Las "Chonan Bamba" (una opinión muy personal después del Obon)


Ayer fue Uukui, el último día de Obon. 
Como todos los años, mis tías cocinaron para este día. Prepararon todo en su casa y por la tarde vinieron con todo ya listo y cortado, listo para emplatar. Trajeron sushi, kamaboko, tofu, nantu, todo tipo de frituras y hasta mochi. Rapidito lo pusimos en el Butsudan, siempre en número impar. No hubo rezos, solo pusimos senko e hicimos una pequeña reverencia ante el Butsudan. 


El saludo al Butsudan apenas duró unos segundos y las 2 ó 3 horas restantes que duró la visita, se pasaron en el comedor, en donde nos sentamos a conversar y comer. 
Cuando ya nos despedimos, realmente, me sentía cansada, pero aquí no acabó el día. Todavía faltaba despedir a la visita más importante de ese día: mi oji. 

Puse el senko de la despedida y para no dormirme mientras esperaba a que se consumiera, me puse a “picar” lo que trajeron las tías. Después de unos minutos, llegó la hora. Traje del patio un balde con agua y lo puse al costado del Butsudan. Todo lo líquido (el agua de los floreros y el ocha) iba al balde al igual que los senko que recién había puesto. Todo esto lo eché luego al caño. Algunos okashi de las ofrendas (otra vez, en número impar) fueron a una bolsita de plástico con una moneda de 1 sol. 
Ya lista, me fui a la vuelta de la casa a “despedir” a mi oji, en donde mi bolsita simbolizaba el omiyage de mi oji para el más allá. 
Según la creencia, no hay que mirar hacia atrás porque no se van y se regresa o puede seguirte. ¡Justo se me ocurrió buscar un tacho en plena intersección! Por solo mirar de reojo mientras cruzaba la pista, casi me atropella un carro. Bueno, por querer cumplir con la costumbre, yo misma pude terminar siendo la que visite a la familia el próximo Obon. 

Ya en casa, terminé de limpiar algunas cosas y recién, pude sentarme a comer a gusto. Me tiré al sofá y me puse a ver TV y comer lo que sobró del Obon. Al día siguiente, o sea hoy, me desperté sobresaltada. Me había quedado dormida y pensé que hoy también “tocaba”. En estos días de Obon, tuve que levantarme más temprano para atender el Butsudan sin que interfiera con mis labores personales. Mamá ya no está y ¿quién más iba a hacerlo? 

Pues yo, la “chonan bamba” de la casa, porque el “verdadero” está de viaje. Realmente, no sé cómo mi mamá lo hacía. En sus años mozos, mi mamá no solo atendía el Butsudan, sino que además, iba a trabajar a la tienda familiar y a cuidar a sus hijos. En esa época, felizmente, todavía la oba estaba viva y su hermana (mi tía) la ayudaban. Ellas eran quienes preparaban todo en casa: los tempura (que ahora llamamos correctamente Saataa Andaagii, el juushiimee, el misoshiru, el tempura de pescado). Las tías se encargaban del gochizo del último día (Uuukui). 

Con los años, me di cuenta que mi mamá ya no podía cocinar como antes. Entonces, quise ayudarla. Una vez intenté cocinar lo que mi mamá y oba hacían, como el juushiimee, el misoshiru y hasta se me ocurrió hacer sushi. Pero solo fue una vez. A partir del sgte. Obon, compré la comida ya hecha. Terminé más cansada ese día, entre ir al mercado, picar los ingredientes y cocinar todo para que se acabe en un 2 por 3. 
¿Cómo hacía mi mamá todo esto sin que el cansancio le quite las ganas de repetirlo al sgte. año, teniendo hijos y negocio encima? ¡Y mi oba! Ni qué hablar. Hasta se daba el trabajo de rallar el katsuo para echarle a la sopa. Y como un detalle, hacía los nuditos (sangwa) con rafia. 

No sé cuál era su secreto. Quizás mi cansancio de aquella vez era porque yo era más joven y la rutina de la cocina me estresaba. Ya pasaron algunos años y pensé que, tal vez, cambiaron las cosas. 
“Voy a intentar hacerlo este año”, pensé. 

Así que en este Obon, decidí ponerme en los zapatos de mi oba y mamá. Hacer todo desde cero, sin nada de delivery ni comprar ya hecho. Todo hecho en casa, como hacían ellas. Y también, la rutina que ellas hacían. 

En estos tres días de Obon, mi día empezaba así. Me levantaba una hora más temprano, es decir, a las 6:30. Ni bien bajaba al comedor, encendía la luz del Butsudan y cambiaba el agua. Hacía el ocható y preparaba la 1ra ofrenda: el desayuno. Puse un ocha cargadito y un mini-croissant. Se me pasó casi media hora haciendo todo eso. Me ponía a hacer mis cosas. Siempre estaba pendiente de la hora en estos días. Al mediodía, tocaba colocar la 2da ofrenda: el almuerzo. El tiempo se me pasaba volando y parecía como si hace un ratito nomás, había preparado el desayuno. 
Tenía que preparar arroz y el okazu (acompañamiento). El primer día, sí que sufrí. No sabía qué preparar. Pero me acordé de la comida que hacía mi oba y dejé que los recuerdos fluyeran. 

Gochizo casero que ofrendamos ante el Butsudan
Preparé tempura de pejerrey con arroz. Lo acompañé con un tsukemono de encurtido (que mi pareja había preparado el fin de semana) y misoshiru con tofu y Pack Choy. Aunque las porciones eran miniatura, me tomó un par de horas preparar todo. Recién ese día almorcé casi a las 3. 
Regresé de nuevo a la computadora, para seguir escribiendo. No sé cómo se me ocurre ver la hora y veo que ya son las 5. ¡Pero si apenas serví el almuerzo! Bueno, eso es lo que me pareció. Otra vez, a la cocina. 

Tocaba la 3ra ofrenda: el oyatsu o lonche. No sabía qué colocar, así que saqué unas galletas Casino con otro mini-croissant de la mañana. Ya eran las 6 y a mí me tocaba tomar mi lonche. Ya más relajada, comí lo que encontré en la alacena. En el día 2 (Nakabi) la rutina era similar, aunque ahora tenía que ir al mercado. “Mejor voy hoy, porque mañana estará lleno”, pensaba. Compré tofu y kamaboko para hacer un salteadito. No fui la única que compró, detrás de mí, había algunas obasan haciendo cola. Yo era la más joven y me sentía como un lunar. 

Regresé a la casa como flash. No sé cómo lo hacía mi oba o mi mamá. “Caminando despacito, se llega lejos”, siempre me decían. Pero si seguía ese ritmo, llegaría tarde a la casa. Ni bien llegué, me puse a picar los ingredientes, hacer el misoshiru y el arroz. Igual que el día anterior, me demoré un par de horas y la hora del oyatsu vino rapidísimo. 
El lonche de ese día fueron galletas con mini-croissant. Y ocha, por supuesto. Por la noche, me puse a cocinar el Usanmi para mañana. Lo hice al estilo okinawense, tal y como lo hacía mi oba para las “comidas de misa”. 

Me acosté bien tarde y mañana, tenía que levantarme temprano. Y llegó el último día. Apenas tuve tiempo para hacer la 1ra ofrenda, porque tenía que hacer unas entregas (del trabajo). Salí volando de la casa y no hice Usande. Felizmente, regresé antes del mediodía. Recién hice el Usande y me disculpé ante el oji. “Daijobu. Ellos saben”, recordé lo que me decía mi mamá. 

Quería tirarme a la cama, porque no había dormido bien y encima, había salido desde temprano. Pero no tenía tiempo y me puse a preparar la 2da ofrenda. Felizmente que mis hijitas son mis mascotas, solo abro la bolsa y les lleno su tazón con galletas cuando tienen hambre. No sé cómo hacían mi oba y mi mamá con nosotros y manejar el estrés de cuidarnos, trabajar y atender el Butsudan. 

Terminé de almorzar y quise descansar un poco, pero no podía. Mis tías llegarían en la tarde y por pensar en eso, se me quitaban las ganas de dormir. Mi día terminó casi a la medianoche, como les comenté al principio. 

Okashi que preparon mis tías 
¡Qué fuertes eran mi oba y mi mamá! ¡Y mis tías! Realmente, ahora que me tocó vivirlo, ya sé todo el esfuerzo que hay detrás para llevar un Butsudan. 

He escuchado a algunas personas que, muy entusiastas, dicen “Quiero llevar un Butsudan”. Hasta gente de mi edad, y de menos, sansei y católica como yo, que me dijeron: “el Butsudan es importante, cuida la casa. Hay que seguir”. Yo solo me quedo mirando. Por coincidencia, casi todos eran hombres.

"Hablar es fácil, pero a ver, hazlo tú”. Detrás de toda la responsabilidad de llevar un Butsudan, hay una verdad que muchos ven pero pasan por alto. 
El Butsudan representa una creencia que nosotros hemos convertido en costumbre. ¿Pero saben? Si analizamos todos los ritos implicados en su cuidado, la comida es una parte central del Butsudan. 

Creo que el único momento que todos elogiamos y recordamos es aquél en donde la comida está presente. 
Hasta colgamos fotos del gochizo en el Facebook, como lo hacemos en diciembre con la cena navideña. Yo me acuerdo de memoria casi todas las comidas que mi oba y mamá preparaban en Obon y en las misas así como los okashi que hay que pedir en la tienda. Pero me olvido si hay que colocar 3 senko o 1 senko en caso que yo sea la visita y no la anfitriona de la casa, como me pasó ayer. 
Y eso, que todos los años, repito lo mismo y solo son senko, no todo el rito. 
O me olvido de cuántas misas faltan después del primer año. Tengo que consultar a la yuta o hasta me pongo a googlear. O el rezo que mi oba decía para poner la bandeja (poner ubuku) y retirarla (hacer usande). 
Mi mamá también olvidó la “frase mágica” y creó una nueva, que yo sigo, con una mezcla de japonés y español. Pero mi memoria no falla cuando hablamos de la comida. ¡Hasta puedo recordar, aunque sea vagamente, los primeros Obon en mi casa y la comida que servían, cuando estaba mi Oba! 

En la teoría, el Chonan (primer hijo varón) de la casa es quien debe tener el Butsudan de la familia. Pero en la práctica, quien realmente atiende el Butsudan es la mujer, sea su esposa o su hermana. 
El Chonan aporta el apellido de la familia, pero la mujer es quien aporta el resto. 

Generalmente, es la mujer quien limpia el Butsudan y prepara las ofrendas y el gochizo. 
Es una costumbre antigua, en donde las labores de la casa (como servir, limpiar y cocinar) eran consideradas como cosas de mujeres. Las mujeres eran quienes se quedaban en casa. 

Los alimentos son las ofrendas, con las cuales homenajeamos y/o apaciguamos a los espíritus (fallecidos) y las mujeres son quienes las preparan, generalmente. Prácticamente, las mujeres son las que proveen el alimento, al cocinarlos y hacerlos comestibles. 

Los rituales relacionados con el Butsudan, como en los rituales que se realizan después del funeral, tienen que ver, casi exclusivamente, con la comida. [1] 


“La comida sirve para mantener los lazos entre los vivos y los muertos, lazos que son gestionados por las mujeres, quienes preparan y sirven los alimentos”.[1] 

La comida es el nexo entre los vivos y muertos, porque de los alimentos que colocamos como ofrendas, reciben la esencia del fallecido [3] y entre los que están con vida, sirve como un nexo entre ellos mismos al compartir los alimentos. 

Si nos damos cuenta, todos nos reunimos alrededor de la comida, casi cobrando protagonismo en la celebración. Una similitud que puedo encontrar en este caso, es la Eucaristía católica, en donde todos nos reunimos para recibir la esencia del Señor. Y hasta hay una frase muy popular, que dice que la comida une a la familia. 

Realmente, hay muchas opiniones en torno al Butsudan, pero básicamente entre los que están a favor y contra. Yo estoy en el medio. 

Estoy a favor de tener un Butsudan, si la persona fallecida haya sido creyente o practicante en vida (como en el caso de mis abuelos). 
Pero estoy en contra, cuando una persona desea abrir uno solo porque quiere continuar con la costumbre de la oba (en donde la memoria evoca las reuniones familiares rodeadas de comida) y no identifica primero la esencia de tener uno. 

El Butsudan es la presencia física que nos recuerda al pariente que ha fallecido. Para su ascenso a la Plenitud, como pasa con la mayoría de las religiones, necesita rezos por su alma por parte de sus descendientes vivos. O para apaciguarlo cuando está descontento o intranquilo en el otro mundo. Su presencia física, en donde el Ihai con su nombre simboliza a la persona en sí, nos recuerda aquella tácita promesa que le hacemos, de rezar por su alma. En este caso, son 33 años. La comida es parte de sus rituales, en donde se congrega a la familia que participa de su preparación (y ahora, de su compra hasta por delivery). Es la ofrenda que se ofrece tanto a kamisama (los que ya alcanzaron la Plenitud) como la de aquellos que aún están en el camino.

En fin, creo que hay mucho que hablar sobre este tema, pero tampoco soy una especialista. 
Solo soy una “chonan bamba” que atiende el Butsudan de la familia, como pasa en la gran mayoría de casos. 

Con este mini-experimiento que hice en Obon, para ver cómo hicieron mi oba y mi mamá para atender el Butsudan en estas fechas sin dejar de lado sus responsabilidades personales, pude comprobar algo. 

Quien decida tener Butsudan, debe hacerse dos preguntas: 
1-¿Realmente quiero tener un Butsudan sabiendo la gran responsabilidad que conlleva (misas, ritos, etc.) durante 33 años? 
Si has respondido afirmativamente esto, aquí viene la otra pregunta: 
2-¿Sabes cocinar? 

No me estoy burlando, pero indico esta última opción para que sea más fácil entender la gran responsabilidad que conlleva tener un Butsudan y que, generalmente, la lleva la mujer de la casa. 

Miren mi caso. El mío creo que es extremo, porque en casa no tengo a nadie que pueda reemplazarme para hacer por lo menos el ochato, sin mencionar que debo trabajar y hacer todas las labores de casa. 
Si no sabes toda la responsabilidad y el trabajo que conlleva atender un Butsudan y solo te pones en el lugar de simple espectador, en donde te concentras solo en ver los recuerdos que evoca su cuidado (la comida y las reuniones familiares), entonces, no sabes lo que es llevar, realmente, un Butsudan. Creo que cuando la familia decide abrir un Butsudan, no debe preguntarle al Chonan, sino a la mujer que es quien realmente lo va a atender. 

Ahora sí entiendo a mi mamá cuando me dijo “No me pongas Butsudan. Es mucha responsabilidad”. 

Esta es una opinión muy personal de una “chonan bamba” como muchas que atienden el Butsudan, para aquellas personas que quieren tener uno para ellos mismos o para otros, cuando no corresponde con su fe, solo porque les trae recuerdos que no quieren perder. 

(Ojo, que no estoy en contra de atender un Butsudan para quienes sí corresponde, como el caso de los abuelos issei. Una aclaración necesaria en este tipo de temas, en donde la polémica no deja leer entrelíneas). 


FUENTE: 
SERED, Susan. Women of the Sacred Groves: Divine Priestesses of Okinawa. Oxford University Press. 1999. Pág. 112-113

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