viernes, 5 de abril de 2019

Las Galletas Chaplin, ¿por qué decimos que tienen origen japonés? (fuentes escritas y orales)

Una de las versiones locales
Fuente: Picsweb
Duras, chiclosas cuando están frías, baratas y te quitan el hambre. Así son las galletas Chaplin. 

Pero por intereses comerciales, las recordamos más como producto peruano que japonés. Solo quedan la historia y los valiosos testimonios de sus descendientes y admiradores para confirmar que sí tienen origen japonés.

El primer indicio para afirmar que las galletas Chaplin tienen origen japonés son los senbei. 

Kawara senbei
Fuente: Taiko-en
El kawara senbei, que literalmente significa “galleta de arroz en forma de teja”, es un tipo de senbei que tiene como ingredientes: harina, azúcar, huevos y agua, como las galletas Chaplin. 
Su forma artesanal de preparación y su apariencia son muy similares a los kawara senbei de Japón. 




Video: Horneado artesanal de senbei


Sobre el origen de los kawara senbei, podemos mencionar 2 teorías. 
En una, se cuenta que una mujer usó dos kawara (tejas) para hornear masa de senbei (cuando los moldes de hierro aún no existían) y otra teoría habla de los antiguos templos, en donde se acostumbraba ofrecer senbei con forma de teja, con el fin de pedir donaciones para el techado del templo. 

Tsujiura senbei
Fuente: Pinterest
Pueden resultar cuestionables estos orígenes. Pero, los recuerdos que persisten sobre las Chaplin apuntarían a su origen indiscutiblemente japonés, no solo en Perú o en Japón. 
En los Estados Unidos, una similar historia ocurrió con otro tipo de senbei durante la preguerra: los tsujiura senbei. Estos senbei fueron popularizados por los japoneses en los Estados Unidos, pero fueron los chinos quienes aprovecharon en comercializarlos en sus restaurantes con el nombre de “galletas de la fortuna”, al ver que los japoneses dejaron de producirlas por la guerra. 
(¿Notan la similitud con la "guerra comercial" que hubo entre una fábrica peruana y la fábrica de origen japonés en el Perú? Mmmm).


Moldes de hierro
Fuente: Gary Ono via Smithsonian

Molde de hierro con logo
Fuente: Gary Ono via Smithsonian

Molde de hierro con iniciales
Fuente: Gary Ono via Smithsonian

En Japón, casi era una “marca registrada”. 
Charles Chaplin, el reconocido actor cómico a nivel mundial confesó: “Japón […] siempre ha estimulado mi imaginación. La tierra de las flores de cerezo, el crisantemo y su gente en kimonos de seda que vive entre porcelanas y mobiliario lacado […]”. 

Chaplin era un apasionado de Japón. En 1932, Chaplin viajó a Japón, en donde  también era un personaje muy popular. Incluso, había “Chaplines” japoneses (imitadores). Tanto niños como adultos quedaban encantados con sus comedias, que eran proyectados en los cinemas. Se cuenta que, prácticamente, los niños eran quienes vivían en los cinemas, consumiendo limonadas, caramelos, senbei y pan que ahí vendían (según declarara el sociólogo Yasunosuke Gonda en 1917). 
“Y si incluimos su imagen en estas galletas tan populares como son los senbei?”, a más de un comerciante se le habrá ocurrido (en Japón y también, en Perú).

Las primeras fábricas en Perú 
Año exacto, nadie recuerda. 
Pero hay una nota policial publicada en 1935 en el diario La Prensa, que relata la intervención a la fábrica de “galletas de estilo japonés” de Chosin Gaeku en el Callao, porque funcionaba en aparente clandestinidad. 

Según la nota, la policía incautó “una infinidad de bolsas, timbradas con signos japoneses y al centro [la inscripción] Ch. Gaeku”. También menciona a su socio Nakafodo Tacuzen, quien detalló que distribuían las galletas a “las pulperías y chinganas de Callao y Lima” de sus connacionales en latas, cada una a 3 soles.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, había japoneses que fabricaban galletas Chaplin en el Perú, de forma artesanal y en panaderías que tenían máquinas a carbón. Pero cuando estalló la guerra, dejaron de funcionar muchas de estas fábricas. Por aquella época, ya eran conocidos Nagatome, Gibu, Keitaro Asay, Kumataro “el Colorao” Hacegawa de Chiclayo y Sakuzo Takahashi (papá del reconocido compositor Luis Abelardo Takahashi) como fabricantes de galletas Chaplin. Pero Takeo Miyasato del Callao es recordado hasta ahora como si fuera el pionero. 

Quienes ahora nos contarán la historia vía Jiritsu, aquella que no encontramos fácilmente en los libros o el internet, serán sus hijos y nietos, los amigos del barrio y, en general, admiradores de las galletas Chaplin. 

“A ver, te cuento cómo era la fábrica” (testimonios) 
Fuente: GUIMA, Angélica y ZAKIMI, Mario. 
Guía Visual, Industrial, Comercial y Profesional de la Colonia Japonesa. Lima. 1980.
Cuando terminó la guerra, Takeo Miyasato abrió en el Callao su fábrica. 
“En el año 45, mi padre compró a la familia Nagatome sus máquinas a carbón y las llevó al Jr. Washington” (Hideo Miyasato). 

Norma y Hugo Uchima Senaga son hermanos e hijos de Yasuhiro Uchima, quien fabricara los recordados somen “Uchima”. Eran vecinos de la fábrica de Miyasato, que “estaba a unas 5 ó 6 puertas más abajo de la casa”. 

Hugo recuerda que había un gran círculo de cemento en la fábrica. 

“Era la máquina a carbón y usaba moldes de metal con tapa. De los 4 huecos que tenía, salía la candela y encima, se colocaban los moldes. Echaban un poquito de masa en cada molde, lo cerraban y dejaban que dore por ambos lados; como si fuera una waflera”.



Su descripción coincide con la forma artesanal de preparar los kawara senbei en Japón (como vimos en el vídeo anterior).

Hugo Ikehara Yamada también recuerda la fábrica, en donde compraba las Chaplin ni bien salía de gakko. 

“En mancha, íbamos a comprar a la fábrica porque éramos conocido, ya que hijos estudiaban con nosotros en Minato Gakuen”.


Alberto Teodoro Aquino estudió en el colegio “Dos de Mayo” en los años 60 y recuerda:

“Por una miseria de dinero, la fábrica nos vendían el sobrante partido de galletas, frescas y calientes”.



Y hasta frías, también eran pedidas las Chaplin. 

Norma Uchima recuerda: 

“Como eran las sobras, a nosotros nos regalaban las Chaplin porque ya estaban blandas”.

Con las sobras, Norma y sus hermanitos solía venderlas a los vecinos del barrio, sentaditos en la calle. 

Hansey Yamashiro recuerda “al ojisan Chaplin y su inconfundible sellito”. 

Al igual que Juan Kazuo Fujimoto, quien también recuerda el “bigotito”,  y quien además añade: 

“Según mi mamá, quien aparecía en las galletas no era Chaplin, sino el rostro del japonés que las fabricaba en el Callao y que tenía ese mismo bigotito”.

Pero es Hideo Miyasato, el hijo del propio Takeo Miyasato, quien termina por aclarar la confusión: 

“El del sellito sí era Chaplin. Era coincidencia que tanto mi padre como yo usáramos también bigote por esos años”.

En los años 50, Takeo viaja a Osaka y adquiere maquinaria eléctrica, pasando de la fabricación artesanal a la industrial de las Chaplin. Luego, pasa el mando a su hijo Hideo. Se mudaron, de la calle Washington al jirón California, dentro del mismo Callao.

Además de los Miyasato, también operó la fábrica de los Inamine, también en el Callao. 

“Mi padre Seizen y mi abuelo Seiko Inamine tenían una pequeña fábrica que hacía galletas Chaplin y otras golosinas artesanales. Según me contó mi padre, las planchitas de las galletas con la cara de Chaplin venían desde Japón”.

Este es el recuerdo de Juan Haruo Inamine, fundador del recordado Centro Nikkei de Estudios Superiores (CNES). 

Pero cuando Lima fue sacudida por el terremoto de 1940, los Inamine perdieron la fábrica. Una década después, su padre abre una tienda mayorista de abarrotes en La Victoria. Con su camioneta, 

“Seizen vendía y repartía las galletas Chaplin a las bodegas de los japoneses".

Mary Higa de Chinen también recuerda a las bodegas que vendían Chaplines al peso. Mary ayudaba en la bodega que sus padres tenían en el Rímac. 

“Según mi mamá, las galletas venían al principio en envase de lata. Luego, vino el exhibidor de vidrio con tapa de plástico”.

Para los años 90, la fábrica Miyasato dejó de funcionar por la crisis económica. 
A pesar de no ser los verdaderos pioneros (no se sabe exactamente quién fue el que comenzó su fabricación en el Perú), los Miyasato son recordados como si lo hubieran sido. 

Hideo recuerda cómo fueron esos años: 

“Como dejó de ser artesanal, las galletas Chaplin ya no solo se vendían dentro de la colectividad japonesa, sino que llegaron también a las bodegas, supermercados como Galax y Monterrey y también provincias”.

Con el tiempo, aparecieron otras marcas locales, pero la que caló hondo en nuestra memoria ha sido las Chaplin de los Miyasato. 
Sin duda alguna, las galletas Chaplin deberían ser recordadas por todos como un emprendimiento que nació en nuestra colectividad. 


FUENTES: 
MATSUDA, Samuel (2014) “Andando 75 años por los caminos del Perú”.
FUKUMOTO, Mary (1997) “Hacia un nuevo sol”.
ROCCA TORRES, Luis (1997) “Japoneses Bajo el Sol de Lambayeque”. 
LUSAS, Edmund y ROONEY, Lloyd (2001) “Snack Foods Processing”.
YEH, Cedric S. y SANEFUJI, Noriko (2010) “Origins of a fortune cookie” para National Museum of American History. 
HAROOTUNIAN, Harry. (2011) “Overcome by Modernity: History, Culture, and Community in Interwar Japan”.
Diario La Prensa. Lima. Jueves, 4 de julio de 1935.
Diario Peru Shimpo. Lima. Jueves, 18 de octubre de 2012. 
Blog Jiritsu. 

AGRADECIMIENTOS: 
Andrés Hideo Miyasato 
Juan Haruo Inamine
Norma y Hugo Uchima Senaga
Hugo Ikehara Yamada
Hansey Yamashiro
Juan Kazuo Fujimoto
Mary Higa de Chinen
Alberto Teodoro Aquino

miércoles, 6 de marzo de 2019

En la época de guerra: camotes en Okinawa y en el Perú, tortilla con cebollita china


En la época de guerra (la segunda guerra mundial), los camotes eran uno de los alimentos básicos de los okinawenses. Y en el Perú, la tortilla con negi (cebollita china) era uno de los platillos recurrentes en las mesas de las familias nikkei.

Fue una época difícil y más aún, si la familia era numerosa y con muchos hijos. 
Pero como el ingenio de las mamás nunca falla, seguramente en una cocina nikkei nació este platillo tan simple pero nutritivo.

Mi mamá solía prepararme tortilla con negi para desayunar y para llevar al colegio. 
La época de guerra ya había terminado hace décadas, pero la época en donde yo nací fue casi tan difícil como la de mi mamá en la guerra. Eran mediados de los años 80. 

Tortilla con negi y leche de soya casera eran algunos de los "sustitutos" de la leche que mi mamá preparaba en casa por aquellos años. Se levantaba muy temprano, para que le alcanzara el tiempo para preparar todo. "Come todo, tiene bastante calcio", siempre decía.

Yo no me quejaba. Realmente, mi mamá sabía cómo prepararlos. Todo estaba muy rico, sobretodo la tortilla con negi.

"Cuando estaba chiquita, mi mamá preparaba tortilla con negi. Con un solo huevo y bastante negi, ya el gohan estaba listo." Eran los años 40, en plena época de guerra. 
Mi mamá recordaba muy poco (o quizás no quería recordar). Recuerdo que siempre me decía: "Come todo, tiene bastante calcio".

Y hoy que fui al supermercado, se me antojó comer pejerrey frito. No encontré, pero encontré algo mejor. Compré cebollita china y la preparé en tortilla, tal y como lo hacía mi mamá. 

En estas épocas de fast-food y comida gourmet, la comida casera y sobretodo, la que nuestras mamás preparaban con cariño y harto ingenio en épocas difíciles, son las que tienen más sabor. Sabor a nostalgia y hogar.
Como la tortilla con negi, que fue uno de los platillos infaltables en muchas mesas nikkei en la época de guerra en el Perú.

La imagen que comparto es la tortilla con negi que preparé. La acompañé con una ensalada de espinacas, queso fresco y jamonada.

(Post originalmente publicado en el Facebook de Jiritsu el 21 de noviembre de 2016).

sábado, 2 de marzo de 2019

No habrán sido los pioneros, pero sí los mejores (los antiguos emolienteros y raspadilleros japoneses en el Perú)

(Recordando a los emolienteros y raspadilleros japoneses, aquellos "ambulantes" de la Lima de antaño).

Cuando llegaron los primeros inmigrantes al Perú, muchos de ellos no culminaron su contrato de trabajo en las haciendas y se fugaron. 
Otros, en cambio, terminaron su contrato de trabajo y con dinero en mano, decidieron abrir sus propios negocios en Lima.

Realmente, la vida era difícil. En un país con costumbres e idioma desconocido, ¿de qué iban a vivir? 
Pero como dice el dicho “cuando el hambre aprieta…”, no hay nada mejor que el ingenio y las ganas de trabajar.

Algunos inmigrantes japoneses tuvieron que trabajar duro y comenzar desde abajo, incluso, como vendedores ambulantes (conocidos comúnmente como "ambulantes").
Algunos afirman que los primeros vendedores de raspadillas y melcocha en Lima fueron japoneses.[1][2]
Antes de la imagen del raspadillero japonés, estaba el heladero local, según Pedro Benvenuttto Murrieta en su libro “Quince plazuelas, una alameda y un callejón” (1932):
“[…] El antiguo tipo del heladero –cholo coronguino, hirsuto borrado y bastante irascible que con su cubo de madera y su paleta o espátula de lata vendía helados de lúcuma, de piña y de leche, aturdiendo al vecindario con sus gritos- ha sido substituido por un japonés amable y siempre sonriente que vende helados de raspadilla. 
Para hacerlos emplea una máquina especie de cepillo o «torito» que en vez de cepillar madera y obtener virutas, cepilla un trozo de hielo sacando raspas de él, las cuales prensadas en un vaso y teñidas por un jarabe más o menos coloreado y auténtico constituyen la raspadilla.[…]”[3]

Parece que los clientes preferían al raspadillero japonés por su forma de atenderlos, (además de ser considerados como los pioneros en la venta de raspadillas en Lima).
Como así lo menciona Manuel Beingolea (narrador peruano, 1881-1953): «la raspadilla japonesa que muy lindas bocas succionan», en un recuerdo que data incluso de 1910.
Pero por más que eran los "favoritos" en el rubro, los ambulantes japoneses no se dormían en sus laureles.
Si bien la venta de raspadilla era un negocio redondo en la época de calor, no sucedería lo mismo en el invierno. 
Tenían que adaptarse al gusto del cliente y también, a las estaciones.

Un emoliente caliente en pleno invierno no es nada despreciable, y menos, en esas épocas. 
Si bien los japoneses no fueron los pioneros en vender emoliente en carretillas, sí fueron los mejores, según así lo recuerdan algunos, como Andrés Herrera Cornejo (en “ Estampas costumbristas de Lima de 1934 a 1937”):

“[…]No fueron los japoneses quienes comenzaron con la venta de emoliente, sino los provincianos radicados en la capital, allá por el año 1900, quienes en busca de un trabajo digno e independiente, sacaron a la venta este preparado de hierbas. 
Así apareció un buen día en una de las principales calles de la ciudad, y a altas horas de la noche, el emolientero con su mandil blanco, acompañado de su carretilla con botellas de diversos colores. 
En el frío de la noche, y con los restaurantes y cafés cerrados, aparecieron salvadores los vasos de emoliente para calentar el cuerpo. […] Algunos japoneses, contagiados del furor causado por esta novedad, deciden dedicarse a esta actividad, mejorando el sabor del líquido, siendo por ello preferidos por los clientes. Su presencia en las calles fue corta, sólo se recuerda haberlos visto un par de décadas, generalmente a la salida de los cines del barrio, como en el antiguo Teatro Lima[…]”.[4]

¿Ya vieron? Como les dije anteriormente, “no hay nada mejor que el ingenio y las ganas de trabajar” para salir adelante.
FUENTE: Nippi Shimpo (Lima, 1924)
Muchos coinciden en que los comerciantes japoneses fueron exitosos en su mayoría y muchos negocios aún son recordados como parte de la historia de la Lima de antaño, especialmente los de comida.
Y parece que los comerciantes japoneses “informales” (léase “ambulantes”) no fueron ajenos a esta suerte. 
Aunque hayan pasado los años, aún sobrevive en la memoria (y en los libros) la imagen de los raspadilleros, melcocheros y emolienteros japoneses (sin dejar de mencionar a los maniceros, vendedores de choncholí, anticuchos, etc.)

La imagen que comparto corresponde a uno de los negocios de los hermanos Sewo, oriundos de Hiroshima Ken. Tenían 3 negocios, uno en La Victoria (Av. De Santa Teresa) y los otros dos, en el Centro de Lima (Calle de Nazarenas, Baratillo y Virú).
En ella podemos observar un letrero "Higiénica Refrescos" (lado izquierdo).

Me da la impresión que es un toldo de lo que podría ser un carrito ambulante o módulo de venta de aquellas épocas, como aquellos en los que se habrían vendido las raspadillas, emolientes, melcochas, entre otros.
"[...]Recuerdo que durante el verano, las mismas carretillas eran usadas para la venta de refrescos de piña y raspadillas con miel de frutas, cargando los inmensos bloques de hielo.[...]"[4]


FUENTES:

[1] MOROMISATO, Doris. Okinawa: un siglo en el Perú. Lima: Ediciones OKP, 2006. Pág. 104. 
[2] THORNDIKE, Guillermo. Los imperios del sol: una historia de los japoneses en el Perú. Lima: Brasa. 1996. Pág. 20.


[3] BENVENUTTO MURRIETA, Pedro Manuel. Quince plazuelas, una alameda y un callejón. Imp. y lit. T. Scheuch, 1932. Pág. 265.


[4] HERRERA CORNEJO, H. Andrés. Estampas costumbristas de Lima de 1934 a 1937. I nstituto Fotográfico Eugenio Courret, 2003. Pág. 


IMAGEN TOMADA DE:
Álbum Gráfico e informativo de Perú y Bolivia. Lima: Nippi Shimpo. 1924. Pág. 233.

(Post originalmente publicado en el Facebook de Jiritsu el 15 de setiembre de 2015)

"Présteme su baño" (recordando a los antiguos baños públicos de Lima)

FUENTE: Nippi Shimpo (Lima, 1924).

¿Quién no ha escuchado (o dicho) alguna vez "présteme su baño"? Más que nada usamos los baños públicos para retocarnos el maquillaje, lavarnos las manos y, naturalmente, para “eliminar aquello que ya nuestro cuerpo no necesita" (por decirlo más eufemísticamente). 


Pero, hasta hace unos 60 años, por ejemplo, era común ver en Lima baños públicos, aquellos que brindaban baños tibios (o fríos) para que la gente pueda asearse o darse un baño. 

La razón por la que existieron los baños públicos era porque “[…]Lima, a fines del siglo XIX, era una ciudad sin agua potable, ni sistemas de alcantarillado, con canales y acequias coloniales. A fines del siglo XIX, existían en Lima algunos establecimientos de baños públicos[…]”[1], como los baños de Piedra Liza o los baños de Otero, ambos en el Rímac o las riberas del río Rímac (cerca del puente Balta) o la acequia del Martinete de lo que ahora es el jirón Huánuco. 

Con el paso del tiempo y la modernidad, aumentó la población en Lima que vivía entre animales domésticos (aves de corral, caballos, perros, etc.) y precarios sistemas de desagüe[2]. 

Con este panorama ya nos imaginaremos la facilidad con que la Lima antigua ha sido presa fácil de todo tipo de epidemias, causadas, más que nada, por las pésimas condiciones sanitarias en Lima. 

Un claro ejemplo de la precariedad en los servicios higiénicos en la Lima de finales del siglo XIX, la podemos ver en un aviso publicado en el diario El Comercio de 1861, en donde “[…]una empresa privada anunciaba su original servicio de "aparatos abrónicos (...) destinados a recibir las materias fecales", los cuales eran recogidos por su personal dos veces por semana".[…][3]

Pero a partir de 1868, este panorama empieza a cambiar.
Se efectúan mejoras en el sistema de desagües públicos y a partir de la década de 1890, las epidemias en Lima ya no eran tan frecuentes.[2] 
Bueno, eso era lo primordial para una ciudad que ya estaba modernizándose, pero faltaba algo más: la gente tenía que cambiar también sus costumbres, sobretodo aquellas relacionadas con la higiene y el aseo. 

Al parecer, los baños no eran muy frecuentes, como se puede deducir implícitamente de lo que decía a mediados del siglo XIX, Manuel Anastasio Fuentes (autor del libro “Lima: Apuntes Históricos, Descriptivos, Estadísticos y de Costumbres”de 1867), quien recomendaba: “[…]para las personas adultas, hombres y mujeres, hacer uso de “los baños lo más continuamente que sea posible; como término conveniente debe usarse un baño cada quince días, y cada ocho en las estaciones medias. En estas dos estaciones, son preferibles los baños tomados en el propio dormitorio (…) En el estío no tiene inconveniente alguno el bañarse dos o tres veces por semana, en agua fría (pero) que la inmersión no pase de quince minutos” (Fuentes, 1859).[…]” [3, pág.85]. 

Pero, ¿realmente la gente no se bañaba con frecuencia? Bueno, lo que sí podemos afirmar es que por aquella época, pocas casas eran las privilegiadas con tener un ambiente adecuado para el aseo. Habían muchas razones para ello: Lima contaba con agua potable recién a partir de 1856 y un año después, se comenzó a instalar cañerías en las casas. Y hasta 1872, pocas familias podían darse el lujo de importar tinas de mármol. Antiguamente, las tinas eran hechas en madera y eran llenadas con el agua de las acequias, lo que era un método poco higiénico [3].

Ante esta situación, una opción era recurrir a los baños públicos. Ya para 1850, por ejemplo, había en Lima 5 baños calientes y 15 baños pequeños y para pobres.[3]
Pero su existencia data de mucho tiempo atrás. Se dice que desde la época colonial han existido los baños públicos, los mismos que atendían en diferentes turnos a los hombres y a las mujeres, por cuestiones de moralidad (los hombres iban por las mañanas y las mujeres, por las tardes). También, se dice que se reservaban los mejores recintos para los blancos y otro, solo para los negros.[3]
Sobre la forma de bañarse, “[…]según Witt, los hombres solían hacerlo desnudos, aunque en la fecha en que escribían (1843), al parecer este hábito empezaba a abandonarse y la mayoría de bañistas usaban pantalones cortos.[…]” [3]

Pero en general, los baños eran utilizados por toda clase de gente, independientemente de su condición social, como así lo grafica un aviso publicado en el Mercurio Peruano de 1829, “[…]en donde se ofrecían suscripciones por toda la temporada, pudiendo las personas ir acompañados, pues "los niños y criados (van) de gratis (10 de septiembre de 1829) [...]". Y en un aviso de El Comercio del 6 de agosto de 1845, una elegante posada destinada principalmente a los extranjeros (el aviso está escrito en español, inglés y francés), ofrecía baños tibios y de vapor, tiro de pistola, billas, y un servicio de cafetería que incluía licores. […]” [3]

Y ¿cómo lucía un baño público de la Lima de aquellas épocas? Hay una descripción que nos da Fuentes sobre el baño de Puquio o de la Piedra Lisa y con la cual nos podemos imaginar: “En Lima hay varios establecimientos de baños públicos fríos y tibios, pero no merecen especial atención, en cuanto a los primeros, sino los llamados del Puquio o de la Piedra Lisa. Están situados al final de la alameda de Acho, atravesando la plazuela que esta forma frente a la puerta principal del circo, y toda la calle de árboles que sigue a esa plazuela. 

El edificio tiene una vista alegre y agradable; a la izquierda están situados 26 cuartos, dentro de cada uno de los cuales hay hermosos estanques de agua pura y cristalina.
La primera puerta de ese costado da paso a los baños de lluvia y de chorro, y la última a un baño grande destinado a los hombres; los demás cuartos son para señoras.

A la derecha está la administración de los baños, y en la parte interior hay un café, billar, juego de bochas y un salón rústico para bailes. Se paga por un baño un real, En el verano se establecen en la plaza principal unos ómnibus pequeños que hacen viajes repetido al Puquio exigiéndose solo un real por cada asiento.

Los mejores establecimientos de baños tibios son: el del hotel de Morin, situado en el portal de Escribanos número 128, y el del portal de S. Agustin número 178, cuyo propietario es D. Juan Voirgard. En ambos se encuentran listos los baños á toda hora del día. Por cada baño se paga cuatro reales.”” [4]

Y con esta descripción, comparto una vista de lo que fue el baño "Central" de propiedad de K. Yokota y N. Chiba, que era un baño público de la Lima de la década de los 20 y que se ubicaba en la Calle del Capón No.749 (Lima). Podemos ver una pequeña salita que parece de espera y un largo pasadizo, que conduce quizás a los cuartos de baño.


IMAGEN TOMADA DE:
NIPPI SHIMPO. Álbum Gráfico e Informativo del Perú y Bolivia". Lima. 1924. Pág. 230.


FUENTES:

[1] Blog “Rincón de Historia Peruana” del historiador Juan José Pacheco Ibarra. “El verano de los pobres. Pozas y piscinas de Lima (1880-1935)” 6 de febrero del 2011.

[2] Blog “Rumbo al Bicentenario” de Juan Luis Orrego Penagos. “Enfermedades, epidemias y muerte en Lima, siglo XIX”.

[3] DEL ÁGUILA PERALTA, Alicia. Los velos y las pieles: cuerpo, género y reordenamiento social en el Perú republicano (Lima, 1822-1872). Lima. Instituto de Estudios Peruanos (IEP). 2003. Págs.82-84. 

[4] FUENTES, Manuel Anastasio. Guía histórico-descriptiva administrativa, judicial y de domicilio de Lima. Librería Central, 1860 (pág.s 132-133)



(Post originalmente publicado en el Facebook de Jiritsu el 12 de setiembre de 2014).

miércoles, 27 de febrero de 2019

Radio National

¿Quién no ha tenido esta radio en la casa? Infaltable, sobre todo en las épocas de apagón, porque funcionaba a pilas. Pero, ¡cómo pesaba!! Para quienes no la hayan conocido, esta radio era tan popular e infaltable en el hogar o negocio, así como los circuladores de aire Miray. 😁😁 





IMAGEN: PERU SHIMPO. Suplemento Conmemorativo por el XX aniversario. Lima. 1970.

(Post originalmente publicado en el Facebook de Jiritsu el 27 de febrero de 2019).

[Ding dong] "¡Vino visita!, ¡Cámbiénse!"

En los "no muy lejanos" años 80-90,
en un típico hogar uchinaanchu peruano, 
vivíamos nosotros,
que solíamos usar la "ropa de casa":
toda desteñida, mal combinada y con un estilo "¿quién--me-va-a-ver?"

De pronto, "ding, dong", sonó el timbre.
Dejábamos de hacer lo que estamos haciendo,
nos mirábamos y 
¡rápido que subíamos a cambiarnos!

"¡Visita!", "¡Apura, cámbiate!", "¡Tu abre la puerta!", "¡No, tu!"
Y quien terminaba de cambiarse primero, 
era quien abría la puerta.

"!Ah!, ¡Hola!, Pasa, pasa".
Y entraba la visita.

Generalmente, quien abría era mi mamá.
Y nosotros, bien tímidos, nos quedábamos en los dormitorios.
"Ya bajen", decía mi mamá.

A propósito de la calidez uchinaanchu, en mi casa sí que nos esforzábamos por dar nuestra mejor cara.
Mi mamá sacaba gaseosa, galletas, cortaba hasta el panetón y si no lo comían, de nuevo a la bolsa.
"Mottainai"...

Y hasta en la ropa, que la cambiábamos por una más decente, para dar la mejor impresión.

Y cuando se iba la visita, ¡uff!
Otra vez a cambiarnos, por la ropa "¿quién-me-va-a-ver?".

Aquí comparto una foto actual, en donde está mi felpudo de ingreso (mis sandalias para salir a la cochera, mi gata que se cree pantufla y las sandalias de mi novio que vino de visita).

(Post publicado originalmente en el Facebook de Jiritsu el 26 de febrero de 2019).

¿Es bueno ser mamá gallina?

Mientras estaba avanzando un artículo, me acordé del sueño que tuve con mi mamá.

¡Cuánto la extraño! 
"Ya no tienes con quién pelear, seguro", me hubiera dicho.
Ni para pelear ni para preguntarle por un consejo. Físicamente, ya no está conmigo.

Pero cuando estaba, solíamos discutir.
Éramos muy distintas en carácter: yo decía las cosas abiertamente y ella no ("interpreta mi silencio y mis acciones").
Entre la frustración del momento, siempre se me salía: "¡Tu no me entiendes! Yo tengo que hacer cosas que tu nunca has hecho cuando tenías mi edad" y terminaba llorando. Mi mamá se acercaba a abrazarme, en silencio. 

Parece como si los papeles se hubieran invertido, en donde yo era la mamá y ella, la hija.

****
Más o menos a los 20 , comencé a trabajar y lo hice en un país extraño. Aprendí a vivir sola, a manejar mi presupuesto y a pensar en los demás (mandaba remesas a casa). 
Terminé la universidad tarde, entre cambios de carrera y de universidad por buscar la opción más económica (mi hermano era quien me pagaba los estudios y luego, yo me los costeaba, trabajando en Nihon y haciendo part-time en Lima cuando regresé).

En cambio, mi mamá comenzó a trabajar cuando mi papá falleció y lo hizo en la tienda de oba (antes, no era necesario que ella trabajara). 
Creo mi mamá tenía en esa época un poco más de 50 años.

Cuando me tocó cuidar a mi mamá, yo tenía 30 años. También tuve que cuidar a mi tía, su hermana mayor, mientras combinaba mi trabajo y la casa.
Mi mamá empezó a cuidar a oba cuando ya pasaba los 50 y contaba con la ayuda de su hermana.

Cosas como estas, yo las hacía recordar a mi mamá cuando discutíamos.
"Ahora sí te entiendo", me decía.
Y aunque discutíamos, siempre necesitaba abrazarla. 
Al final, me di cuenta de que yo no estaba molesta con ella, sino con el destino.
"¿Por qué no terminaste gakko?", "¿por qué no aprovecharon que oba tenía okane para abrir más tiendas?" y muchos "por qué" que mi mamá no sabía como responderme.
"Si hubieras hecho eso, yo hubiera terminado rápido la universidad, no hubiera tenido que ir a Nihon", etc. etc. etc.
Eran muchas frustraciones que yo tenía en esa época.

Pero eran otras épocas, otra mentalidad.
"No quiero ser como mi oba", es lo que siempre le digo a mi novio ahora.

****
Mi oba era muy engreidora, pero el cariño lo demostraba con cosas materiales y nunca decía "no". "¿Quieres esto? Toma".
Era como si mi oba no quería que nadie sufriera como ella. "Que no falte nada".
Incluso, compartía el okane que recibía de la indemnización por la guerra, entre sus hijas y yernos.
Y por eso, en los 80, apenas sentíamos la crisis. Si faltaba okane, oba tenía. 
Creo que todos dependíamos de ella, sin darnos cuenta y solo nos preocupábamos del presente.
Nunca pensaron en expandir el negocio familiar o invertir en el futuro, etc.
Para mi oba, era como si sus hijas y yernos seguían siendo sus "niños".

"Cuando se puede, se hace", me hubiera dicho.
Pero, realmente, ¿eso funciona?
Quienes sufrimos con las consecuencias de que oba fuera "mamá gallina", fuimos nosotros, los nietos, porque la suerte de oba no duraría para siempre.
Y eso, parece que oba no sabía o no quería darse cuenta.

Cuando oba falleció, todo acabó: el negocio familiar, la indemnización, la presencia misma de oba en un hogar marcado por un profundo matriarcado (en donde oba siempre tenía la última palabra).

Los nietos tuvimos que viajar a Nihon para ayudar a la casa y buscar un futuro (en ese orden de urgencia). Otros primos también viajaron, pero como seguían con la idea de "mamá gallina", no lograron crecer como personas.

Ya los años pasan, pero no siempre en vano.

Hasta ahora recuerdo a mi mamá trabajando en la tienda, cuando ya era viuda. Aunque aún contaba con el apoyo económico de oba, nadie podía quitarle el cansancio y la pena que tenía por papá, a quien nunca dejó de extrañar.
Durante muchos años, dejó de comprarse ropa para ella, por darnos todo a nosotros.
Creo que era muy difícil, sobre todo para una mujer que siempre estaba a la moda y tenía un próspero negocio familiar y no era necesario que ella trabajara.
Pero la suerte es así, cambia de la noche a la mañana.
Y es más ruin, si uno no está preparado para el cambio.

Por eso, siempre le digo a mi novio. "No quiero ser como mi oba. Cuando tengamos hijos, no hay que darles todo, aunque tengamos. Que sepan que todo se obtiene con esfuerzo".
Aunque siempre con una pequeña ayuda (sin llegar a ser "mano abierta"). 

En esta foto, están mi mamá y mi oba. 
Lima, 17 de enero de 1949.

(Post publicado originalmente en el Facebook de Jiritsu el 25 de febrero de 2019).

Chino-japonés-coreano (para un "calorcito" extra)


Una mezcla que lleva a la confusión, pero que resulta ser muy sabrosa.

En estos días he estado con gripe y mi novio vino a prepararme una sopa estilo "Parecido-Al-Chifa-En-Donde-Comimos-Pero-Preparado-A-Mi-Estilo".

¿Qué lleva? Caldo de pollo, fideos Udón precocidos, wakame (coreano), hongo chino (tonku) y anís estrella.

¡Me hizo sudar!

Además de ayudar a eliminar la mucosidad y los gases (entre otras propiedades), el anís estrella es un excelente diaforético (te hace sudar), generando calor interno y eliminando toxinas.
(para invierno, será buenísimo). 

Para dos platos, mi novio echó 1 anís estrella (aunque con 2 hubiera estado mejor).
Se cocina como la canela o el clavo de olor: se echa al líquido, se deja hervir y se saca antes de servir al plato.

Para quienes necesitan un "caloricito" extra, el anis estrella en sopa resulta buenísimo.

Post publicado originalmente en el Facebook de Jiritsu el 25 de febrero de 2019.

lunes, 25 de febrero de 2019

Mis vasos de "indirectas" (para cuando vienen okyaku o visitas)

¿Qué hacer cuando vienen visitas que se quedan más de la cuenta (sobre todo, las inesperadas)? 

Yo había escuchado que si uno quería mandar la indirecta a la visita ("Oye, ya es tarde, ¿podrías retirarte?"), uno tenía que servir menos ochá en la última ronda. Es decir, al principio le sirves el chawan lleno, pero si pasa el tiempo (digamos, horas) y todavía no se va, no le llenas el chawan (o en todo caso, ya no vuelvas a servirle). 

Pero googleando si era verdad, encontré que antiguamente, en Kyoto, se acostumbraba servir té marrón (como el oolongcha) en lugar del té verde para decir a sus visitantes inesperados que ya es tiempo de retirarse. 

Pero en mi casa no servimos ochá, sino gaseosa. Y para ello, tengo mis "vasos de indirectas". Depende de qué tanto me agrade la visita o si es inesperada, tomo en cuenta el tamaño del vaso para servirle la bebida (más grande="quédate más tiempo", más chico="¡vete rápido!"). 

¿Que yo soy muy "toscona"?😁😁 
No creo... Me acuerdo de las veces que voy a misas de aniversario. Si es la última misa al final y nos demoramos para irnos (por saludar a los familiares en la puerta de la iglesia), nos apagan la luz de sopetón sin decirnos nada (aunque con la indirecta: "ya tienen que irse"). Quienes vamos a la iglesia que está al frente de Kaikan, sabrán mejor a qué me refiero. 😁😁 

FUENTE: 
FACTS AND DETAILS. Jeffrey Hays. Social Customs in Japan: Gift Giving, Invitations, Singing and Conversation. 2012.

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Post publicado originalmente en el Facebook de Jiritsu el lunes 25 de febrero de 2019.

domingo, 24 de febrero de 2019

La sanbasan (partera) "más famosa"en la Lima de la preguerra: la sanbasan Tokeshi

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930. Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial. 

En ese día, hubo unas 1500 personas, entre niños y adultos. Llenaban casi todo el patio, pero la ocasión así lo ameritaba. 
Todas estas personas querían demostrar su reconocimiento y agradecimiento a la Sra. Tsuruko Tokeshi por sus 25 años de labor como sanbasan (partera). La sanbasan Tokeshi, como así era conocida, fue la partera más conocida de la colonia japonesa en la Lima de la preguerra. 

 Víctor Tokeshi, sobrino de la sanbasan Tokeshi, recuerda la pizarra que su tía tenía en la casa. “Mi tía era bien conocida y tenía mucho trabajo. En la casa tenía una pizarra y era como su agenda. Ahí apuntaba a dónde tenía que ir. Y siempre no faltaban las emergencias. Si alguien venía a buscarla a la casa, mirando la pizarra ya la podían ubicar”. 

La sanbasan Tokeshi andaba siempre ocupada. Iba de casa en casa y, muchas veces, no tenía ni un día de descanso. Si no era para atender un parto, iba a visitar a las madres primerizas para bañar al bebé o para enseñarles sus primeros cuidados. 

 Para la sanbasan Tokeshi no había diferencias. Sea de día o de noche, en la ciudad o en la chacra, sean pobres o ricos, siempre estaba dispuesta a prestar sus servicios. “Nunca fallaba. Su fama y prestigio creció entre la colonia”, recuerda su sobrino. 

“Hubieron otras sanbasan en Lima, sí, igual de buenas como mi tía. Pero la mayoría quería que ella (sanbasan Tokeshi) sea quien las ayude con su parto”. 

La predilección por la sanbasan Tokeshi era por la confianza que ella inspiraba, como persona y como profesional. Antes de venir al Perú, se había graduado de la Escuela de Formación de Parteras (Okinawa Ken Josanpu Youseijo) en 1904. La experiencia la adquirió con los años. Se volvió experta en partos difíciles. 

“Tenía técnica para voltear al bebe”, recuerda su sobrino. “Sobaba la panza, como dando masajes, y así poco a poco el bebé se acomodaba y podía salir de cabeza”. Pero su labor en el Perú terminó en 1936. En ese año, la sanbasan Tokeshi regresó a su lugar de origen, Naha, junto con su esposo y 3 de sus sobrinos pequeños, entre ellos Víctor, para que estudiaran en Okinawa. Aunque ya estaba retirada del oficio, la gente seguía buscándola para que atendiera los partos, estando en Okinawa. La sanbasan Tokeshi trajo cientos de niños al mundo. 
¿Ven las fotos pequeñas con rostros de niños en la imagen de este post? Pues esos son los niños que la sanbasan Tokeshi trajo al mundo. Paradójicamente, el destino no quiso que ella sea madre. Pero, con tantos niños que trajo al mundo, ¿ya no sería como una mamá? 

Es una historia de vida. Una historia cuyo origen está en Naha, pero forma parte de una memoria colectiva que pareciera perderse casi en el olvido. Hay tantos personajes importantes en nuestra colectividad, que solo los issei o algunos nisei pueden recordar. ¿Y el resto de nosotros? 

Por eso, Yonabaru Chojinkai Peru está preparando la publicación de un libro conmemorativo, en donde se quiere celebrar los 100 años de la inmigración de Yonabaru al Perú y los 65 años de fundación de Yonabaru Chojinkai Peru, compartiendo la historia, recuerdos y testimonios de vida de toda la comunidad de Yonabaru en el Perú. 

Este testimonio es solo una pequeña muestra de lo que se incluirá en el libro conmemorativo de Yonabaru Chojinkai Peru, próximo a publicarse. Si tienen alguna relación con la comunidad yonabarunchu y desean compartir recuerdos, fotos, documentos o testimonios de vida para que sean considerados en la publicación del libro conmemorativo, no duden en contactarte al Facebook de Yonabaru Chojinkai Peru.
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AGRADECIMIENTO ESPECIAL AL SR. VÍCTOR TOKESHI POR ACCEDER A COMPARTIR ESTE RECUERDO DE VIDA A TRAVÉS DEL SR. DANIEL UEHARA (PRESIDENTE DE YONABARU CHOJINKAI) Y AL SR. ALEJANDRO TOKESHI, PROPIETARIO DEL LIBRO DE DONDE TOMÉ LA FOTO QUE COMPARTO EN ESTE POST. 
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IMAGEN TOMADA DE: Nanbei Peru Okinawa Kenjin. Shashinjyou (Álbum de fotos de los inmigrantes de la prefectura de Okinawa en el Perú, América del Sur). Lima: Lima Nippo. 1932.

(Post publicado originalmente en el Facebook de Jiritsu el 21 de agosto de 2015).

sábado, 23 de febrero de 2019

Así lucían las noro y kami-onna de inicios del siglo XX

Mientras estaba buscando información para el sgte. post, encontré estas imágenes algo curiosas. Según el autor del documento en donde encontré estas imágenes, hasta incluso inicios del siglo XIX, casi no habían imágenes que nos muestren cómo lucían las yuta de Okinawa, salvo las fotos de la colección de Ryuzo Torii, un antropólogo japonés (1870-1953). 

Aquí comparto algunas imágenes de la colección de Torii, en donde muestra a: 1) una Noro (sacerdotisa) vistiendo un largo traje blanco y sosteniendo un abanico, que era utilizado en los rituales que realizaba y; 2) dos "Kami Onna" (Nanchu, en uchinaguchi), que serían como las sacerdotisas jóvenes, generalmente entre 30 a 41 años.



Imagen tomada de: 
http://studiesonasia.illinoisstate.edu/seriesIV/documents/Barske_Studies_March2013_001.pdf

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(Post publicado originalmente en el facebook de Jiritsu el 23 de febrero de 2014).

LA SANBASAN (PARTERA) "MÁS FAMOSA" EN LA LIMA DE LA PREGUERRA: LA SANBASAN TOKESHI

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930.  Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial.  En ese día, hubo un...