domingo, 8 de septiembre de 2013

Recordando a La Tienda de mi Oba

A mi mamá no le gusta ir al doctor, ni mucho menos a mí. Pero la edad ya se hace sentir y frecuentemente tengo que llevarla para que se haga sus chequeos médicos. 
El mes pasado la había llevado a su terapia de láser por una contractura muscular que la aquejaba por bastante tiempo. La doctora era también nikkei y mientras le aplicaba el láser a mi mamá, le preguntaba sobre su vida, como para hacer menos aburrida la sesión. 
Le preguntó que si vivía cerca y, coincidentemente, ella vivía a pocas calles de la casa. “Hace poco nos mudamos, ya que antes vivíamos en el Centro de Lima” fue lo que agregó mi mamá. Y casi instantáneamente, la doctora lanzó un sorpresivo “¡Ah!...¡En la Lima la horrible!”, que parecía una mezcla de horror con alivio. 
Ella también había vivido en el Centro de Lima, y también se mudó porque la zona no era muy tranquila. 

Me causó gracia cuando mi mamá me comentó que la doctora le dijo "la Lima la horrible". Realmente no me gusta el Centro de Lima, porque me parece todo caótico, desordenado, algunas veces peligroso y hasta insalubre (para mis pulmones y mi salud mental, refiriéndome sin lugar a dudas a la mítica Abancay). 

Y no solamente fue esa doctora, sino también otro doctor, también nikkei, que por azares del destino, también vive a pocas calles de la casa. Y claro, no desaprovechó en recordar algo de esa Lima de antaño con mi mamá, de donde también vivía cuando era pequeño. Parecía que los médicos habían encontrado en mi mamá el desfogue perfecto para aplacar esa cierta nostalgia que sentían por el antiguo barrio, el barrio de la infancia. 
Aunque creo que es normal, porque yo también lo hago. 

A veces me he encontrado con viejos conocidos que ya no viven por Lima (quizás la horrible, o quizás la Lima nostálgica) y nos preguntamos mutuamente si sabemos la vida de tales o cuales; cuando en aquellos tiempos, ni siquiera nos importaba en qué andaban. 
Pero así de paradójica es la vida. Cuando uno tiene algo, lo detesta, pero cuando no, lo extraña. 

Ahora que vivimos en un lugar más tranquilo, recuerdo con algo de nostalgia el centro de Lima, porque fue en donde pasé mi infancia y parte de mi juventud y sobretodo, porque era el barrio donde mi oba vivió y trabajó. 
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Mi oba junto con algunos tíos (hermanos mayores de mi mamá). Mi mamá no recuerda mucho sobre esta foto, pero me cuenta que parece que era la antigua panaderia en donde mi oba anteriormente trabajaba. (Año: aproximadamente antes de 1935)
Mi oba tenía un cafetín en la cuadra 8 de Moquegua. Era el único cafetín de la cuadra, una calle que comúnmente era conocida como Malambito. En el cafetín se vendía sándwiches, jugos y gaseosas, pero ya con el tiempo, también vendía menúes y platos a la carta. 
Incluso también vendían licor, que por aquellas épocas se vendían por copitas por unos pocos centavos, como la cascarilla o el anisado, los preferidos por los clientes para contrarrestar las frías mañanas de invierno. 

Aunque mi oba era okinawense, no sé cómo aprendió o quién le enseñó a mi tía a preparar
Leche Vinagre (Imagen tomada de Viajeros)
comida criolla. Recuerdo que preparaban muchas comidas limeñas de antaño, como el clásico huesillo, ensalada de patita o la leche vinagre. Pero lo que más me gustaba era la leche asada que mi tía preparaba, las cremoladas de Maracuyá y el lomo saltado que servía con sus dos panes tolete (porque así la gente lo pedía, que sea “muy contundente”) y que por más que lo intento en casa, no me sale igual. 
Mi mamá dice que es por la cocina, ya que era industrial y se podía fogonear la carne del lomo más fácilmente. 

Recuerdo que por aquella época no había tanta variedad de marcas, por lo que los tés más conocidos eran el Sabú (uno que venía en cajitas) y el Huyro. Y si pedían café con leche, servían una buena taza de leche Vigor (la que aún se vende en bolsas) con su toque de café recién pasado. Todo natural, todo tradicional; nada instantáneo.

Vista del mostrador de la tienda, donde se puede ver que vendía casi de todo: dulces, fruta, gaseosas. Aquí aparecen mis hermanos mayores. (Año 1975)
No podían faltar los chancays solo o con mantequilla, para acompañar a la hora del lonche, junto con los chifones y queques que preparaba una señora nikkei, quien los hacía a pedido y vivía a unas cuadras del cafetín. Y los sata andagi de siempre (sin la clásica miel que ponen los ambulantes en el centro de Lima), que eran vendidos como pan caliente y que la gente pedía como “Bombitas”. 
En sí, la tienda estaba bien surtida, se podían ver los estantes llenos con gaseosas de todo tipo y que ya no vemos, como la Pasteurina, Watts en botella (en esa época no existía el tetrapack) o la colorida Lulú o la Viva Backus, junto con botellas oscuras llenas de algarrobina para hacer los surtidos y jugos especiales. 
Incluso vendían cartones de cigarrillos y algunos sueltos, como el Premiere, Winston o Salem, sin olvidar los casi desaparecidos Inca, que eran comprados mayormente por algún que otro chamán de la cuadra y que los usaba para leer la suerte. 

Este cafetín abría casi todos los días y de "cariño", la llamábamos "la tienda". Recuerdo que desde pequeña siempre me llevaban para que no me quedara sola en la casa cuando no había nadie. Realmente, no podía aburrirme en ella, porque llevaba algunos juguetes conmigo y porque en la tienda, siempre había algo con qué jugar. 

Mi oba y mi mamá me enseñaron a hacer tsurus con los papeles platina de las cajas de cigarrillos o los sobres de las infusiones que vendían y les pasaban un hilo entre cada uno, formando como si fuera una cadeneta de tsurus. Se veían muy bien, algunos de colores y otros brillantes y parecían que estuvieran volando en el aire, así que las colgaba por las macetas de la tienda. 
O sino, me compraban muñecas de papel y con ellas me las pasaba jugando, haciéndoles más ropa con los papeles que encontraba en la tienda: los sobres de té, de cigarrillos o las servilletas de papel kraft. O también, jugaba con los gatos que vivían en la tienda.

Mi oba permitía que tengamos gatos en la tienda porque quería que espantaran a los ratones. Aquellos ratones pequeñitos, porque aquellos de mayor calibre, simplemente hacían de las suyas en la tienda: me refiero a los ladrones o rateros de la zona. 

Queso Laive (Imagen tomada de Laive)
Recuerdo que nunca podíamos dejar el mostrador desatendido, siempre tenía que haber alguna persona. Pero en varias ocasiones, habían algunos rateros que aprovechaban cualquier descuido nuestro y entraban al mostrador. En lugar de robar el dinero, cogían el molde de queso Laive y se lo llevaban corriendo, como si fuera un preciado botín. 
¿Qué le habrán visto al queso Laive? No sé si era porque estábamos en la época de Alan en donde todo escaseaba, incluyendo los alimentos y el queso era (o se veía) más valioso que los billetes de millones de intis que habían en la caja registradora y que en realidad, no valían casi nada. 

Hasta ahora me quedo con la intriga. Mi mamá me cuenta, aún con cierto asombro, que llegaron a entrar a la tienda por el techo cuando estaba cerrado y nadie estaba en la trastienda. Se llevaron el dinero de la caja y barrieron con toda la comida que había. Mi mamá aún recuerda, como si hubiera sido ayer, que “se dieron tremendo festín que, incluso, usaron el baño y no bajaron la palanca”. Una anécdota que, si bien a mi mamá y a mi nos causa cierta gracia, seguro que a mi oba no le pareció nada gracioso. 

Mi oba solo pensaba en trabajar, en buscar el máximo rendimiento y economía, por lo que compraba todo al por mayor: sacos de arroz, latas de aceite, cajas de naranjas; incluso, bolsas de pulitón. Cuando estaba muy pequeña, no existían los detergentes para vajilla, o seguro que eran muy caros en esa época, y siempre compraban pulitón para lavar las ollas. 

El pulitón era un polvo blanquecino (algunas veces de color rosado) y que era el único que podía realmente arrasar con la grasa (aparte del detergente para ropa). Pero no todo era maravilla, sino que cada cierto tiempo, tenían que llamar al gasfitero para desatorar los caños. El pulitón más la grasa no era una buena combinación, sobretodo para las tuberías de antaño. 

Recuerdo que por aquellas épocas no había el delivery, o quizás no haya sido muy conocido. Así que todo tenía que ser comprado a pie. Siempre le acompañaba a mi tío a comprar los balones de gas en un carrito que el mismo diseñó. Algunas veces escaseaba y teníamos que llamar por teléfono preguntando si ya tenían gas, para ir literalmente corriendo con el carrito hasta "Don Pepe" (así se llamaba la distribuidora de gas) y formar largas colas para que nos venda un balón, al igual que muchos otros vecinos. 

Pero, la tienda de mi oba no era la única tienda de japoneses de Malambito. Antes que yo naciera, habían otras tiendas de japoneses en la misma cuadra 8, como la encomendería de Yamakawa (a quien mi oba le llamaba Yamaga) o la peluquería de un tal Higa. Pero ya con el paso del tiempo, la única tienda de japoneses que sobrevivió en la calle Malambito fue la de mi oba. 
Poco a poco, allá por los años de 1980, empezó la inmigración de sierra a costa, trayendo en masa a muchos comerciantes de ascendencia serrana. Abrieron sus tiendas de instrumentos musicales alrededor de la tienda y fueron remplazando a los otroras negocios de japoneses de la cuadra 8. 

Pero cuadras más arriba, todavía quedaban tiendas también de japoneses, como fondas, ferreterías o panaderías. No solía ir por aquellas calles, salvo cuando iba al mercado La Aurora o Modelo o cuando iba al Monterrey de Cañete a comprarme ropa. 

Todo me parecía peligroso, pero aún así, me sentía como en casa. Nunca tuve amigos de la zona, salvo en el colegio y luego, en la universidad. Y aunque habían varios chicos de mi edad que también eran nikkei, nunca nos hablamos, será por la timidez propia de la edad, o porque simplemente no nos interesaba quedar como amigos. Parecía que cada uno estuviera bien protegido dentro de su casa, porque no los veía en la calle, contrastando con la presencia de chicos palomillas, vendedores ambulantes y algún que otro ladrón al paso (ladrones de queso y también de billeteras). 

Ya a medida que fuimos creciendo, casi todos aquellos chicos nikkei cuyos padres también tenían sus negocios por aquél barrio, así como yo, decidimos no continuar con el negocio familiar; y más bien, decidimos abrirnos un nuevo camino. Algunos decidieron vivir en el extranjero, otros decidimos quedarnos en Perú y estudiar alguna carrera en la universidad y otros, bueno, no sé que habrá sido de los otros que también los conocía de vista. 

Realmente el tiempo pasa volando. Los tiempos cambian y la mentalidad también, pero solo la nostalgia es lo único que podemos conservar de esos años. Si bien aquellas épocas de infancia no fueron tan maravillosas como hubiera querido que sean, fueron significativas para mí, porque fue la época en que pude aprender que con esfuerzo y trabajo, todo se puede. Esa fue la verdadera herencia que me dejó la tienda de mi oba.


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