viernes, 15 de noviembre de 2013

El Hermano que me Permitió Vivir (Un Pequeño Recuerdo)

Hace unas semanas le había enseñado una foto antigua a mi mamá. Cada vez que encuentro una foto antigua, siempre tengo la costumbre de enseñársela a mi mamá y preguntarle acerca de la foto; sobre quiénes son los que aparecen en ella, qué celebraban en esa ocasión o simplemente, qué es lo que puede recordar de esa foto. Pero creo que esta vez mi curiosidad fue inoportuna. 
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Foto tomada como recuerdo de la despedida de un familiar.
Posiblemente fue tomada en Barrios Altos.
(Fecha: 15 de enero de 1953)
En esta foto aparecía mi oba y mi oji paterno junto con mi papá, que por aquella época tenía apenas unos 16 años. “¡Qué curioso!” fue lo primero que pensé en voz alta al ver la foto. “Mi oba sale en la foto toda seria, hasta parece molesta. ¡Y justo a su lado sale mi papá! ¡Quién lo diría! mi oba sale casi junto con el chico que sería su futuro yerno dentro de casi 20 años!”. “!Mira mamá!”, le pasé la foto a mi mamá. Ella se estaba colocando sus lentes, mientras yo le decía “si conocías a mi papá desde hace tiempo, por qué no te casaste antes con él y esperaste tantos años? Si lo hubieras…”. Y de pronto, levantó el rostro y me clavó la misma mirada que tenía mi oba en aquella foto, aunque solo duró por unos breves segundos, fue suficiente como para detener mi inoportuno o, quizás hasta inocente, comentario. No dije más y solo atiné a entregar la foto y esperar pacientemente a que me dijera lo que se acordaba. Luego de unos minutos de haber mirado la foto en silencio, solo dijo “esa foto es antigua, ¿de dónde la sacaste?”. No le pregunté más acerca de la foto y regresé a mi escritorio. 


Solo me dijo que era una reunión de despedida a un familiar que también se apellidaba Tsukayama y que por eso aparecía mi oji con mi papá, o mejor dicho, el chico que después de casi 30 años se convertiría en mi papá. 

Desde que era muy pequeña siempre tenía muchas preguntas, pero no aquellas preguntas que casi todos los niños preguntan “¿de dónde vienen los niños?” o “¿por qué los niños juegan con carritos y las niñas, con muñecas?”; sino aquellas que tenían que ver más con mis papás: “¿por qué los papás de mis amigas son más jóvenes?” o “¿por qué te casaste tan tarde con mi papá?” o quizás el “¿por qué mis hermanos tienen álbumes llenos de fotos, incluso con mi papá y mi oba y yo apenas tengo unas cuantas y ninguna con mi oba o mi papá?” (que ya en un post anterior, les había explicado el por qué tengo tan pocas fotos en mi infancia). 

Siempre mi mamá me respondía que era porque mi oba les hizo el omiai a mi papá y a mi mamá y por eso se demoró en casarse. Mi oba era un poco "estricta" en eso de encontrar el esposo ideal a sus hijas y, en este caso, para mi mamá. El futuro yerno tenía que ser japonés (o, por lo menos, hijo de japoneses), tenía que ser muy trabajador y tranquilo (como se dice comúnmente, un chico sin vicios) y si era hijo de algunos de sus amigos o conocidos (de la colonia*), pues, mucho mejor. Aunque en la época en que fue tomada la foto, mis papás aún eran demasiado jóvenes y no había prisa por casarlos. Pero, ya los años pasaban (y pesaban) y ya se sentía esa presión “social” por casar a los “chicos”. Mi oba ya estaba aburrida de escuchar eso de “¿cuándo se casa tu hija?”, además que mi mamá es la menor de todos los hermanos y la única que estaba soltera. 

Quizás fue ese el motivo que animó a mi oba a conocer un poco más a ese chico, que era el hijo de ese nisan a quien siempre veía en las reuniones de la prefectura o de la colonia y conversar con su padre para concertar un omiai “moderno” entre su hijo y su hija (mi mamá), en plena década de los 70 y en el Perú. 

Mi papá trabajaba con mi oji en la tienda que tenían en La Victoria y eso le gustaba a mi oba. "Es muy trabajador y ayuda mucho a su otosan. Eso me gusta". Y así fue como mi oba se fue encariñando poco a poco con ese chico y lo invitaba a la casa para que conociera a mi mamá. Y como si fueran cómplices mi oji y mi oba, poco a poco auyudaron a que creciera el amor entre mis futuros papás hasta que se concretó en matrimonio.


Era como si mi oba hubiera buscado al mejor galán para mi mamá, y creo que tuvo la mejor elección. Hasta recuerdo que mi mamá me dijo que mi papá era "buenmozo y hasta parecía un artista de cine". Bueno, el amor es así de romántico y hasta empalagoso. 

"¡Ah... por eso era que se casaron tarde!”, fue lo que terminé diciendo mentalmente cuando mi mamá se animó a contarme cómo fue que conoció a mi papá, o mejor dicho, cómo fue que mi oba conoció a mi papá y se lo presentó a mi mamá. “Y por qué la diferencia de edad entre mis hermanos es de solo 1 año y conmigo, son como 8 años?” “Ah, eso ya es otra cosa”, es lo que mi mamá me respondió casi sonriéndose, como quien se acuerda de alguna travesura. 

“Pensábamos tener solo a dos niños pero al final, llegaste de “casualidad”. Ni siquiera sabía que estaba embarazada de ti”. Y me lo dijo con un tono de tranquilidad y mirando al vacío, como quien se estuviera acordando de algo mientras esbozaba de cuando en cuando una pequeña sonrisa. No sé como tomarlo. Si debo de sentirme contenta o quizás, incómoda. Pero al final, sé que si bien mi llegada fue inesperada, sé que me quisieron mucho desde que nací, por las anécdotas que mi mamá me contaba desde que era pequeña, lo que significa que se acuerda más de los anécdotas o buenos momentos que de las travesuras que yo hacía.

Mi mamá me contaba que acudió al ginecólogo cuando experimentó los primeros síntomas del embarazo, pensando que ya estaba empezando la menopausia, sin imaginar que yo ya estaba formándome tímidamente dentro de ella. El ginecólogo, que solo sé que se llamaba Sato, confirmó mi existencia y le recomendó que tuviera mucho cuidado, no solo para ella misma, sino también a mí; puesto que ya pasaba los 45 años y había muchos riesgos de salud para ambas. Recuerdo que mi mamá siempre me contaba que todos creían que yo iba a ser un niño, porque mi mamá sentía las tremendas patadas que le daba dentro de su vientre y siempre bromeaba a todos diciendo que yo iba a ser un gran futbolista. 

Por aquellas épocas no se acostumbraba a hacer ecografías, así que la única manera de saber si era niño o niña, era por los latidos del corazón. El ginecólogo que atendía a mi mamá se apellidaba Sato y le dijo, según los latidos de mi corazón, que sonaba tan fuertes como un tambor de guerra, que era niño, pero luego confirmó lo contrario a medida que iba creciendo. 

Mi hermano mayor estaba muy ilusionado con mi llegada, pues creía que iba a tener otro hermanito con quien jugar. Mi mamá me contaba que cuando apenas tenía días de nacida, mi hermano mayor solía mirarme fijamente cómo dormía cuando regresaba del colegio. Me cuenta, entre risas, que ni bien llegaba del colegio, mi hermano dejaba la mochila a un costado y se paraba al lado de mi cuna para mirarme cómo dormía. “Se le veía tan tierno a tu hermano cuando te miraba tan fijamente, como si fueras un fenómeno” era lo que mi mamá siempre me decía cuando se acordaba de esas anécdotas. Hubiera preferido que me cuente que “mi hermano pasaba horas mirándome de lo tierna que me veía durmiendo", antes que decir que me miraba porque parecía “un fenómeno”. En fin, así es mi mamá, contando la historia tal como sucedió y como fue, así que le agradezco su honestidad. 



Pero, ese no es el único recuerdo que tengo desde que era pequeña. Creo que tenía unos cuatro o cinco años cuando tuve un sueño que me impactó mucho, incluso hasta hace un par de años atrás. Había soñado con un hombre ya mayor que estaba cogiendo del tobillo a un niño recién nacido y me lo mostraba. El niño estaba cubierto en sangre y lloraba, pero no recuerdo que hubiera escuchado el llanto, solo sabía que estaba llorando. Cuando desperté se lo conté mi mamá y a mi oba. 

Esa misma noche, mi oba colocó debajo de mi almohada un par de tijeras de metal con las puntas hacia arriba, diciéndome que con esto, ya no iba a tener pesadillas. Y así fue. No sé si era una costumbre japonesa o si alguien le enseñó a mi oba, tal vez la empleada que era de pronvicia; pero mi oba era muy supersticiosa para ese tipo de cosas y ponía en práctica de todo. Hasta creo que mezclaba lo okinawense con lo japonés y lo peruano. Pero al final, resultó. Por simple coincidencia o sugestión, desde esa noche pude dormir tranquila y no tuve más ese sueño perturbador. Pero, hasta hace un par de años, seguí intrigándome el recuerdo de aquél sueño. Muchas veces he escuchado que si uno tiene un sueño y no puede olvidarlo fácilmente, es porque significa algo. 

Hace un par de años atrás, aquel recuerdo onírico no me dejaba tranquila. De cuando en cuando, aparecía en mi mente el recuerdo de aquel sueño (o quizás pesadilla, aunque realmente, esa vez que lo tuve, no recuerdo que haya estado asustada, sino más bien, tranquila pero impactada). Dentro de mí sentía que significaba algo… pero, ¿qué? 

En uno de esos días de siempre, le conté a mi mamá sobre aquel sueño que tuve hace más de 20 años atrás y que no sé por qué, no puedo estar tranquila. Se lo dije de frente, como quien le estuviera comentando acerca del clima mientras tomaba una taza de café. Pero, realmente, necesitaba descubrir qué significaba, ya no podía esperar más. ¿Necesitaba acaso algún psicoterapeuta o hasta quizás a algún vidente o yuta para que me aclare el significado de ese sueño que parecía que se aferraba fuertemente a mi memoria, para que no lo olvidara? ¿Qué significaba? 

Pero, así como le pregunté, ella también me lo respondió. Mi mamá por fin tuvo el valor de contarme lo que realmente significaba. Nuevamente, volteó la mirada y se puso a mirar el vacío, como quien quiere recordar el pasado como si fuera ayer, regresando hasta el día que nací. Repetía casi los mismos recuerdos que ya sabía, pero había un pequeño secreto que escondía, no por pena o vergüenza, sino como ella siempre me dice “porque no era necesario que lo supieras”. Mi mamá me contó que el día que nací, a las pocas horas o al día siguiente, no lo recuerda bien, pidió a la enfermera que la ayudara a ir al baño. En el baño fue que ella escuchó que se cayó algo. “Nunca me olvido” es lo que mi mamá me dijo, “era como un “pom” que cayó al suelo”, mientras colocaba ambas manos en forma de puño y las hizo caer pesadamente sobre sus rodillas, como para que me imagine lo pasó. “Me asusté mucho”, dijo “pensé que era un coágulo de sangre pero la enfermera me dijo que era un aborto”. Ese “pom” al que mi mamá se refería y que yo misma no puedo describir en palabras, era el hermano gemelo que se estaba formando al mismo tiempo que yo, pero quizás por la edad que tenía mi mamá, no se desarrolló completamente. Ese "pom", ese sonido fuerte, instantáneo, era mi hermano gemelo. Era como si ese hermano me hubiese dado la oportunidad de vivir, en lugar de él, pero no quería que lo olvidara y quizás por eso, tuve aquel sueño cuando tenía apenas unos cinco años, justo después que mi papá falleció. 

Desde ese día, todo tenía sentido. Era como si todo ya tuviera un por qué, más que nada, era un por qué de vida. Cuando era pequeña, mi mamá solía llevarme en octubre a la iglesia Las Nazarenas, en donde se encuentra la imagen del Señor de Los Milagros. Antes de ingresar, mi mamá siempre compraba un corazón de plata y lo dejaba como ofrenda mientras se ponía a rezar. Yo nunca rezaba; más bien, me distraía mirando a toda esa gente que entraba a la iglesia y vendía globos o turrones y, de cuando en cuando, miraba a mi mamá y veía que observaba a la imagen con una expresión de gratitud y hasta creo que era de alivio. Regresando a casa, siempre le preguntaba el por qué dejaba ese corazón de plata. 

Pero solo me decía “Es un agradecimiento” y no me decía más. Hasta ahora, que descubrí aquel secreto que escondía. Más que orar por aquel hermano que no pudo nacer, ella agradecía a la vida, la oportunidad que tuve por nacer. 

Para mí, era un secreto que ella guardaba por años; pero para ella, solo era un "incidente" que no valía la pena contárselo a la familia. Y así fue, nunca se lo contó a mi papá. Hasta creo que tampoco se lo contó a mis tías o tíos. Ese "secreto" solo lo sabía mi oba. Pero como no estaba formado, no le dieron mucha importancia. Tampoco le hicieron alguna misa o rezaron por él. 

Pero lo que todos sí sabían, era que mi nacimiento no era muy fácil. “Por eso te pusimos Milagros. Y Jacqueline, bueno, tu papá siempre quiso ponerte ese nombre”. Eso es lo último que me dijo mi mamá, como poniéndole fin a un cuento que sería el inicio de mi historia. Este secreto fue olvidándose con el tiempo. Quizas no era necesario. Nunca le dieron importancia a aquél “pom”, como mi mamá siempre lo describe. Pero yo siempre digo que era mi hermano.Y aunque tampoco suelo rezar por el alma de aquel hermano, siempre guardo dentro de mi corazón el recuerdo de aquel hermano gemelo que me permitió vivir.

4 comentarios:

  1. Hola Jacqueline! Que loco lo del sueño, además que a pesar de los años lo hayas recordado...
    Yo también le agradezco a tu hermano porque gracias a vos aprendí un montón de cosas sobre Okinawa.
    Te mando un abrazo!

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    1. Hola Luca! a veces los sueños no solo son sueños (como se dice, es parte del sexto sentido)... Gracias por tus palabras!

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  2. Este es el relato que más me ha gustado, es tu historia y que fue guardada en secreto durante mucho tiempo, no me imagino como pudo tu mamá hacerlo durante tantos años, pero me imagino que el momento que lo hizo fue el adecuado y el peso que se quitaba de encima, demuestra que nuestros espíritus están conectados y que tu papá y hermano se deben sentir muy orgullosos de ti y que el sacrificio que pudo hacer tu hermano se ha visto recompensado con todas tus acciones, como hija, persona y profesional.

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    1. Hola Roberto, muchas gracias por tus palabras. Mi mamá creo que me reveló su "secreto" de la forma más natural que puede haber, porque ella me dice que no se podía distinguir lo que ella había expulsado, luego que dió a luz (la enfermera fue la que confirmó que era otro feto). (por eso, como que no le causó mucha pena, pero sí será algo que, como ella me decía, no valía la pena que lo sepa). Eso sí, cuando dicen que los parientes fallecidos nos cuidan, no es un simple cliché, sino que es verdad y, a veces, quieren hacérnoslo saber (a veces, a través de los sueños).

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