domingo, 22 de septiembre de 2013

Tan Lejos y Tan Cerca a la Vez: El Vínculo Genético entre Perú y Japón

Hace unos pocos días, me pasaron un link sobre una noticia que apenas se destacaba entre los medios. En ella, se difundían los resultados de un estudio genético que realizaron al pueblo de Uros (pueblo flotante del Lago Titicaca) y que afirmaban la legitimidad de su raza ancestral. Además de la noticia en sí, lo que también destacaba era la participación de un nikkei peruano dentro de este proyecto, el Dr. Ricardo Fujita, quien lidera estos estudios en el Perú que forman parte del Proyecto Genográfico de National Geographic. 

Pero, aunque este artículo no me llamó mucho la atención, no pude evitar pensar que, aunque estemos viviendo en plena era tecnológica y futurista, aún sigamos preocupándonos por nuestro pasado, por nuestros orígenes. Seguramente, debe ser porque tenemos una constante necesidad por querer reafirmar nuestra identidad o porque simplemente, tenemos una curiosidad innata por saber de dónde venimos o cuáles son nuestros orígenes (o la de otras personas). 

Me acuerdo, por ejemplo, las veces en que conocía a alguien por primera vez y que a primera vista parecía que también era nikkei como yo, pero al final descubría que no tenía nada de japonés: ni el apellido, ni mucho menos algún antepasado japonés (aunque sea lejano), salvo sus ojos rasgados. Seguro que a muchos, aunque sea alguna vez, también les ha pasado lo mismo. ¿Y alguna vez se han preguntado por qué hay personas que son oriundas de la Sierra y parecen japoneses? 

La respuesta para este misterio la podemos encontrar en la genética. Como dice Fujita: “los orígenes no se borran del ADN”, por lo que parece que esos rasgos japoneses que podemos ver en algunas personas oriundas de la Sierra serían ese eslabón perdido que demostraría un aparente vínculo genético entre japoneses y peruanos. 

Pero estos estudios de ADN, usados para conocer el pasado de los pueblos, como el caso de los Uros o el Proyecto Genográfico, no son nuevos. Por ejemplo, en 1996, salieron a la luz los resultados del ADN que se realizaron a la momia Juanita (Arequipa, Perú), descubriéndose que portaba genes coreanos por parte de padre. Años más tarde, en el 2009, un estudio de ADN confirmó la conexión genética que tenían los antiguos pobladores Mochicas con los Ainus de Japón. También se descubrió una relación similar en abril del 2013, pero en este caso era la de los Botocudos de Brasil con los polinésicos. O también podemos recordar el estudio que salió publicado en julio del 2012, en donde se afirma que existieron tres grandes oleadas migratorias provenientes del Asia. 

Así, vemos que realmente han existido contactos entre Asia y Latinoamérica desde la antigüedad y estos estudios de ADN simplemente estarían reforzando aquellas antiguas hipótesis que corrían como simples rumores acerca del vínculo genético no solo entre Japón y Perú, sino también entre Asia y Latinoamérica. 

¿Y cómo se origina este vínculo genético entre Perú y Japón? Para entender esta pregunta, recordemos un poco de historia. Los primeros hombres de la humanidad partieron desde África hacia el resto del mundo hace unos 60 mil años atrás (*). A su vez, estos primeros ancestros se dividieron en grupos que llegaron a lo que actualmente conocemos como continentes. 
Uno de estos grupos, los que posteriormente fueron conocidos como Jomon, llegó desde el sudoeste asiático al archipiélago japonés y siglos más tarde, llegaron los Yayoi desde la península de Corea. Otro grupo se desplazó por el Estrecho de Bering, que por aquellos tiempos unían el continente asiático con el americano, poblando toda América, desde el norte hacia el sur. Y así es cómo llegaron al Perú. 
Aunque los mismos investigadores afirman que todavía quedan muchos misterios por descubrir, ya podemos deducir, en vista de las pruebas genéticas y teorías, que Japón y Perú comparten los mismos orígenes genéticos. 

Sin embargo, esta teoría sobre los vínculos genéticos entre Japón y Perú tampoco es nueva. 

Hace unos 80 años atrás, apareció el libro “Manco Cápac (Fundador del Imperio Incaico, fue Japonés)” de Francisco Loayza, en donde se propone una teoría muy similar que afirmaba el origen japonés de Manco Cápac, en base a similitudes encontradas en los idiomas, costumbres y leyendas tanto de Japón y Perú. 

Tanto los estudios de ADN como el libro de Loayza solo validarían aquello que por durante mucho tiempo ha sido como un “secreto a voces”. Existen muchas similitudes que podemos encontrar entre Perú y Japón. Quizás sean simplemente coincidencias, pero por la variedad y cantidad de similitudes, creo que estaríamos hablando más bien de similitudes que de coincidencias, que podrían estar conservando los rezagos de algo pasado común. Muchas de estas similitudes, que pueden pasar hasta desapercibidas, nos demuestran que la distancia no puede ser un parámetro determinante al definir los lazos entre pueblos. 

Precisamente, aquellos que recuerdan la exposición que se realizó en el museo Amano en el año de 1999, titulada “Paralelismo Cultural Perú- Japón”, sabrán a qué me refiero. Pero para los que no tuvimos esa oportunidad, quisiera compartir algunas coincidencias que mostraron y alguna que otra que he encontrado navegando por Internet. 

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(1) Quipu del Perú En Perú Blog 
(2) Warazan de Okinawa Arithmeum
Para comenzar, recordemos a los famosos quipus, aquellos cordones con nudos que servían para registrar y contabilizar. Comúnmente eran considerados como un invento inca, pero realmente no lo eran. El sistema de quipus fue usado en casi todos los pueblos ubicados dentro del área de la Cuenca del Pacifico, por lo que también fue utilizado en Okinawa, Japón y en las islas Polinesias. En japonés se le llamaba warazan y la diferencia con el quipu era que estaban hechos de paja de arroz y fueron utilizados hasta casi el siglo XX. 



(3) Vista de Andén (Perú) Culturas Pre-Incaicas
(4) Vista de un tanada (Fukuoka, Japón) Fukuoka Bochibochi Fotolive2
Otro invento que se creía que era exclusivamente de los incas fueron los andenes, aquellas terrazas agrícolas que podemos ver en la ciudadela de Macchu-Picchu. Pero, realmente no tenían un origen incaico exclusivo. La técnica de cultivo de terrazas era una práctica muy extendida para el cultivo del arroz entre países asiáticos como Filipinas, Vietnam, China y Japón. En Japón podemos encontrar hermosas vistas de estas terrazas (tanada 棚田 en japonés) que nos recuerda a nuestros andenes. ¿Será simple coincidencia? ¿Cómo llegó a expandirse la práctica de esta técnica en sociedades aparentemente diferentes? Aún quedan preguntas por resolver. 


(5) Chamán peruano tocando un pututo Fotocommunity (Edwin Guzman)
(6) Foto de un samurai tocando el horagai (Autor: Felice Beato, año: 1860-1900 aprox.) Smithsonian Institution Research Information System
Otra característica que poseen tanto Perú como Japón es su acceso al mar. Este privilegio de pocos ha facilitado que aprovechen sus recursos casi de forma similar. Por ejemplo, usaron las conchas de los caracoles marinos como instrumentos de viento, llamándolos pututo en Perú y horagai 法螺貝 en Japón. Y ya que mencionamos a los instrumentos, también podemos encontrar una similitud en cuanto a la forma con las quenas del Perú y los shakuhachi 尺八 de Japón. 


(7) Imagen de la cultura Moche representando a la pesca con guayanes Trujillo del Perú
(8) Imagen de la práctica de pesca tradicional japonesa Ukai Prints of Japan

Se destaca también una técnica de pesca peculiar, en donde se usan guayanes o cormoranes domesticados para atrapar a los peces y que era practicada por los antiguos Moches, coincidentemente un grupo étnico de quienes se dice que tiene antecedentes Ainu (grupo indígena de Japón) en sus genes. Esta misma técnica, denominada Ukai en Japón, se practica en algunas zonas, más que nada como una atracción turística.


(9) Niño cuzqueno 123RF (Keith Levit)
(10) Niño japonés Flickriver (Joe Routon)
Y volviendo al tema de las personas de origen serrano con rasgos japoneses. No solamente son los ojos rasgados, sino también hay otras características que podemos ver tanto en japoneses como algunas personas oriundas de la Sierra peruana, como la mancha mongólica (aquella mancha que aparece en los niños asiáticos y indígenas de Sudamérica al nacer y que desaparecen con el paso de los años), así como la escasa pilosidad o los cabellos oscuros y lisótricos (lisos), por mencionar solo algunas características más notables. 


También existe una costumbre similar relacionada con la estética, que la podemos encontrar en el ennegrecimiento de los dientes. El Ohaguro お歯黒 era una práctica tradicional japonesa en donde las mujeres se teñían los dientes de negro con fines estéticos. Era una tradición practicada no solo en Japón sino en varios países asiáticos, incluso en la tribu de los Piros o Chontaquiros de la selva amazónica, quienes masticaban un tipo de raíz (chonta) para ennegrecerse los dientes.

(11) Comparación de las técnicas decorativas entre la cerámica Valdivia (Ecuador) y la de Jomón (Japón) Ecuador Prehispánico

Además de similitudes físicas, también existen similitudes arqueológicas entre la cultura Jomon de Japón (10 mil a 5 mil A.C.) y algunas culturas de Perú y Ecuador. Por ejemplo, en la década de los '60, Betty Meggers encontró similitudes entre la cerámica Valdivia de Ecuador con la cerámica Jomón de Japón en cuanto a sus técnicas decorativas y que demostrarían que Asia había llegado a tierras americanas mucho antes que Colón. Al principio fue una hipótesis que no fue muy bien aceptada entre sus detractores, pero que terminó siendo reconocida como una posible teoría ante los recientes estudios de ADN que así lo confirmaban.  O también, podemos nombrar a Yoshitaro Amano y las similitudes que descubrió entre la cerámica Chancay con la japonesa. 


(12) Toritos de Pucará (Cuzco, Perú) Peru Adventure Tours 
(13) Shisaa de Okinawa Magnifika 

Y aunque no sea una similitud propiamente dicha, tal vez sea una simple coincidencia cultural. No hay que olvidarnos de los Toritos de Pucará del Perú y los Shisaa de Okinawa, Japón.
Ambos son figuras representativas de animales (en el caso de Perú, es un toro y en el de Okinawa, es un animal mitológico, una mezcla entre perro y león) que son colocados generalmente en parejas sobre los techos de las casas como protección (en el caso de los Shisaa) y para atraer la buena suerte (en el caso de los Toritos). 


(14) Peruana cargando a su bebé con un lliclla "América"del Sur (Michel Palomino)
(15) Japonesa cargando un paquete envuelto en furoshiki (año 1890 aprox.) Old Photos of Japan

Y por último, vemos el caso del lliclla peruano con el furoshiki japonés, que fue recordado en aquella exposición del año de 1999. El lliclla es una manta que se lleva en la espalda para llevar consigo a niños pequeños o pequeños bultos, casi de forma similar al uso que se le da al furoshiki, una tela cuadrada que sirve para envolver objetos y llevarlos de un lugar a otro. 

La lista podría seguir, pero solo quería mostrarles una pequeña muestra de las similitudes que podemos encontrar entre la cultura peruana y la japonesa y que demostraría algún vínculo (sea genético o cultural) entre ambas, que en un tiempo no muy lejano se pensaba que era una simple hipótesis. Así, parece que podrían desmoronarse aquellas viejas teorías que aprendimos en el colegio, para darles paso a éstas otras nuevas (o revivir aquellas otras teorías olvidadas por la ignorancia o el paso del tiempo).

Ahora, con estos estudios de ADN, no podemos descartar ninguna posibilidad, porque parece que de una u otra forma, todas las sociedades comparten algo de otra y así, ya la cultura no es exclusiva de un tiempo o de un lugar. Ante todo esto, solo nos queda pensar que no existen razas en el mundo, sino una sola: la raza humana.




(*) Dato obtenido de The Genographic Project de National Geographic.

Para saber más sobre el libro de Francisco Loayza:
¿Fueron Japoneses los Incas? (I)  Anécdotas de Moleskine

FUENTES:
Apuntes sobre la Provincia Litoral de Loreto.  RAIMONDI, Antonio. Lima, Tipografía Nacional. 1862.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Recordando a La Tienda de mi Oba

A mi mamá no le gusta ir al doctor, ni mucho menos a mí. Pero la edad ya se hace sentir y frecuentemente tengo que llevarla para que se haga sus chequeos médicos. 
El mes pasado la había llevado a su terapia de láser por una contractura muscular que la aquejaba por bastante tiempo. La doctora era también nikkei y mientras le aplicaba el láser a mi mamá, le preguntaba sobre su vida, como para hacer menos aburrida la sesión. 
Le preguntó que si vivía cerca y, coincidentemente, ella vivía a pocas calles de la casa. “Hace poco nos mudamos, ya que antes vivíamos en el Centro de Lima” fue lo que agregó mi mamá. Y casi instantáneamente, la doctora lanzó un sorpresivo “¡Ah!...¡En la Lima la horrible!”, que parecía una mezcla de horror con alivio. 
Ella también había vivido en el Centro de Lima, y también se mudó porque la zona no era muy tranquila. 

Me causó gracia cuando mi mamá me comentó que la doctora le dijo "la Lima la horrible". Realmente no me gusta el Centro de Lima, porque me parece todo caótico, desordenado, algunas veces peligroso y hasta insalubre (para mis pulmones y mi salud mental, refiriéndome sin lugar a dudas a la mítica Abancay). 

Y no solamente fue esa doctora, sino también otro doctor, también nikkei, que por azares del destino, también vive a pocas calles de la casa. Y claro, no desaprovechó en recordar algo de esa Lima de antaño con mi mamá, de donde también vivía cuando era pequeño. Parecía que los médicos habían encontrado en mi mamá el desfogue perfecto para aplacar esa cierta nostalgia que sentían por el antiguo barrio, el barrio de la infancia. 
Aunque creo que es normal, porque yo también lo hago. 

A veces me he encontrado con viejos conocidos que ya no viven por Lima (quizás la horrible, o quizás la Lima nostálgica) y nos preguntamos mutuamente si sabemos la vida de tales o cuales; cuando en aquellos tiempos, ni siquiera nos importaba en qué andaban. 
Pero así de paradójica es la vida. Cuando uno tiene algo, lo detesta, pero cuando no, lo extraña. 

Ahora que vivimos en un lugar más tranquilo, recuerdo con algo de nostalgia el centro de Lima, porque fue en donde pasé mi infancia y parte de mi juventud y sobretodo, porque era el barrio donde mi oba vivió y trabajó. 
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Mi oba junto con algunos tíos (hermanos mayores de mi mamá). Mi mamá no recuerda mucho sobre esta foto, pero me cuenta que parece que era la antigua panaderia en donde mi oba anteriormente trabajaba. (Año: aproximadamente antes de 1935)
Mi oba tenía un cafetín en la cuadra 8 de Moquegua. Era el único cafetín de la cuadra, una calle que comúnmente era conocida como Malambito. En el cafetín se vendía sándwiches, jugos y gaseosas, pero ya con el tiempo, también vendía menúes y platos a la carta. 
Incluso también vendían licor, que por aquellas épocas se vendían por copitas por unos pocos centavos, como la cascarilla o el anisado, los preferidos por los clientes para contrarrestar las frías mañanas de invierno. 

Aunque mi oba era okinawense, no sé cómo aprendió o quién le enseñó a mi tía a preparar
Leche Vinagre (Imagen tomada de Viajeros)
comida criolla. Recuerdo que preparaban muchas comidas limeñas de antaño, como el clásico huesillo, ensalada de patita o la leche vinagre. Pero lo que más me gustaba era la leche asada que mi tía preparaba, las cremoladas de Maracuyá y el lomo saltado que servía con sus dos panes tolete (porque así la gente lo pedía, que sea “muy contundente”) y que por más que lo intento en casa, no me sale igual. 
Mi mamá dice que es por la cocina, ya que era industrial y se podía fogonear la carne del lomo más fácilmente. 

Recuerdo que por aquella época no había tanta variedad de marcas, por lo que los tés más conocidos eran el Sabú (uno que venía en cajitas) y el Huyro. Y si pedían café con leche, servían una buena taza de leche Vigor (la que aún se vende en bolsas) con su toque de café recién pasado. Todo natural, todo tradicional; nada instantáneo.

Vista del mostrador de la tienda, donde se puede ver que vendía casi de todo: dulces, fruta, gaseosas. Aquí aparecen mis hermanos mayores. (Año 1975)
No podían faltar los chancays solo o con mantequilla, para acompañar a la hora del lonche, junto con los chifones y queques que preparaba una señora nikkei, quien los hacía a pedido y vivía a unas cuadras del cafetín. Y los sata andagi de siempre (sin la clásica miel que ponen los ambulantes en el centro de Lima), que eran vendidos como pan caliente y que la gente pedía como “Bombitas”. 
En sí, la tienda estaba bien surtida, se podían ver los estantes llenos con gaseosas de todo tipo y que ya no vemos, como la Pasteurina, Watts en botella (en esa época no existía el tetrapack) o la colorida Lulú o la Viva Backus, junto con botellas oscuras llenas de algarrobina para hacer los surtidos y jugos especiales. 
Incluso vendían cartones de cigarrillos y algunos sueltos, como el Premiere, Winston o Salem, sin olvidar los casi desaparecidos Inca, que eran comprados mayormente por algún que otro chamán de la cuadra y que los usaba para leer la suerte. 

Este cafetín abría casi todos los días y de "cariño", la llamábamos "la tienda". Recuerdo que desde pequeña siempre me llevaban para que no me quedara sola en la casa cuando no había nadie. Realmente, no podía aburrirme en ella, porque llevaba algunos juguetes conmigo y porque en la tienda, siempre había algo con qué jugar. 

Mi oba y mi mamá me enseñaron a hacer tsurus con los papeles platina de las cajas de cigarrillos o los sobres de las infusiones que vendían y les pasaban un hilo entre cada uno, formando como si fuera una cadeneta de tsurus. Se veían muy bien, algunos de colores y otros brillantes y parecían que estuvieran volando en el aire, así que las colgaba por las macetas de la tienda. 
O sino, me compraban muñecas de papel y con ellas me las pasaba jugando, haciéndoles más ropa con los papeles que encontraba en la tienda: los sobres de té, de cigarrillos o las servilletas de papel kraft. O también, jugaba con los gatos que vivían en la tienda.

Mi oba permitía que tengamos gatos en la tienda porque quería que espantaran a los ratones. Aquellos ratones pequeñitos, porque aquellos de mayor calibre, simplemente hacían de las suyas en la tienda: me refiero a los ladrones o rateros de la zona. 

Queso Laive (Imagen tomada de Laive)
Recuerdo que nunca podíamos dejar el mostrador desatendido, siempre tenía que haber alguna persona. Pero en varias ocasiones, habían algunos rateros que aprovechaban cualquier descuido nuestro y entraban al mostrador. En lugar de robar el dinero, cogían el molde de queso Laive y se lo llevaban corriendo, como si fuera un preciado botín. 
¿Qué le habrán visto al queso Laive? No sé si era porque estábamos en la época de Alan en donde todo escaseaba, incluyendo los alimentos y el queso era (o se veía) más valioso que los billetes de millones de intis que habían en la caja registradora y que en realidad, no valían casi nada. 

Hasta ahora me quedo con la intriga. Mi mamá me cuenta, aún con cierto asombro, que llegaron a entrar a la tienda por el techo cuando estaba cerrado y nadie estaba en la trastienda. Se llevaron el dinero de la caja y barrieron con toda la comida que había. Mi mamá aún recuerda, como si hubiera sido ayer, que “se dieron tremendo festín que, incluso, usaron el baño y no bajaron la palanca”. Una anécdota que, si bien a mi mamá y a mi nos causa cierta gracia, seguro que a mi oba no le pareció nada gracioso. 

Mi oba solo pensaba en trabajar, en buscar el máximo rendimiento y economía, por lo que compraba todo al por mayor: sacos de arroz, latas de aceite, cajas de naranjas; incluso, bolsas de pulitón. Cuando estaba muy pequeña, no existían los detergentes para vajilla, o seguro que eran muy caros en esa época, y siempre compraban pulitón para lavar las ollas. 

El pulitón era un polvo blanquecino (algunas veces de color rosado) y que era el único que podía realmente arrasar con la grasa (aparte del detergente para ropa). Pero no todo era maravilla, sino que cada cierto tiempo, tenían que llamar al gasfitero para desatorar los caños. El pulitón más la grasa no era una buena combinación, sobretodo para las tuberías de antaño. 

Recuerdo que por aquellas épocas no había el delivery, o quizás no haya sido muy conocido. Así que todo tenía que ser comprado a pie. Siempre le acompañaba a mi tío a comprar los balones de gas en un carrito que el mismo diseñó. Algunas veces escaseaba y teníamos que llamar por teléfono preguntando si ya tenían gas, para ir literalmente corriendo con el carrito hasta "Don Pepe" (así se llamaba la distribuidora de gas) y formar largas colas para que nos venda un balón, al igual que muchos otros vecinos. 

Pero, la tienda de mi oba no era la única tienda de japoneses de Malambito. Antes que yo naciera, habían otras tiendas de japoneses en la misma cuadra 8, como la encomendería de Yamakawa (a quien mi oba le llamaba Yamaga) o la peluquería de un tal Higa. Pero ya con el paso del tiempo, la única tienda de japoneses que sobrevivió en la calle Malambito fue la de mi oba. 
Poco a poco, allá por los años de 1980, empezó la inmigración de sierra a costa, trayendo en masa a muchos comerciantes de ascendencia serrana. Abrieron sus tiendas de instrumentos musicales alrededor de la tienda y fueron remplazando a los otroras negocios de japoneses de la cuadra 8. 

Pero cuadras más arriba, todavía quedaban tiendas también de japoneses, como fondas, ferreterías o panaderías. No solía ir por aquellas calles, salvo cuando iba al mercado La Aurora o Modelo o cuando iba al Monterrey de Cañete a comprarme ropa. 

Todo me parecía peligroso, pero aún así, me sentía como en casa. Nunca tuve amigos de la zona, salvo en el colegio y luego, en la universidad. Y aunque habían varios chicos de mi edad que también eran nikkei, nunca nos hablamos, será por la timidez propia de la edad, o porque simplemente no nos interesaba quedar como amigos. Parecía que cada uno estuviera bien protegido dentro de su casa, porque no los veía en la calle, contrastando con la presencia de chicos palomillas, vendedores ambulantes y algún que otro ladrón al paso (ladrones de queso y también de billeteras). 

Ya a medida que fuimos creciendo, casi todos aquellos chicos nikkei cuyos padres también tenían sus negocios por aquél barrio, así como yo, decidimos no continuar con el negocio familiar; y más bien, decidimos abrirnos un nuevo camino. Algunos decidieron vivir en el extranjero, otros decidimos quedarnos en Perú y estudiar alguna carrera en la universidad y otros, bueno, no sé que habrá sido de los otros que también los conocía de vista. 

Realmente el tiempo pasa volando. Los tiempos cambian y la mentalidad también, pero solo la nostalgia es lo único que podemos conservar de esos años. Si bien aquellas épocas de infancia no fueron tan maravillosas como hubiera querido que sean, fueron significativas para mí, porque fue la época en que pude aprender que con esfuerzo y trabajo, todo se puede. Esa fue la verdadera herencia que me dejó la tienda de mi oba.


viernes, 6 de septiembre de 2013

Una Pequeña Historia de mi Oba Compartida en el Proyecto Nikkei+ de Discover Nikkei


Hacer click aquí para leer el artículo
Quería compartirles un link, en donde aparece publicado "El Mabuyá o el Temblor de la Suerte: Algunas Costumbres de mi Oba que ahora son Recuerdos de mi Infancia", que es  un post que ya había escrito anteriormente en el blog, sobre el mabuyá, el temblor de la suerte y otras creencias y que en esta oportunidad, los he resumido en uno solo para el proyecto Nikkei+ de Discover Nikkei. 
Si les gusta el artículo, pueden votar por él.
 
Proyecto Nikkei+ de Discover Nikkei


Y si les gustan escribir y quisieran compartir algunas anécdotas, o historias sobre su familia o sus oji u oba; también pueden enviar sus propias historias (en español, inglés, portugués o japonés) siguiendo unas sencillas pautas indicadas en la misma website de Discover Nikkei.

Aquí les dejo el link del artículo en Nikkei+, y el link del proyecto Nikkei+ (en español) e inglés). Tienen hasta el 30 de setiembre de este mes para compartir sus historias.
¡Anímense a compartir y escribir!

jueves, 5 de septiembre de 2013

No soy Nikkei, soy Sansei

Por poco boto una foto de mi papá. La había encontrado dentro de una caja, junto con el desorden de papeles, propagandas y hasta de viejas facturas que poco a poco estuve botando durante la mañana.
Era una foto a blanco y negro, en donde apenas se podían distinguir las caras.
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Mostraba a un numeroso grupo de amigos, todos adolescentes, que posaban sonrientes para la foto. La alegría que mostraban era tan contagiosa, que incluso parecía que podía escucharles toda la algarabía y barullo que hicieron antes que alguien les tomara esa foto. A un lado del marco estaba escrito a mano: “Colegio Lima San Carlos. 1954”. 

A primera vista, esa foto no significaba nada para mí. Pero viéndola detenidamente, veo a un único chico japonés que se asomaba tímidamente entre esa multitud de chicos mestizos. Ese chico era mi papá. No sabía que mi papá había estudiado en un colegio fiscal. Supuse que había estudiado en un colegio japonés, así como mi mamá y muchos otros nisei de la Lima de la preguerra. 
Ahora que me pongo a pensar sobre mi papá, creo que él era más peruano que nikkei, a pesar que su apariencia mostraba todo lo contrario. 

Mi papá nació en La Victoria y creo que por eso fue aliancista de corazón. Portaba siempre en su billetera algunas fotos nuestras y unas calcomanías con el logo blanquiazul. Incluso, puso una taza conmemorativa del club aliancista en la mesa del comedor como servilletero, quizás para contagiarnos su espíritu “íntimo”. 
Le gustaba escuchar a Los Morunos y alguna que otra Cumparcita. Recuerdo que por navidad me compró una pequeña pizarra de plástico y me dijo que me lo dejó Papá Noel.  Y de vez en cuando, le compraba a mi hermano mayor  discos con música infantil para que aprendamos a cantar “Los Pollitos Dicen” o alguna que otra ronda infantil, al mismo tiempo que aprendíamos el "Haru ga Kita" o el Hato Popo" que mi oba nos enseñaba al compás de las palmas. 

Mi papá junto con mi tío. Aquí aparece bebiendo un poco de sake, para celebrar su unión matrimonial con mi mamá. Ese día, mi oba, mi mamá y mi papá junto con unos tíos muy cercanos, debían de beber un poco de sake del mismo vaso, como símbolo de su pertenencia a la nueva familia. Mi papá no sabía mucho sobre esa costumbre okinawense, pero mi tío (y mi oba) eran quienes lo dirigian en esa ceremonia simbólica. (Año 1970)
Imagen tomada de Preciolandia
Como mi oba tenía un cafetín, nunca podía faltar la gaseosa en la casa. Recuerdo que mi papá prefería tomar una Pasteurina helada antes que el ocha que mi oba preparaba. Siempre nos decía que la Pasteurina le hacía bien al estómago, aunque no se si lo decía como excusa para no tomar el ocha de mi oba o si realmente era verdad.

A primera vista, cualquiera podría suponer que en mi casa hubo un “choque generacional”. Pero no fue así, porque existía la tolerancia y respeto mutuo entre mi oba y mi papá, logrando así una convivencia armoniosa entre lo japonés y lo peruano bajo el mismo techo.

Mi oba comprendía y quería mucho a mi papá, considerándolo incluso como otro hijo más. “Él ya es nisei”, era lo que decía mi oba para justificar el por qué mi papá no practicaba muchas costumbres japonesas en casa. Y por eso mismo, ella no le exigía que hiciera tal o cual costumbre, ni mucho menos a nosotros, que ya somos sansei. Simplemente, ella compartía sus costumbres y creencias con nosotros. Y el resto, ya dependía de nosotros, porque ella pensaba así: "Nacieron en Perú, así que es mejor que aprendan la cultura de Perú". Y como toda abuela que quiere a sus nietos, no podía dejar de compartir con nosotros lo que ella había aprendido en Okinawa. Como decía un viejo refrán del nido al que iba de pequeña: "Nada a la fuerza, todo con amor". Así era mi oba, nada de imposiciones.

A pesar que vivíamos todos en la misma casa, mi oba nunca se entrometía en los asuntos de la casa ni tomaba las decisiones sobre nuestra educación. Ella simplemente aconsejaba y compartía lo que sabía. Y aún así, la herencia de mi oba caló más en mí que la de mi papá, quizás porque pude compartir mas tiempo con mi oba que con mi papá, quien falleció cuando ya faltaba poco para que cumpliera mis primeros cinco años de vida.

Si no hubiera conocido a mi oba, creo que también hubiera sido más peruana que nikkei, al igual que mi papá. Y seguro que las costumbres japonesas (y okinawenses) que se practicaban en casa poco a poco se hubieran quedado en el olvido. Hay mucho de cierto, cuando se dice que lo que se aprende en la niñez, ya no se olvida. 

Pero, realmente, no me considero como nikkei, sino más bien sansei. Aunque teóricamente serían sinónimos muy estrechamente relacionados, me siento más identificada como sansei. ¿Y por qué? Simplemente porque mi oba siempre me lo decía.

Mi oba siempre decía o que éramos nisei (por mi papá o mamá) o sansei (por mi hermano y yo). Cuando escucho que alguien me dice que soy “nikkei”, no me siento aludida; me suena a algo ajeno y distante, porque no puedo identificar a mi oba en ese término casi moderno.  Tampoco me convence afirmar que soy nikkei al igual que algunos sobrinos, que son yonsei, quienes apenas conocen algo sobre las costumbres de mi oji u oba (para ellos, sus bisabuelos), llevando únicamente el apellido o los ojos rasgados como el único recuerdo de sus orígenes.


Por eso, prefiero decir que soy sansei. Creo que tuve suerte al haber nacido en el medio de dos generaciones casi dispares, la de mis abuelos japoneses y la de mis padres peruanos, aprendiendo tácitamente lo que actualmente conocemos como "ser nikkei" (en el Perú): el ser protagonistas de una nueva cultura usada como un nexo entre la cultura japonesa (y en mi caso, okinawense) y la peruana. 

Siendo la generación intermedia(ria), pienso que debemos de crear conciencia, sobretodo en los más jóvenes acerca de lo que realmente significa ser nikkei. Ser nikkei no significa que debemos solamente repetir las costumbres que nuestros abuelos nos han enseñado y adaptarlas a la realidad en que vivimos (recordando que la cultura no es algo estático), porque puede llegar incluso a cambiar tanto con el paso de las generaciones, que podríamos incluso crear una nueva cultura que ya ha perdido la síntesis del original. Ser nikkei es, más que nada, conservar la esencia de nuestros abuelos sin perder la dinamicidad de la sociedad en donde vivimos (y no al revés). 

Los yonsei, gosei y las generaciones venideras, pueden llegar a enfrentarse a una cultura nikkei casi totalmente nueva, en donde se corre el riesgo de olvidar en el camino los verdaderos orígenes, es decir, el de nuestros ancestros. Algo que podría pasar a esta nueva generación, aquella que no tuvo la suerte de conocer a los issei. 

Algunos términos:
  • Pasteurina: gaseosa hecha a base de Hierbaluisa, muy popular en Lima y que dejó de producirse a inicios de la década de los 90.
  • Club Alianza Lima, aliancista, espíritu "íntimo": refiriéndose a un legendario club de fútbol en Lima que nació en 1900.
  • Los Morunos: trío musical de Lima
  • La Cumparcita: nombre de un tango popular y antiguo.
  • Nisei: segunda generación de descendientes de japoneses
  • Sansei: tercera generación de descendientes de japoneses
  • Nikkei: se refiere a todos los descendientes de japoneses, sin distinción de grado de consanguinidad (nisei, sansei,yosei, etc.)

jueves, 29 de agosto de 2013

Cómo Algo Cotidiano se Convierte en Inmoral: La Desnudez en el Japón del Siglo XIX

El otro día encontré en Pintrest una foto que me llamó la atención. En ella se retrataba a una japonesa que se movilizaba en un Kago 駕籠, que era el transporte utilizado desde tiempos feudales en Japón.  
Consistía en una estructura simple de madera con una superficie acolchada usada como asiento y que era cargada por dos hombres sobre sus hombros.

(PARA AGRANDAR LAS IMÁGENES, HACER CLICK SOBRE ELLAS. VOLVER A HACER CLICK PARA REGRESAR AL TAMAÑO ORIGINAL).
Imagen tomada de Pintrest
Pero el Kago no fue lo que me llamó la atención, sino los dos cargadores, que estando casi desnudos y cubriéndose simplemente con un fundoshi 褌 o taparrabos japonés (muy parecido al mawashi 廻し que utilizan los luchadores de sumo), transportaban a su casi pudorosa pasajera que apenas se le podía ver el cuello y rostro.
Y así, vi varias fotos similares de la época, en donde aparecen hombres japoneses que estando casi desnudos fueron fotografiados en pleno trabajo, ya sea corriendo con la carta o paquete que tenían que entregar, o transportando un Kago sobre sus hombros. Incluso, vi la foto de una mujer y varios hombres, al parecer pescadores, que empujaban un bote hacia el mar. Todos estaban casi desnudos y vestían solamente un fundoshi (salvo la mujer, quien se mostraba también semi-desnuda de la cintura para arriba, pero en vez de fundoshi,  llevaba una falda).
Imagen tomada de Vintage Everyday
 
Imagen tomada de Flickr
Imagen tomada de Mini Dealer Blog
También recordé sobre los distintos matsuri que se celebran en Japón, y en donde muchas veces aparecen hombres semidesnudos cubiertos únicamente con un fundoshi, como el Hadaka Matsuri 裸祭り (o festival de la desnudez). O también el deporte tradicional de Japón, el sumo, en donde los luchadores o sumotori apenas se cubren con el mawashi. Es como si la desnudez fuera algo natural para Japón. 

Al comparar la foto de la japonesa en un Kago con otras de la misma época, en donde aparecen japonesas ataviadas con larguísimos y hasta nada sugerentes kimonos que denotaban cierto pudor y vergüenza ante el sexo opuesto; no pude evitar recordar en cómo era la Lima de antaño.
Imagen tomada de The Japan Times

Aquella Lima del siglo XIX, en donde era impensable ver a algún hombre semi-desnudo por las calles sin que alguna limeñísima señorita se ruborizara de vergüenza al ver a alguien del sexo opuesto en prendas tan ligeras.

De este modo, me parecía un poco extraño ver esa foto, en donde se resalta el contraste entre una mujer completamente vestida junto con dos hombres casi totalmente desnudos, justo en la misma época en que en la otra parte del mundo, el pudor se reflejaba explícitamente en los largos trajes de baño tanto de hombres como de mujeres, como vemos en la imagen a continuación.

(Imagen derecha) Una imagen vale más que mil palabras: La ropa de baño cubría casi todo el cuerpo a inicios del siglo XX. Propaganda de Lord & Taylor's, publicitando ropa de baño para adultos y niños (hombres y mujeres). Nueva York, junio de 1879). 
Imagen tomada de Keeppy

Pero, ¿por qué parece que en Japón la desnudez fuera algo natural? Creo que nuevamente la historia será la que se encargue de responder a esta pregunta. Así que retrocedamos un poco en el túnel del tiempo, hasta llegar al siglo XIX. 

Imagen tomada de Making Japanese
Cuando se habla del siglo XIX en Japón, específicamente vamos a referirnos a partir del año 1872, que es cuando el Ministerio de Justicia promulga la ordenanza Ishiki Kaii Joorei (違式詿違條例), en donde se va a cuestionar el tema del desnudo en el Japón de aquella época. 
Esta ordenanza constaba de 53 artículos que regulaban el comportamiento de las personas que atentaba contra la higiene pública, la seguridad, el orden y la decencia. Como toda ley, su incumplimiento ameritaba una penalidad. Las multas oscilaban entre 75 a 150 sen, o su equivalente, que era entre diez a veinte latigazos en caso que el infractor no pueda pagar. Pero a partir del año de 1876, solamente se aplicaron multas pecuniarias y detenciones o arrestos, dejando de lado los latigazos y otros castigos corporales.
(Para darnos una idea de cuánto ascendía una multa, el salario diario de un carpintero era de 40 sen en el año de 1874). 

Algunos de sus artículos, si bien varios de ellos eran a favor de las buenas costumbres como la prohibición de la venta de Shunga 春画 (imágenes eróticas), algunos eran a favor de la buena salud e higiene, como la prohibición de defecar u orinar en las carreteras o la de vender pescado malogrado.  
(Imagen derecha: Arte Shunga, por Katsukawa Shuncho (Año 1789)
Imagen tomada de Scholten Japanese Art
Sin embargo, habían algunos artículos que iban en contra de algunas prácticas, consideradas como inofensivas entre los residentes, como lo eran los tatuajes, los baños mixtos (uso de baños públicos por hombres y mujeres al mismo tiempo) o los desnudos o semi-desnudos en público. 
Los desnudos o semi-desnudos en público era una práctica muy común entre la gente que trabajaba a pleno sol. Esta práctica, que si bien era considerada como una ofensa por parte de los extranjeros y posteriormente, por las autoridades japonesas, era más bien una necesidad para contrarrestar el asfixiante calor que se sentía al trabajar en verano.
Por aquellos tiempos no se contaban ni con aire acondicionado ni ventiladores, y la única forma que había para regular la temperatura era quitándose la ropa. 
Así, era común, en los calurosos días de verano, ver a hombres que se despojaban de casi toda su ropa y solo se quedaban en fundoshi para trabajar en los campos o, incluso, a mujeres que se descubrían el torso, ya sea para trabajar también en el campo, hacer las labores de la casa o amamantar a los niños. 

Para comprender mejor cómo el concepto de desnudez era tan distinto a la concepción occidental, no podemos dejar de mencionar la existencia de los baños públicos mixtos en Japón, en donde muchas personas solían bañarse junto con otras personas, incluso del sexo opuesto.
Imagen Tomada de Art of the Print
(Imagen izquierda:  Imagen que apareció en la primera edición del informe oficial de la expedición del Comodoro Mathew Perry a Japón, en donde se muestra cómo era un baño público mixto en Shimoda (Shizuoka, Japón). Año 1856).  
Estos baños eran muy comunes por aquellas épocas en donde la gran mayoría no podía contar con una bañera en casa. Como vemos, esta semi-desnudez (o desnudez) no iba en contra de las buenas costumbres, sino que era considerada como algo natural y cotidiano, nada lascivo. 

La actitud que tomaron las autoridades japonesas ante la desnudez, la de castigar algo que por mucho tiempo atrás se practicaba como parte de la vida cotidiana entre las mayorías, no siempre fue así, y cambió recién cuando Japón se abrió al mundo occidental. 

Desde mucho tiempo atrás, las clases altas japonesas veían como algo normal la desnudez en público por parte de las clases trabajadoras. Era una marca casi distintiva de este estrato, puesto que ni los cortesanos, las autoridades ni los samurais podían aparecer en público mostrándose semi-desnudos. Sin embargo, muchos europeos no hacían esta distinción y consideraban a todos como japoneses, como si todos fueran iguales. 
Se cuenta(*) que en 1862, un diplomático japonés fue enviado a Prusia y se conmocionó al ver en un diario local la foto de un “típico” japonés . El personaje retratado no era un samurai impecablemente vestido, sino uno de sus sirvientes, quien apenas tenía puesto un fundoshi
Esta no era la imagen que las autoridades japonesas deseban proyectar a las potencias extranjeras, sino que era todo lo contrario, es decir, querían proyectar una imagen de personas elegantemente vestidas y "civilizadas" frente a los ojos europeos. 

Ya por el siglo XVI, Japón empezó a tener contactos con diversos países europeos, como Portugal, Holanda y, posteriormente, Estados Unidos, por lo que paulatinamente se implementaron una serie de medidas y leyes para modernizar a la sociedad japonesa y equipararla con la de las grandes potencias de aquella época. 
Las autoridades japonesas mostraban una gran preocupación por la imagen que Japón proyectaba hacia el mundo occidental, especialmente ante los occidentales que visitan Japón por aquellos tiempos, ya sea por asuntos de negocios, gubernamentales o de investigación y estudio. 
Muchas de las prácticas o costumbres que tenía (y tiene) Japón, diferían notablemente con las de occidente, y hubieron muchas que incluso parecían “incivilizadas” desde el punto de vista occidental, por lo que se decidió “civilizar” u occidentalizar las costumbres de los connacionales y así tener una mejor imagen ante la comunidad internacional. (Recordemos, como ya se habló en un post anterior, las medidas tomadas para "japonizar" (occidentalizar) Okinawa, en donde se prohibió la práctica del Hajichi (tatuajes en mujeres), el chamanismo, e incluso el Uchinaguchi (lengua local de Okinawa), prácticas consideradas como "incivilizadas"). 

Casi todos los extranjeros en Japón frecuentemente miraban con asombro algunas costumbres, pero también miraban con repudio y criticaban otras, como la desnudez pública; seguramente influenciados por las pudorosas ideas victorianas de la época, que consideraban a la desnudez como algo indecente e incivilizado. 

Pero mayor era el escándalo cuando observaban cómo hombres y mujeres japoneses usaban indistintamente los baños públicos. Las casas de baños públicos contaban con bañeras separadas para hombres y otra para mujeres. Pero habían varias que contaban con solo una única bañera en donde hombres y mujeres se bañaban juntos. La diferencia entre mantener una sola bañera o dos, era principalmente por razones de economía, puesto que se ahorraba tiempo y dinero para su mantenimiento. 
Así era la manera como pensaban los dueños de estas casas de baños, un argumento que alejaba cualquier intento de asociar alguna lascividad, o incluso lujuria, en una situación como ésta (según la óptica occidental), en donde hombres y mujeres se encuentran desnudos. 
Pero no olvidemos el contexto y el momento en que se desarrolla esta situación. 

Para occidente (sea en tiempos antiguos o modernos), es común asociar la desnudez con sexo. La ropa cubriría aquello que uno desea ocultar, generalmente por pudor, y la falta de ésta, a su vez, sugeriría una invitación a la intimidad. 
Pero si tenemos en cuenta el lugar, la circunstancia y el momento en que se ocurre un desnudo, estaríamos equivocados si pensamos que el concepto de desnudez siempre tendrá la misma connotación.
 
En el Japón de los tiempos feudales, e incluso hasta inicios del siglo XIX, la desnudez no representaba por sí sola el erotismo que en occidente así lo representaba. Para Japón, la ropa jugaba un papel fundamental dentro del erotismo. Los kimonos fabricados en finas sedas, con varias capas sobrepuestas, creaban cierta fantasía entre los hombres, dado que las únicas mujeres que podían usarlas eran las cortesanas y geishas, más no las mujeres del pueblo. La fantasía por un cuerpo cubierto en finas sedas contrastaba con la imagen de un desnudo en sí, sobretodo en el desnudo habitual, que no transmitía nada erótico. Por ejemplo, ver a una mujer semi desnuda lavando la ropa, algo que era cotidiano y por lo tanto, algo que era normal, no transmitía ningún mensaje sexual. 

Así vemos, las varias representaciones del arte Shunga, la pornografía de Japón del siglo XVII, en donde los protagonistas visten bellos y finos kimonos mientras mantienen relaciones sexuales. 

Sin embargo, las críticas occidentales que consideraban a los baños públicos mixtos como algo pecaminoso presionaban aún más a las autoridades japonesas; por lo que en 1890, la policía de Tokyo emitió una orden que prohibía los baños públicos mixtos (la policía contaba con amplios poderes para emitir órdenes en busca del “bien público”). Esta orden no se aplicaba en forma general, sino en determinadas áreas, como Yokohama y Tokyo, que eran algunas de las ciudades importantes de Japón y en donde residían mayormente los extranjeros. Vemos así, como la ley actuaba a favor del "buen ver" de los extranjeros en Japón, en perjuicio (y hasta menosprecio) de sus propios connacionales.

Sin embargo, no siempre se podía cumplir con la ley. La mayoría de los propietarios de estos baños públicos no podían realizar las renovaciones necesarias para convertir sus baños mixtos en baños separados para hombres y mujeres, como así mandaba la ley, por lo que simplemente colocaban una cuerda en el medio de la bañera para separar las secciones para hombres y mujeres. De esa forma, cumplian con la ley, pero no como realmente se tenía que hacer. 

Ya para 1900, el Ministerio de Hacienda prohibió los baños públicos en todo el territorio japonés y fue más explícito en este caso, puesto que exigía que si se deseaba continuar con el negocio de los baños públicos, éstos deberían de tener una área para hombres y otra para mujeres. 

De este modo, se obligaba a los dueños a colocar muros y otras estructuras en la bañera para evitar que los hombres y mujeres puedan verse mutuamente mientras estuvieran bañándose. Sin embargo, esta costumbre, de bañarse en compañía del sexo opuesto continuó incluso hasta hace pocas décadas atrás, como en los onsen 温泉 o aguas termales. 

Contrastando con la cultura occidental, las clases bajas o trabajadoras solían tomar baños con mucha frecuencia. Estos trabajadores japoneses, como los carpinteros, albañiles entre otros, se bañaban frecuentemente dos o tres veces al día. Y aquellos que gozaban de la cercanía de algún onsen, la frecuencia y duración de un baño era mayor, especialmente en invierno, que era cuando las aguas termales servían como un excelente calefactor y la gente solía permanecer en sus aguas para mantenerse calientes. 

Si bien los baños públicos mixtos eran censurados, la situación era (casi) distinta a la que sucedía en las playas, que era un lugar donde aparentemente habría mayor libertad para bañarse desnudos. 
A finales del siglo XIX, solo los más acaudalados podían ir a la playa para distraerse y divertirse. 
Antes de la aparición de los trenes o autos en los años 20, la forma más usada para trasladarse eran los carruajes, por lo que tomaba mucho tiempo en solo ir a la playa. 

Generalmente, los bañistas permanecían por varios días o semanas en las casa de playa y eran los más acaudalados quienes podían comprar o alquilar esas casas y tomarse un tiempo libre para relajarse en la playa. La mayoría de los japoneses, aquellos que pertenecían a la gran mayoría, trabajaban duro en los campos día tras día, por lo que las clases altas eran las que generalmente acudían a las playas y, por lo tanto, no existía el peligro de algún desnudo en público ya que generalmente solo la clase trabajadora incurría en esta práctica "pecaminosa" (según la crítica occidental). 

A lo largo del siglo XIX, el arte de estilo europeo gradualmente comenzó a tener aceptación en Japón, desplazando al arte típico japonés Shunga. Sin embargo, no fue hasta 1894 en que Seiki Kuroda, un artista japonés, pintó y exhibió en público un desnudo estilo europeo como una obra seria de arte.
La pintura titulada "Morning Toilette", representa a una mujer completamente desnuda parada al frente de un espejo mientras se arregla el cabello.  
Imagen Tomada de Study Blue


Cuando Kuroda exhibió su obra en Tokyo, provocó cierto escándalo, a diferencia de Kyoto, una ciudad aún más tradicional, que fue en donde causó una mayor polémica, convirtiéndose en un objeto de dicusión y controversia. 

Aquí hay un punto importante que nuevamente sale a colación: la costumbres con respecto a la ropa y desnudez son arbitrarios y específicos a un determinado tiempo y espacio. Con el paso de los años, frente a una sociedad industrializada y consumista, los japoneses aprendieron que el desnudo puede atraer la atención en el mundo de la publicidad. 
Cuando los desnudos de estilo europeo (aquellos en donde se muestra el desnudo como tal, a diferencia del shunga japonés) se volvieron aceptables como arte, los publicistas empezaron a utilizar pinturas al ólo representando a mujeres desnudas, con el fin de vender cerveza, cigarrillos y otros productos consumidos mayormente por el público masculino. 



Imagen tomada de Tokyo Times de Lee Chapman
Pero al igual que en los tiempos antiguos, existió la censura a favor de la decencia. Por ejemplo, la propaganda del vino oporto Akadama Port Wine de 1923, que a pesar de la casi inocencia que proyecta, fue una imagen muy controvertida para la época. Pero, ¿por qué? 

(Imagen izquierda: Póster publicitando el vino de oporto Akadama Port Wine (año 1923)


Es un poster que se elaboró a partir de una foto retocada de la cantante lírica Matsushima Emiko sosteniendo una copa de vino de oporto. Parece que estuviera desnuda, o al menos, semidenuda, pero solo vemos sus hombros y la parte superior de su pecho desnudo.  Como actualmente se diría, "no se ve nada".


Pero, ¿por qué se criticó esta propaganda si ya existían pinturas más explícitamente sexuales, como la Morning Toilette de Kuroda? 


Simplemente, porque el póster no era una pintura, sino una foto retocada. El desnudo, considerado como un arte, solo estaba limitado a las pinturas al óleo, aquellas obras que tomaban tiempo en ser terminadas, lo que contrastaba con la casi rapidez de una cámara fotográfica. Viéndolo así, para aquella época, este póster no era una obra de arte, sino simplemente algo pornográfico. 
Y tomando este póster como ejemplo, actualmente vemos muchos casos en donde hay cierta controversia entre definir lo que es un desnudo artístico o simple pornografía. Eso ya depende de la forma cómo se vea (y considere) una imagen.


Hasta ahora, hemos recorrido solo una parte de la historia de Japón para hablar sobre algo tan sencillo y natural, pero a la vez aún controversial, como es el desnudo. Así, vemos  cómo una práctica de la vida cotidiana, como era el desnudo cotidiano en el Japón pre-moderno, se convirtió en algo inmoral, simplemente por el perjuicio de una sociedad foránea que era el mundo occidental.

FUENTES:

LA SANBASAN (PARTERA) "MÁS FAMOSA" EN LA LIMA DE LA PREGUERRA: LA SANBASAN TOKESHI

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930.  Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial.  En ese día, hubo un...