hayashi pudo comprar más mercadería. Y como la cortesía es obligatoria en todo negocio, hizo tarjetas en donde se podían leer las frases de “Buenos días” y “muchas gracias”, ya que no sabía hablar español. Esos eran los inicios de lo que sería posteriormente la próspera Compañía Hayashi[3]


BUEN TRATO A LOS EMPLEADOS 
Aunque era común que los dueños de los negocios emplearan a sus propios familiares y paisanos, también contrataban a empleados peruanos. Aunque no lo crean, uno de los secretos para tener éxito es tener empleados contentos.

Darles un buen trato, garantizará que se sientan identificados con el negocio, resultando en un buen trato a los clientes y una confianza mutua, entre empleados y dueños. Y creo que esa es la base de un buen negocio. La casa Y. S. Yoshida de Chiclayo recuerda que sus empleados “[…]no robaban, porque comían bien, los vestían bien y les daban buenos regalos, trabajaban con gusto.[…]” 

Con 7 peruanos y 8 japoneses trabajando en la tienda, la casa Yoshida brindaba un trato como de familia a sus empleados. “[…]vivía la familia en el segundo piso y los empleados tomaban desayuno (ochá) y almorzaban, servían muy bien. Había una buena cocinera. Al mediodía se tocaba una pequeña bocina o corneta y era señal para que un grupo almorzara y después que terminaban, tocaban de nuevo la bocina; el primer grupo pasaban a los mostradores y el segundo grupo se iba a almorzar. Al momento del almuerzo decían «Gohan, Gohan» que quería decir “a comer”. Los domingos hacían comida especial para todos los que trabajaban y vivían en el local. El señor Ychitaro y su sobrino Kakuo trataban bien a los empleados. A todos les regalaba ropa. A los varones les daba tela de casimir inglés. A mí me llevaba a un sastre, Guevara, para que me hiciera un terno a la medida. En los días de festividad (Fiestas Patrias, Navidad, Año nuevo) nos hacia buenos regalos.[…]”[4]

Actualmente, muchos de estos secretos (o "tips", como lo llamaríamos ahora), se ponen en práctica en los actuales negocios (o por lo menos, en la mayoría de estos). 
Realmente, me dejó pensando. Los primeros comerciantes japoneses en Lima sí que sabían como tener éxito (y seguro, que también sabían "eso" que conocemos ahora como "marketing"). 


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FUENTES:
[1] JOCHAMOWITZ, Luis. Ciudadano Fujimori. Lima. 1993. Pág. 321 

[2] YAMAWAKI, Chikako. Estrategias de vida de los inmigrantes asiáticos en el Perú. Lima. Instituto de Estudios Peruanos. Pág. 93, 94, 97 

[3] NACLA (North American Congress on Latin America). Report on the Americas, Volume 35. Pág. 30. (Mencionado también en: NGUYEN, Victoria. ¿Quién eres? ¿Quién soy?: El papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano. 2013. Honors Thesis Collection. Paper 134. Wellesley College. Pág. 79 

[4] ROCCA TORRES, Luis. Japoneses bajo el sol de Lambayeque. Universidad Nacional "Pedro Ruiz Gallo” y Asociación Peruano Japonesa del Perú. Lima. 1997. Pág. 55, 56.

LA SANBASAN (PARTERA) "MÁS FAMOSA" EN LA LIMA DE LA PREGUERRA: LA SANBASAN TOKESHI

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930.  Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial.  En ese día, hubo un...