miércoles, 15 de abril de 2015

El secreto del éxito de los primeros comerciantes japoneses en el Perú

En estas últimas semanas he estado escribiendo para una revista online (Punto de Encuentro). Me dijeron que escriba cualquier cosa que esté relacionada con la cultura japonesa o nikkei. 
Y eso hice, pero me doy cuenta que casi todos los artículos que he escrito tratan sobre antiguos negocios de japoneses en Lima: peluquerías, cafetines y hasta fábrica de chicha de jora. Simple casualidad. 

Y no solo eso, la lista se alarga aún más, si incluyo a otros negocios que recuerdo como fondas, encomenderías, fábrica de carrocerías, panaderías, entre muchos otros. Además, ¿Quién no ha tenido que ayudar alguna vez en el negocio de la familia? Quizás muchos de nosotros recordamos a la tienda del oji o de la oba. 

Así que es inevitable decir que el oficio de la mayoría de los primeros inmigrantes japoneses en el Perú era el de “comerciante”. Después del trabajo en las haciendas o ingenios azucareros, los primeros inmigrantes japoneses decidieron incursionar en los negocios. 

Lo único que tenían eran sus ganas de trabajar para sobrevivir. Ellos vieron una oportunidad de negocio en todo, como dice la frase: “Donde hay una necesidad, hay una oportunidad de negocio”. Y parece que les fue bien. 
Muchos tuvieron éxito y tuvieron negocios prósperos que hasta se referían de ellos cariñosamente como “su mina de oro”, como así he escuchado de algunas personas y de mi propia oba. 

¿Cuál habrá sido su secreto? Viendo a mi propia oba, yo diría que es una mezcla entre suerte y dedicación. Pero no era solo eso. 

PRECIOS BAJOS 
En el caso de las pulperías o tambos, una de las razones de su éxito era principalmente los bajos precios[1], que no siempre llegaba a gustar a todos, sobretodo a la competencia: “[…]Menos fácil para el crédito que el chino, atrae, sin embargo, tanto como él al peruano, por la baratura con que su sistema de trabajar en familia o simplemente por la alimentación, le permite una mayor ganancia dentro de un precio menor. Castiga deliberadamente los precios, por debajo del costo, para arruinar a los competidores o para asegurar la clientela.”[...][1] 

Y para quienes se preguntan si existía el “fiado” (o dar al crédito) en aquellas épocas, la respuesta es “Sí”. 
El crédito o “fiado” también se practicaba en muchos negocios de japoneses, creándose un vínculo más cercano entre la gente del barrio y el comerciante japonés. 



ROTACIÓN DE PRODUCTOS
Aunado a los precios bajos, la rotación de los productos (mercaderías) genera siempre una expectativa positiva frente a los clientes, que siempre estarán esperando por las novedades del momento. 

“[…]Una de las razones por las cuales las bodegas del tipo del «chino de la esquina» se multiplicaron con facilidad, era el sistema comercial adoptado, que se basaba en precios bajos y muchas ventas.[…]”[2]
Muchas bodegas, encomenderías o pulperías fueron traspasados a comerciantes japoneses, quienes las adquirieron de otros inmigrantes como chinos e italianos. Y el secreto también pasó de manos.

En realidad, nadie perdería con este sistema. El dueño de la tienda gana más vendiendo más productos y sus clientes también, adquiriéndolos a precios bajos. Lo importante es rotar rápidamente la mercancía.[2] 


BUEN AMBIENTE 
Pero si un negocio tiene un ambiente soso y hasta aburrido, podría espantar a los clientes hacia la competencia y con esto, las ganancias. 

“[…]el japonés, sobre todo el dueño de pulpería o de tambo, hace de su negocio un centro de concurrencia, de información y de influjo[…] Instala el fonógrafo o el radio para convertir su tienda en una especie de menudo centro social en el que se sigue consumiendo[…]”[1]. 

Tiene una similitud con lo que vemos ahora, en donde se acostumbra “amenizar” el ambiente de un negocio, con algo de música de fondo o simplemente con noticias del momento de la TV. 


BUEN TRATO Y AFINIDAD CON LOS CLIENTES 
Otra razón que explicaría el secreto del éxito en los comerciantes japoneses sería la preferencia de los clientes. 

“[…]Un cliente promedio entraba sin mayores problemas a cualquier negocio administrado por un japonés, pues se sentía superior a él. En cambio, se le hacía difícil ingresar al negocio de un italiano o de otro peruano, que venían a ser lo mismo que él […]”.[ 2] 

Es algo confusa esta razón, pero también es una de las razones del florecimiento de las tiendas de los japoneses de la Segunda Guerra Mundial. 
Los negocios de bodega y café “[…]eran deseados por casi todos los inmigrantes extranjeros y a los mismos extranjeros les gustaba comprar en ellos por el trato amable, cortés y amistoso que recibían de parte de los japoneses y por el ambiente agradable del local. Los japoneses, si bien no eran de tan buenos modales como los europeos, eran más caballerosos que los chinos.[…]”[2] 

"...afinidad con los 
"cholos y pobres..."
Vista del salón restaurante del Sr. N. Ueno
ubicado en la Calle del Puno 300, Lima.
(Imagen tomada de: 
Álbum Gráfico e Informativo de Perú y Bolivia.
Lima. Nippo Shimpo. 1924. Pág. 237.)
Y fantaseando quizás un poco, también se dice que otra de las razones del éxito entre los japoneses era la estrecha afinidad que los japoneses encontraron con “los cholos y los pobres”.[1] Otra razón que explicaría el por qué los japoneses promovían el comercio y la amistad entre los nativos. 

Con el ejemplo de la similitud de Manco Cápac postulada por Loayza por los años 20, algunos creían en un origen común entre los japoneses y la gente del Ande. Este contacto comercial entre japoneses y los nativos, se basaría en esta creencia. Hasta se podría decir que era como un slogan: “Compre en familia”[1] 


LARGAS HORAS DE TRABAJO (DEDICACIÓN) 
Pero las cosas no se obtienen fácilmente. Hay que tener dedicación y ser constantes. 
Por eso, las largas horas de trabajo es otra de las razones de su éxito. 

En el caso de los cafés y cafetines, los japoneses eran mayormente quienes los administraban. “[…]Estos establecimientos requerían de unas 17 horas de trabajo diario y de una atención muy detallosa y, según la fuente mencionada [informe presentado en 1937 por el director de turno de la Federación de Comerciantes Japoneses del Perú al cónsul de aquél país], a los peruanos no les gustaba trabajar mucho y, por lo tanto, no les interesaba esta actividad.[…]”[2] 

"[...]En 1936, un inmigrante japonés que administraba una panadería que también ofrecía café, escribió en su diario que sus empleados trabajaban en turnos de mañana y noche, y que por eso en su local se atendía las 24 horas del día (Nakachi 1979:892). Incluidos los descansos, los turnos eran de 18 horas en la mañana y de 15 en la noche. Otro ejemplo es la declaración de una japonesa que administraba ella sola un café. Según esta mujer, en su establecimiento el horario de atención era de seis y media de la mañana a dos y media de la madrugada. Si a esto se le sumaba el tiempo que tomaban los preparativos para iniciar la atención y los arreglos después de cerrar el local, sólo(sic) le quedaban de una a dos horas para descansar (entrevista realizada en Lima el 23 de marzo de 1997).[...]"[2]

Tantas horas de trabajo no eran en vano. El negocio tenía que estar abierto la mayor parte del tiempo, sacrificando el descanso y la vida familiar, si es necesario. 

El objetivo: los japoneses querían ganar y ahorrar dinero lo más rápido posible para así, hacer realidad su sueño de regresar a Japón y tener una vida mejor. (O tener una vida mejor en el Perú). 

Se afirma que esta costumbre de trabajar mucho fue traída por los chinos (entendiéndose así porque la inmigración china fue anterior a la japonesa): “[…]Los chinos trajeron una forma distinta de hacer negocios al Perú. Para los [comerciantes] peruanos, representaban una doble amenaza. Por un lado, perdían cliente; por otro, para no perder clientela, no les quedaba otro camino que ampliar su horario de trabajo.[…]”[2] 

Yo recuerdo, por ejemplo, que mi mamá pasaba la mayor parte del día en el cafetín de mi oba. Incluso, trabajaba los domingos y yo casi no la veía en casa. Y seguramente, muchos de nosotros recordaremos experiencias similares, en donde la vida familiar era casi nula y los padres (o abuelos) pasaban más tiempo en el negocio familiar. 


OFERTAS Y PROMOCIONES 
Además de los bajos precios, merece nombrarse también, a las ofertas y promociones. 
Esta razón del éxito de los negocios de los japoneses, se aplicaría más en las tiendas comerciales, como la Sedería Kudo del Centro de Lima y sus “realizaciones de verano” o la Locería Takumi con sus “obsequios para todos sus compradores” y “gran rebaja de precios”, como dicen sus avisos en primera plana en El Comercio de 1938. 
Y realmente, había muchos otros negocios. 

Los dueños querían premiar la fidelidad de sus clientes haciendo sorteos y regalos. 
Un ejemplo de un sorteo bastante peculiar lo hizo la casa Y. S. Yoshida de Chiclayo. Sus clientes, acostumbrados a sus promociones y campañas de navidad y 28 de julio, se sorprendieron cuando se sorteó un auto. Era nada más y nada menos que el propio auto de uno de los sobrinos de Ychitaro Yoshida, el dueño del establecimiento.Un afortunado lambayecano se ganó el auto y Kakuo, el dueño del auto, le entregó el premio "tranquilo, como si nada". [4]


Diario El Comercio. (12/FEB/1938)
Diario El Comercio. (01/FEB/1938)


MUCHO INGENIO ANTE LA ADVERSIDAD 
Lo importante también era la proactividad o el ingenio, como el caso curioso de Heitaro Hayashi, dueño de la Compañía Hayashi. 

Se cuenta que al siguiente día de su llegada al Perú , Hayashi compró productos cosméticos, pantimedias y pañuelos y los vendía en un barrio rojo. Las prostitutas compraban sus productos y con las ganancias obtenidas Hayashi pudo comprar más mercadería. Y como la cortesía es obligatoria en todo negocio, hizo tarjetas en donde se podían leer las frases de “Buenos días” y “muchas gracias”, ya que no sabía hablar español. Esos eran los inicios de lo que sería posteriormente la próspera Compañía Hayashi[3]


BUEN TRATO A LOS EMPLEADOS 
Aunque era común que los dueños de los negocios emplearan a sus propios familiares y paisanos, también contrataban a empleados peruanos. Aunque no lo crean, uno de los secretos para tener éxito es tener empleados contentos.

Darles un buen trato, garantizará que se sientan identificados con el negocio, resultando en un buen trato a los clientes y una confianza mutua, entre empleados y dueños. Y creo que esa es la base de un buen negocio. La casa Y. S. Yoshida de Chiclayo recuerda que sus empleados “[…]no robaban, porque comían bien, los vestían bien y les daban buenos regalos, trabajaban con gusto.[…]” 

Con 7 peruanos y 8 japoneses trabajando en la tienda, la casa Yoshida brindaba un trato como de familia a sus empleados. “[…]vivía la familia en el segundo piso y los empleados tomaban desayuno (ochá) y almorzaban, servían muy bien. Había una buena cocinera. Al mediodía se tocaba una pequeña bocina o corneta y era señal para que un grupo almorzara y después que terminaban, tocaban de nuevo la bocina; el primer grupo pasaban a los mostradores y el segundo grupo se iba a almorzar. Al momento del almuerzo decían «Gohan, Gohan» que quería decir “a comer”. Los domingos hacían comida especial para todos los que trabajaban y vivían en el local. El señor Ychitaro y su sobrino Kakuo trataban bien a los empleados. A todos les regalaba ropa. A los varones les daba tela de casimir inglés. A mí me llevaba a un sastre, Guevara, para que me hiciera un terno a la medida. En los días de festividad (Fiestas Patrias, Navidad, Año nuevo) nos hacia buenos regalos.[…]”[4]

Actualmente, muchos de estos secretos (o "tips", como lo llamaríamos ahora), se ponen en práctica en los actuales negocios (o por lo menos, en la mayoría de estos). 
Realmente, me dejó pensando. Los primeros comerciantes japoneses en Lima sí que sabían como tener éxito (y seguro, que también sabían "eso" que conocemos ahora como "marketing"). 


-------------------------------------------------------------------------------------------------------------
FUENTES:
[1] JOCHAMOWITZ, Luis. Ciudadano Fujimori. Lima. 1993. Pág. 321 

[2] YAMAWAKI, Chikako. Estrategias de vida de los inmigrantes asiáticos en el Perú. Lima. Instituto de Estudios Peruanos. Pág. 93, 94, 97 

[3] NACLA (North American Congress on Latin America). Report on the Americas, Volume 35. Pág. 30. (Mencionado también en: NGUYEN, Victoria. ¿Quién eres? ¿Quién soy?: El papel de la otredad en el desarrollo de la identidad asiática en el mundo hispano. 2013. Honors Thesis Collection. Paper 134. Wellesley College. Pág. 79 

[4] ROCCA TORRES, Luis. Japoneses bajo el sol de Lambayeque. Universidad Nacional "Pedro Ruiz Gallo” y Asociación Peruano Japonesa del Perú. Lima. 1997. Pág. 55, 56.

lunes, 23 de febrero de 2015

Nuestros Ojichan y Obachan: Aquellos Olvidados de las Casas de Reposo

Para las fechas, soy un poco despistada, pero los 20 de febrero, para mí, tienen un significado especial.

Yo tenía una tía que nació un 20 de febrero, pero nunca celebraba sus cumpleaños. Ese día, ella siempre me decía: “¿Tu sabes qué día es hoy? Hoy es el santo de Haya De La Torre” No sé si me lo decía por hacerme una broma, porque mi familia era casi apolítica.
Pero a ella le gustaba mirar los noticieros y si salían políticos, mejor. Aunque ella no entendía mucho, le gustaba escuchar los debates. Casi no le hacía caso. “Ah, ya… ahorita vengo” era lo que casi siempre yo le contestaba cuando me hablaba sobre sus cosas. Y me iba. 

Ella vivía cerca de la Casa del Pueblo y cada 20 de febrero, ella podía escuchar desde su casa los aplausos y hasta los cohetes que algunas veces lanzaban en plena algarabía. Quizás era por eso que ella recordaba muy bien los 20 de febrero, no como su cumpleaños, sino como la noche aprista. 
En casa nadie le celebraba su santo y ahora que ya no está con nosotros, creo que esa algarabía ajena, le alegraba un poco el día. 

No creo que fuéramos malos por no haberle celebrado sus santos, a pesar que ella vivía en nuestra casa. Cada uno de nosotros, “andaba con sus cosas”. Mi mamá, por ejemplo, estaba más ocupada en los asuntos de casa, cocinando o lavando. Nosotros, los “chicos” de la casa, pasábamos más tiempo en la calle que en la casa: había que trabajar y estudiar. Y ella, ya era una persona muy mayor, sin hijos y sola. El día se mudó a nuestra casa fue cuando empezó su verdadera soledad. 

“Me trae muchos recuerdos de él. ¿Puedo vivir con ustedes?” fue lo que nos dijo esa misma noche del velorio. Ella ya no quería vivir en su casa, porque le traía muchos recuerdos de su esposo. Pero no eran bonitos recuerdos, sino recuerdos de una convivencia de más de 50 años. Eran recuerdos de una rutina que la llenaban, de sentirse útil para otra persona. Mi tío era mucho mayor que ella y en todo ese tiempo, mi tía fue la que lo estuvo cuidándolo.

“¡Sí!, ¡claro que te quedas con nosotros!”, fue lo que le respondí cuando regresamos del velorio. Yo misma estaba entusiasmada y me puse a arreglarle un cuarto que teníamos vacío. ¿Cómo no iba a estar contenta? Yo iba a tener viviendo bajo el mismo techo a mi tía, la misma que me engreía un montón y me compraba mis juguetes cuando era una niña. 
Pero, sin darme cuenta, poco a poco, ese entusiasmo por tener a mi tía cerca, se fue convirtiendo poco a poco en indiferencia y finalmente, en estorbo. 

Los “chicos” de la casa, que éramos nosotros, estábamos más entusiasmados con nuestras propias vidas y mi mamá nos alentaba. “¡Diviértanse!”, “¡Estudia mucho!” o “Regresa temprano” y otras frases que ella nos decía y en la que nuestra tía, ya mayor, no estaba incluida.

Mi tía solía pasar los días encerrada en su cuarto. Solo bajaba a la sala por las mañanas para ver la TV o a leer los periódicos y para comer. No había otra persona que “tuviera el tiempo” como para sentarse con ella y conversar, aunque sea de cualquier cosa o de llevarla a pasear. Y ella, nunca se quejaba. Sabía que esa no era su casa. Y nosotros, no éramos sus hijos. Así que habrá pensado “para qué decirles lo que necesito o quiero”. 

Un día, ella tuvo un accidente. Todos estábamos haciendo “nuestras cosas”: mi mamá estaba en su cuarto descansando y mis hermanos, trabajando. Yo en cambio, estaba de regreso de una entrevista de trabajo cuando sucedió el accidente. Ni bien abrí la puerta de la casa, veo cómo mi tía cae por las escaleras. Se golpeó la cabeza y la llevamos de emergencia. 

Estuvo hospitalizada en la clínica y su diagnóstico fue devastador, tanto para ella como para nosotros: demencia senil. Ese fue el único día en el que nos dimos cuenta que ella necesita mucha más atención de nosotros. Pero la vida continúa y había que trabajar, así que fui yo, la que aún no trabajaba en ese tiempo, la que tenía que cuidarla. 

Me quedaba en casa y casi no salía y trataba de cuidarla lo mejor que podía. Así pasaron varios meses, creo que fue un año. La familia, de repente, se alejó. Quizás pensando que representaría alguna carga económica para ellos. Y nos dejaron solos a nosotros, los “chicos de la casa”, o más bien, me dejaron sola con el “problema”. 

Mi hermano estaba en Nihon y mi hermana, trabajando aquí en Lima. Yo acababa de terminar la universidad y ya estaba cuidando a una persona con demencia senil. Mi mamá, en cambio, siempre estaba en casa pero no entendía muy bien la enfermedad y pensaba que era “engreimientos” de mi tía, así que no le hacía caso. 
Así que yo era la única que tenía que cuidarla. 

Yo veía a mis primos y amigos que viajaban, trabajaban o se iban becados y yo también quería hacer lo mismo. Pero no podía. Yo estaba atada a mi tía. Y esa era la palabra con la que yo definía mi relación con mi tía, la misma que cuando estaba más joven y sana, era mi tía favorita que me compraba todos mis juguetes; pero que ahora, ya vieja y enferma, me parecía una carga. 

Recuerdo que una noche ya no podía más y decidí que ya era momento de pedirle ayuda a mi hermano que estaba de viaje. “Regresa, quiero que me ayudes a resolver las cosas aquí”. Y así lo hizo. Regresó al Perú y me ayudó hasta decir basta. Me ayudó a cuidarla, a llevarla a sus controles y a pagar sus tratamientos. En fin, todo lo que una persona con demencia senil necesitaba. Ya para cuando llegó mi hermano, mi tía no caminaba ni hablaba. Ella estaba físicamente bien, pero su mente tenía el control de su cuerpo. 

Si no fuera por mi hermano, no sé qué hubiera hecho. 

Pasaron varios meses en los que ella estaba echada en cama y yo no la podía llevar a la clínica, ni siquiera la podía mover. No tenía a nadie que me ayudara. 

La familia, que venía a visitarla cuando estaba “bien”, ya no estaba para ella. No había ni “kosai”, ni visitas ni llamadas por teléfono. Tenían miedo de preguntar, de sentirse comprometidos con alguien. Ni siquiera me preguntaron cómo yo estaba manejando las cosas o si yo necesitaba algo para ella. Así que todo lo hice a mi modo y recién cuando vino mi hermano de viaje, con él fue con quien iba a todos los sitios que mi tía necesitaba ir. 

En fin. Pasaron como 2 meses y mi hermano ya tenía que regresar a Nihon. Él tenía aún cosas pendientes allá. Y yo, ¿qué hago? En esos 2 meses que él estuvo, yo sentí que tenía a alguien en quien apoyarme y no me sentía sola frente a la enfermedad de mi tía. Pero, si él se iba, ¿quién iba a ayudarme con ella? ¿Quién me iba a ayudar a llevarla a sus controles? ¿A darle de comer? O, ¿en quién podía confiar? 

No nos quedó otra alternativa que internarla en una casa de reposo. Buscamos opciones de todo tipo: asilos estatales y particulares. Los estatales no recibían a pacientes como ella. Y los pocos particulares que había, no nos convencían. Algunos eran demasiado caros y otros, estaban algo lejos de casa. 

Al final, nos decidimos por uno, que era “aceptable”, en precio y atención. Veíamos las propagandas en donde todos dicen que los “abuelitos recibirán mucho amor y cuidado, como si estuvieran en casa” o ponían la foto de unos abuelitos felices, haciendo manualidades o cantando en grupo. “¡Mira!, no se va a aburrir. Va a estar con gente de su edad”, era lo que decíamos entre sí. 

Fuimos a varias casas de reposo para ver las instalaciones y veíamos, sí, a varios abuelitos “felices” mirando TV, sentados en un cuarto pequeño o a algunos echados en su cama cuando, en realidad, ellos eran una muy pequeña muestra de lo que se ve realmente en las casas de reposo. 

“Nos parece bien”. Hicimos los trámites respectivo y ya al día siguiente, llegamos con mi tía y sus pocas cosas a una casa de reposo. Ella ni se daba cuenta (o eso era lo que creíamos). 

Pasaron las semanas e íbamos a visitarla una vez a la semana. Nos quedábamos media hora o hasta menos. Solo la veíamos dormir en su cama. Ella no nos quería ver, prefería tener los ojos cerrados. Parece como si estuviera molesta por haberla internado en esa casa. 

Pasaba todo el día echada en la cama, con los ojos cerrados. Ella vivía su propio mundo, en donde sus recuerdos de infancia y de los buenos tiempos se hacían visibles solo con los ojos cerrados. A veces abría sus ojos, pero solo para ver quién había venido a visitarla. Cuando nos veía, los volvía a cerrar. 

Solo unos familiares fueron a visitarla un par de veces, pero se aburrieron. “No nos reconoce” fue el pretexto y dejaron de ir. 

Pero en ese asilo también había una amiga de mi mamá. Ella estaba casi bien, solo que tenía problemas en sus brazos y piernas y necesitaba ayuda para movilizarse. Aunque su familia le brindaba todo los cuidados necesarios y la visitaba todas las semanas, la sacaban a pasear y la llevaban a las reuniones familiares y del sonjin, ella no estaba muy contenta. 

Cuando yo iba a visitar a mi tía, pasaba a visitar también a esa señora. 
Estaba contenta de vernos y nos conversaba. Nos contaba lo que pasaba en la casa de reposo, la gente nueva que entraba o lo que mi tía hacía en esa casa (si comía o no, entre otra cosas). Pero casi siempre el brillo de sus ojos se iban apagado a los pocos minutos que conversaba. Toda la conversación giraba en torno a la casa de reposo. Esa era su vida, al igual que la de mi tía y la de todos los que estaban internados en esa casa. 

En esa casa de reposo, había como 5 nikkei que dependían de las enfermeras para poder comer, moverse, bañarse o ir al baño. En el rostro de cada uno de ellos, podía ver a mi tía.

De ese grupo, había uno que parecía estar siempre solo. En todo ese tiempo que estuve yendo a esa casa de reposo, no había visto a ningún familiar que lo visitara. Él no podía hablar y estaba postrado en una silla de ruedas. Pero tenía una mirada perdida y melancólica, quizás recordaba algo pero no lo podía decir. Su único mundo era su silla de ruedas. 

Yo veía a mi tía y lo único que era suyo era su ropa, que tenía escrita su nombre en la parte de la etiqueta con plumón indeleble, según dijeron los responsables de la casa, para evitar que se confunda la ropa en la lavandería. Pero ni eso, porque muchas veces se perdía su ropa y ella tenía la ropa de otro internado y viceversa. Todo lo demás, era de la casa de reposo. 

Y pensar que, hasta hace unos años atrás, ella tenía casa propia, en donde ella podía levantarse a la hora que quería, comer lo que ella quería y decorarla a su gusto. Pero por la edad y la enfermedad, de nada sirve tener de todo cuando no se tiene a nadie. 

Sin hijos, sola y vieja, tuvo que mudarse a nuestra casa, en donde nosotros ya teníamos nuestra propia rutina y ella, tenía que adaptarse a ella. Y en esa casa de reposo, adaptarse nuevamente a una nueva rutina. Algo triste. 

Yo dejé de visitarla seguido y casi siempre, solo pasaba a dejar las cosas que necesitaba (pañales, guantes desechables, caja de huevos, medicinas). Yo me sentía cansada de verla en ese estado. Me deprimía aún más. Y no tenía a otra persona que vaya a verla. 

Lo que más me dolió fue cuando un familiar me dijo: “Tu tía ya no me reconoce. Ya para qué voy a ir a verla… Ah, nació el hijo de tal, siempre trato de visitarlo una vez al mes”. 
Mi tía también se comportaba como ese bebé que nació, pero todos preferían ver al bebé “de verdad”. 

Por eso, sentía como que era una obligación y yo ya no disfrutaba la visita. 

Dejé también de visitar a la amiga de mi mamá. Después de un año, mi tía falleció. Para mí fue un alivio. Estaba muy molesta con ella. “¿Cómo pudo haberme hecho pasar por todo esto?” es lo que siempre pensaba. Yo estaba muy resentida con ella, por haberme hecho sufrir con su enfermedad. 

Ya han pasado 2 años desde que ella se fue. Y el tiempo fue lo mejor para mí, para olvidar lo “malo que ella me hizo” y tratar de recordar solo los mejores momentos que pasé con ella. 
Si pudiera retroceder el tiempo, no diría que yo volvería a cuidarla igual, como muchos dirían. Realmente, yo lo pensaría dos veces. 

Pero, hay tantos oji y oba que podemos encontrar en muchas casas de reposo y que muchas veces son olvidados por muchos de nosotros. 
Hay algunos que tienen la suerte de tenerlos con buena salud mental y pueden conversar con ellos, pero aun así, los olvidan y solo los visitan cuando tienen tiempo. 

Realmente, no me gusta la idea de las casas de reposo, me traen muchos recuerdos muy tristes. Pero es algo necesario, sobretodo en estos tiempos, en que la vida corre muy rápido y uno tiene que tratar de adecuarse a ella o cuando uno ya no puede brindarle los cuidados mínimos en casa por sí mismos. 

Hay otras personas, en cambio, que dejan de visitarlos porque seguramente se encuentran fuera del país o por el trabajo o los múltiples compromisos sociales que tienen o porque “simplemente” ellos se portaron mal de jóvenes y “ahora pues, tienen lo que se merecen”, como algunas veces he escuchado de algunos extraños. 

Pero ella (mi tía) fue un caso de los muchos que podemos encontrar en las diferentes casas de reposo que hay en Lima.

A veces, veo en los periódicos la parte de “sociales” y veo fotos de donaciones grandes o actividades por el día de la madre o del padre que se hicieron en casas de reposo en donde hay un buen número de nikkei. Pero, ¿y qué hay sobre los que están con problemas de salud, sobretodo mental? Porque los que veo en las fotos, son los que están en sillas de ruedas o pueden caminar, pero tienen la facilidad de poder comunicarse con los demás; a diferencia de aquellos, como mi tía y algunos de sus compañeros de asilo, que tenían problemas neurológicos y mentales y se prefiere que éstos se mantengan fuera de la luz pública. 

Mirando como un ejemplo, a muchos de ellos podemos encontrarlos en diversas casas de reposo en Pueblo Libre, uno de los distritos con mayor número de nikkei. Pero son olvidados, a veces por la comunidad y también, por sus mismas familias, porque ya no solo están viejos, sino también porque están enfermos. 

A veces decimos, “bueno, si no se queja, es porque todo está bien”. Pero no siempre es así. A veces el silencio es la única manera que tienen para quejarse, sin querer ser una carga para otros.

Este post quise escribirlo por un lector que me animó a escribir sobre las casas de reposo, reflexionando sobre lo importante que es para los internados de estas casas de reposo recibir la visita de sus familiares. Esa esperanza y alegría por ver a los nietos y a los hijos visitarlos cada fin de semana trayéndoles algo para compartir; tal vez alguna comida favorita, alguna noticia, o simplemente un recuerdo en común que les traería algo de alegría. 

Tantas cosas que podemos hacer para ellos. Muchos ya no disfrutan salir a reuniones muy concurridas o elegantes, sino  un simple pero significativo paseo por el parque, puede alegrarles el día. O el hecho de que ellos sepan que uno se ha tomado tiempo para preparar alguna comida que les guste, los hará sentirse importantes, algo muy importante cuando uno ya es de edad y no puede hacer muchas cosas por sí mismos.

Mi tía, por ejemplo, le gustaba bailar y actuar en las actividades del sonjin cuando era joven. Le gustaba vestirse a la moda y le gustaba usar joyas de oro. Pero ya de "viejita", ella disfrutaba lo simple. Yo le compraba su Inca Kola helada y con eso, podía sacarle una pequeña sonrisa. Algo tan simple. 

sábado, 14 de febrero de 2015

"Cuando Yo Sea Una Oba, Quiero Llegar a ser Toda una Haamee" (Una posible explicación de por qué las mujeres okinawenses son más longevas que los hombres)

En casa, seguramente muchos de nosotros hemos llamado a nuestros abuelitos como “ojiichan” u “obaachan”. 

En mi casa, más bien, me enseñaron a decir “oji” y “oba”. “Oba, baja, ¡ya está el gohan!” o sino, “oba, ¿ya puedo abrir tu regalo?" (Bueno, aunque eran los cumpleaños de mi oba, yo siempre era la que abría sus regalos, como si fueran míos. Siempre esperaba a que las visitas se vayan para abrirlos. En esa época yo solo tenía 7 años). En fin, todo era “oba” aquí, “oba” allá. 

Mi oba materna era la que vivía con nosotros y con quien yo tenía más confianza. Así que aparte de la palabra “mamá”, "oba" era la que más se escuchaba en mi casa. 

En cambio, la palabra “oji” no la he usado mucho. 
Mi oji paterno vivía en otra casa y pocas veces venía a visitarnos. Mi mamá estaba muy ocupada trabajando en la tienda familiar como para ir a visitarlo. Y la que más estaba conmigo, era mi oba. 
Y al que yo consideraba como un oji, era un tío ya mayor al que siempre le decía "tío". Él tenía como 70 años, cuando yo en esa época tenía unos 7 años. Vivía a pocas cuadras de mi casa y casi todos los días lo veía. Así que, no extrañaba mucho la figura de un “oji”. 

Pero ya de grande, se me hacía raro ver que habían más mujeres y casi ningún hombre en mi familia. Mi oba vivió hasta los 92 años. Y mirando a mi alrededor, muchos amigos y familiares recuerdan más a su oba que a su oji, quien falleció antes que la oba. ¿Por qué? 

Quizás tenga algo que ver las palabras “Tanmee” タンメー y “Haamee” ハーメー. 

 “Tanmee” y Haamee” significan en uchinaguchi, “viejo”, “abuelo” o “persona mayor”. Si es hombre, se le dice “Tanmee” y si es mujer, “Haamee”. 
Seguro que algunos, sobretodo si son descendientes de okinawenses, recordarán haberlas escuchado alguna vez en sus casas, ¿no? 

Uno no podía decirle a su oji “Tanmee” ni a su oba “Haamee” sin que le caiga después un tremendo resondrón. Para mi oba, por ejemplo, el decir “Haamee” a alguien, era como decir “Esa haame…” (Esa vieja…). Pero si uno se refería a la abuela de otro o a una “vieja”, estaba bien. A la oba hay que tratarla de “obaachan” u “obachita”, con cariño es la cosa. (Y al oji, también). 

Pero lo curioso, es lo que se dice sobre el origen de estas palabras. Mientras estaba trabajando, encontré unas websites en japonés[1][2] en donde se hablaba sobre ese curioso origen. 

En esas websites se asocia la palabra okinawense “Tanmee” con la palabra japonesa “tanmei” (短命) que significa “vida corta” y, por relación, "Haamee" con “chomei” (長命) que significa en japonés “vida larga”. 
Esto se debe a que las mujeres, por lo general, viven más que los hombres. 

Pero se dice que, en realidad, el origen de “Tanmee” no tiene relación alguna con “la vida corta” (o “larga”) de la persona, sino con una explicación más etimológica.[4] 

Se dice que “Tanmee” se originaría del término “taariimee” (ターリーメー)[3] que utilizaban los samurái para referirse al papá. “Taarii” ターリー significaba “padre” o “papá” pero le añadían el sufijo “mee” 前 (que significaría “antes del papá”, es decir, el abuelo, como forma de respeto) y que luego se acortó a “tanmee”, que significa “abuelo”. Y en el caso de Haamee, se dice que se originaría de "haha mae" (母前), que significaría "antes de la mamá" o "delante de la mamá", es decir, la abuela. [5]

Hay que recordar que, en épocas antiguas, cuando aun existían las clases sociales en Okinawa, cada clase social tenía su propio vocabulario, en donde las clases altas (shizoku) se referían al papá como “taarii” y al abuelo como "tanmee", en comparación con las clases bajas (heimin), que se referían al papá como “suu” y al abuelo, como "usumee". Toda una mezcla de variantes.

Sea que la hipótesis de la “vida corta” y la “vida larga” sea cierta o no, parece que no hay duda que las mujeres viven más que los hombres, sobretodo los de Okinawa. 

Miro a mi alrededor, y veo que hay muchos familiares y amigos que recuerdan a su oba, pero no a su oji, porque éstos fallecieron jóvenes y las oba resultaron ser las longevas de la casa.


Oji de 95 y oba de 88 años, de Okinawa.

Imagen tomada de: http://plaza.rakuten.co.jp/fukugiterrace/diary/?ctgy=20
Pero parece que esta creencia, es más que una simple hipótesis. 
El año pasado, en marzo del 2014, el Dr. Craig Willcox (Universidad Internacional de Okinawa) realizó un estudio que me pareció interesante[6]. 
Trata de responder a la incógnita del por qué las mujeres viven más que los hombres en Okinawa. 

El por qué la gente de Okinawa es longeva, puede deberse a muchos factores[6]: hay causas genéticas, como las que sostienen que los que sobrevivieron a la guerra (batalla de Okinawa), tuvieron genes muy resistentes, capaces de sobrevivir a enfermedades contagiosas y por ende, pudieron crear una nueva generación de personas “más fuertes” que fácilmente alcanzarían los 100 años. 

Una dieta rica en antioxidantes es siempre una de las mejores aliadas de la longevidad, como la comida okinawense (compuesta mayormente de vegetales, tofu, algas, pescado), que hace que el cuerpo presente menos probabilidades de enfermedades como el cáncer, diabetes, obesidad, colesterol, hipertensión, entre otras. 

Esto es en forma general. Ahora, si queremos resaltar las diferencias en cuanto al género, este estudio también menciona algunos detalles interesantes. 

Se dice que los hombres fuman más que las mujeres, aunque las estadísticas actuales parecen confirmar lo contrario, según este estudio. 

Según este estudio, se dice también, que los hombres okinawenses son menos activos que los japoneses. Okinawa posee un sistema de transporte no tan complejo como en el caso de Japón, por lo que generalmente, los okinawenses viajan en auto para movilizarse. (creo que este estudio llegó a esta conclusión, en el sentido que es más práctico usar el auto que las bicicletas o ir caminando, debido a la distancia y ante una no tan variada opción de servicios de transporte).

En cambio, en Japón, que posee un sistema de transporte más amplio (trenes, subterráneos, buses; sobretodo trenes), la gente suele dirigirse a las estaciones de trenes o buses caminando o en bicicleta. 

También, este estudio sostiene que los hombres suelen socializar más que las mujeres en las noches, tomando o comiendo a altas horas, provocando así estilos de vida no tan saludables. 

Las apreciaciones de este estudio reflejan lo que muchos ya sabemos: el secreto para alcanzar la longevidad es llevar una vida activa y sana. Aunque, quizás, la espiritualidad también ayude. 

Según otra autora, Sally Beare,[7] dice que las mujeres okinawenses, que están en contacto especialmente con sus creencias espirituales, logran un fuerte sentido de bienestar. Los investigadores especulan que una consciencia espiritual y un fuerte sentido de integración social podría explicar el por qué las mujeres tienden a vivir más que los hombres en Okinawa y en cualquier parte del mundo. 

Se dice que la oración reduce la ansiedad y trae la calma y serenidad a la persona que ora y además, le da a las personas un significado y propósito de vida. Encontrar un propósito (o esperanza) a una situación estresante, podría reducir los niveles de estrés que podría tener efectos beneficios en el cuerpo. 

Ahora que lo pienso, ¿cuántos de nosotros recordamos a nuestras oba, haciendo el ocható para el butsudan o rezando ante él? O ¿cuántos de nosotros recordamos al Comité San Francisco en Lima, en donde iban muchas de nuestras oba a leer la biblia y participar en los paseos grupales que hacían fuera de Lima, fuera del estrés y la contaminación? 
¡Qué coincidencia que hayan participado más nuestras oba que nuestros oji! Quizás lo que se dice sobre la relación entre espiritualidad y longevidad sea cierta. O seguro es solo coincidencia. 

Bueno, realmente, no descarto la explicación de que el origen de la palabra "Haamee" sea por la de la "vida larga", aunque quizás sea una creencia popular. 
Así que, si quiero llegar a ser una "Haamee" (en el sentido literal de “vida larga”), tengo que tratar de llevar una vida sana y activa.
¿Se imaginan? Llegar a ser una oba siendo toda una “Haamee”(*)

(*)en el sentido de llegar a ser una abuela muy longeva).

------------------------------------------------------------------------------------------------------------ FUENTES:

[1]http://www.coara.or.jp/~yamataka/okinawa2.htm 

[2]http://choju-giga.cside.com/samusupi/novel/mina/yue_tian_xin02.html 

[3]  たるーの島唄まじめな研究

[4]http://tarugani.seesaa.net/article/8272302.html

[5] http://blog.goo.ne.jp/taezaki160925/e/aaf0578f7954c7cf73dd5d905d0e38a9

[6] WILLCOX, Craig. “Why Women Live Longer than Men: Lifestyle, the Gender Gap and Public Health Policy Implications for Longevity in Okinawa”. ( Informe presentado en el seminario del mismo nombre, el 28 de marzo de 2014). Institute of Policy Studies and the Faculty of Arts and Social Sciences, National University of Singapore.  
El Dr. Craig Willcox es Catedrático de Salud Pública Internacional, Binestar y Gerontología de la Universidad Internacional de Okinawa). 

[7]BEARE, Sally. 50 Secrets of the World's Longest Living People. Da Capo Press. 2005. Pág. 209. 

martes, 9 de diciembre de 2014

El origen del Kajimayaa: ¿Podemos despistar a la muerte con una celebración?

Hay un antiguo proverbio okinawense que dice: 
“A los 70 años, aún eres un niño; a los 80, un joven. Y si a los 90 alguien del cielo te invita a que vayas allá, pídele que espere hasta que cumplas los 100 años".[1] 

Imagen tomada de:
琉球村・道ジュネー
Realmente, tiene mucho de cierto. ¿Quién acaso no ha escuchado decir a alguien: “Todavía es una “jovencita”, al referirse cariñosamente a una señora de unos 60 años o el comercial de una conocida cadena de farmacias limeña que ofrece descuentos a los “Jovencitos Mayores de 50”? 

Actualmente, es casi común ver en Japón o en Okinawa a personas que pasan fácilmente los 80, 90 e incluso, los 100 años con buena salud y vitalidad de acuerdo a su edad (o quizá muchos de nosotros tenemos a un oji o a una oba longeva en casa), por lo que creo que sería difícil definir cuándo comienza esa “tercera edad”, como antiguamente se les conocía a los “jovencitos mayores de 50”. 

He conocido a personas que pasan incluso sus 70 primaveras pero aún así, mantienen una vitalidad tan contagiante que no tendría nada que envidiar a alguien de 30. Realmente, hay personas que temen a la vejez, pero creo que el secreto está en que para poder disfrutarla, hay que saber cómo vivirla, porque lo que realmente importa no sería la edad, sino cómo uno se siente por dentro. 

Recuerdo que mi oba decía que era importante celebrar los cumpleaños porque al hacerlo, uno se aseguraba una buena salud y, por lo tanto, una larga vida. Para ella, ser un año más vieja, era como una bendición, puesto que compartía un año más con su familia. 
Aunque mi oba tenía sus achaques propios de la edad, creo que se sentía orgullosa de su edad, porque aunque no lo decía, recuerdo que ella siempre mostraba con orgullo sus cabellos canos. Y cada vez que alguien le preguntaba “¿Cuántos años tiene?”, ella no ocultaba su edad, al contrario, siempre decía su edad real. “¿Para qué voy a mentir?, si parezco de menos", era lo que siempre contestaba cuando alguien resaltaba su sinceridad. 

Con esa misma inocencia en sus respuestas, casi como la de un niño, mi oba se hacía querer bastante entre la familia y hasta con los amigos. Como decía mi mamá: "Ya cuando uno es viejo, se vuelve como un niño". 
¡Qué curioso!¿No?, da a entender que si uno envejece, paradójicamente, sería como si uno estuviera metiéndose a la fuente de la juventud y volviera a ser otra vez un niño, aunque solo de espíritu, como sucede también en el Kajimaya. 


UNA ANTIGUA COSTUMBRE QUE NACIÓ EN OKINAWA Y SE PRACTICA EN EL PERÚ 
El Kajimayaa es una antigua costumbre okinawense en donde la persona agasajada celebra sus 97 años de vida en un día distinto a su onomástico, que sería el séptimo día del noveno mes del año (7mo día de setiembre), según el calendario lunar. 
Actualmente, es una costumbre que se celebra con la familia y la comunidad en Okinawa, a diferencia de Perú, en donde también se celebra, pero de una forma no tan abierta, sino solo entre la familia, los amigos y conocidos. 

Generalmente, se realiza en un local grande (como en las instalaciones de la APJ o de la AOP) en donde no faltan las presentaciones artísticas típicas de Okinawa como danzas tradicionales o música en vivo y abundante comida okinawense. 
En esta fecha, la persona agasajada usa un traje especialmente hecho para la ocasión, generalmente de un color rojo o amarillo brillante. 


Imagen tomada de: 
Yaeyama Mainichi Shinbum 八重山毎日新聞
En Okinawa, la escena sería casi similar, solo que allá se incluye un pequeño desfile, en donde las personas agasajadas son las protagonistas y se pasean en un auto descapotado por algunas calles del pueblo, para que la gente pueda verlas y saludarlas. 
Como parte de su atuendo para esta ocasión, llevan consigo un Kajimayaa (o “molino de viento” en uchinaguchi), tal y como si fueran unos niños con su juguete, porque, como así me decía mi mamá: "Ya cuando uno es viejo, se vuelve como un niño". 

El Kajimayaa representaría así un retorno simbólico a la infancia, en donde se desea una vida larga y saludable a la persona agasajada. Como “es bueno celebrar los cumpleaños” (así como decía mi oba), en la cultura okinawense se acostumbra celebrar los Tushibii, como el Kajimayaa, puesto que son las edades consideradas como especiales, que comienza a los 13 años y luego, en múltiplos de 12 (25, 37, 49, 61, 73, 85 y 97 años)[2].


Imagen tomada de:
エンタ魂 Entertainment Mabui
Pero, ¿Por qué se dice que uno vuelve a ser un niño a los 97 años? ¿Por qué en Okinawa se acostumbra hacer desfiles en donde la persona agasajada recorre las calles? ¿Por qué esta celebración se le conoce como “Kajimayaa”?... Bueno, son algunas dudas que seguramente muchos de nosotros tenemos acerca de esta celebración. 

Pero como ya pasaron aquellas épocas en que si no entendíamos algo, teníamos que conformarnos con aceptar lo que nuestros abuelos nos decían porque "así es la costumbre y punto", estuve buscando algo de información que pudiera responder a casi todas esas dudas y creo que lo encontré. 


MUKASHI MUKASHI ARU TOKORO NI…(**)
Hay un antiguo cuento okinawense[3] que relata el origen del Kajimayaa. 
Hace mucho tiempo en Okinawa había un árbol tan alto que llegaba hasta el cielo. Un día, el Dios del Cielo encontró ese árbol y decidió bajar a la Tierra a través de él. 

Ni bien ya estaba cerca del suelo, saltó del árbol y cayó en un lugar que tenía mucha arcilla de consistencia muy suave. Al ver que había mucha de esa arcilla, se dijo a sí mismo: “Esta es una excelente arcilla. Con ella, puedo crear a los seres humanos que he estado pensando desde hace tiempo”. 

Sin dudarlo, el Dios del Cielo tomó un poco de esa arcilla y comenzó a modelar seis figuras humanas: tres hombres y tres mujeres. No se dio cuenta, pero pasó todo el día en su creación. Ya casi era de noche cuando terminó y se dijo a sí mismo: “Ahora está muy oscuro para darles vida a estas figuras. Mejor, regresaré mañana.” 

A la mañana siguiente, el Dios del Cielo regresó a la Tierra y encontró que sus seis figuras de arcilla habían sido destruidas en pequeños pedazos. Desconcertado, pensó: “¿Quién habrá hecho algo tan horrible? Tendré que hacerlos nuevamente”. 

Sin perder tiempo, el Dios del Cielo comenzó a modelar seis figuras de arcilla otra vez pero cuando terminó, ya era de noche como la vez anterior. No quería dar vida a sus creaciones en plena oscuridad, por lo que decidió regresar al día siguiente y con la luz del día, convertiría a estas figuras de arcilla en seres humanos. El Dios del Cielo regresó a la mañana siguiente y encontró que todas sus figuras de arcilla fueron destruidas una vez más. 

Esta vez, el Dios del Cielo se enojó tanto que del cielo mismo llovieron truenos y relámpagos. Luego, ya un poco más calmado, pensó que era mejor quedarse en la Tierra esa noche para descubrir quién se había atrevido a destruir sus figuras de arcilla. 
Se trepó al árbol y subió hasta donde podía ver a sus figuras. Allí se sentó y se puso a esperar. 

Alrededor de la medianoche,  el suelo comenzó a temblar de repente y apareció una brillante bola de fuego que salió del centro de la tierra, haciendo que ésta se dividida en dos. Era el Dios de la Tierra, quien al ver a las figuras de arcilla, las cogió y las destruyó en pequeñas piezas, tal y como hizo en las noches anteriores. 

En ese momento, el Dios del Cielo bajó furioso del árbol mientras gritaba: “¡No!, ¡Detente! ¿Qué estás haciendo con mis creaciones?” Al oír los gritos, el Dios de la Tierra miró a su alrededor y vio al Dios del Cielo, a quien le dijo: “¡Así que eras tú quien hizo estas figuras de arcilla sin mi permiso!” 

El Dios del Cielo se dio cuenta de la falta que había cometido, al haber tomado arcilla de un lugar que no le pertenecía y le respondió al Dios de la Tierra: “Tienes razón. Admito que tuve la culpa por no haberte pedido permiso para tomar esa arcilla. Mi intención era hacer estas figuras de arcilla y darles vida como seres humanos. Realmente, siento no haberte pedido permiso antes para usar esta maravillosa arcilla. Pero, si me das permiso, yo podría terminar de crear a estos humanos y así permitirles vivir durante 100 años”. 

El Dios del Cielo le pidió perdón humildemente al Dios de la Tierra para que le permita usar su arcilla. Al final, el Dios de la Tierra accedió al pedido del Dios del Cielo para crear seis nuevas figuras de arcilla y darles vida. 
El Dios del Cielo volvió a hacer las figuras de arcilla y les dio vida a la mañana siguiente. 
Las seis figuras fueron emparejadas entre sí, convirtiéndose en tres parejas de hombre y mujer, dando origen a la vida humana en Okinawa. 

Los humanos que había creado vivían en felicidad y el Dios del Cielo estaba muy complacido en ver cómo aumentaba el número de hombres y mujeres a través del tiempo. 
Pasaron 97 años y ya había todo tipo de humanos viviendo en la Tierra: hombres y mujeres, viejos y jóvenes. 

Un día, el Dios de la Tierra visitó al Dios del Cielo y le dijo “Ya es hora que me devuelvas la arcilla que te presté”. Sorprendido, el Dios del Cielo miró al Dios de la Tierra y le respondió: “Pero aún no han pasado 100 años”, a lo que el Dios de la Tierra le explicó: “Estás equivocado. Hubieron 3 años bisiestos durante todo este tiempo; por lo que, desde el día que hicimos el pacto hasta el día de hoy, han pasado exactamente 100 años y hoy he venido para que me devuelvas la arcilla. Además, tengo el deber de informar al Dios Todopoderoso acerca de este pacto.” 

Comprendiendo la situación, el Dios del Cielo le respondió: “Entiendo tu misión. Pero, tu mismo puedes ver que estos humanos son niños, adultos y ancianos y hasta también hay algunos recién nacidos y no todos han vivido los 100 años. Por eso, te suplico que les regales un tiempo más de vida a aquellos humanos que hayan cumplido los 97 años”. 

Después de una larga negociación entre los dos dioses, el Dios de la Tierra accedió finalmente al pedido del Dios del Cielo, para que aquellos que hayan alcanzado los 97 años, puedan vivir por más tiempo. 
La condición era simple: si querían vivir por más tiempo, los humanos que celebraran su 97 aniversario de vida, tenían que hacerlo como si fueran unos bebés y así, no habría problema con el pacto. Pasó el tiempo y este cuento se convirtió en una costumbre de Okinawa que hasta el día de hoy se celebra. 

LO QUE HAY DETRÁS DEL "KAJIMAYAA": LOS 3 SIGNIFICADOS
Pero la explicación no termina aquí. 
La celebración del Kajimayaa toma ese nombre por el molino de papel que las personas agasajadas llevan consigo durante la celebración y que en uchinaguchi se le llama “Kajimayaa”. 
Según la creencia okinawense, se cree que a medida que una persona envejece, se parece más a un niño[4] y el “Kajimayaa” (o “molino de viento”) representaría el regreso a su infancia, en donde el agasajado se viste como un niño (chaleco y gorro o una diadema) y lleva consigo un Kajimayaa como juguete. 

Esta creencia se relaciona con el zodiaco chino y sus 12 animales (uno por cada año), en donde cada 12 años se estaría completando un ciclo. En el caso del Kajimayaa, por ejemplo, así como en las otras celebraciones especiales de Tushibii (por ejemplo, la de 73 u 88 años de edad, como vimos anteriormente), se cree que es el inicio de un nuevo ciclo de vida[5], en donde se pide generalmente una buena salud a través de una gran celebración. 

Hasta ahora, hemos visto que el término Kajimayaa tiene 2 significados en uchinaguchi: el “Kajimayaa” como la celebración de los 97 años y el de “molino de viento”. 
Pero hay un tercer significado, que es el de “intersección” o “cruce” (refiriéndose a un camino). Puede parecer difícil de creer, pero estos 3 significados tendrían cierta relación entre sí, confirmando de esta manera la existencia de una antigua costumbre que se practicaba en Okinawa cuando una persona cumplía 97 años de edad. 

Antiguamente, las personas agasajadas recorrían las calles del pueblo, teniendo que pasar por 7 intersecciones y 7 puentes[6]. 
Se cuenta que esta costumbre se practicaba en Okinawa hasta la era Meiji[6] y que con el tiempo, cayó en desuso y en el olvido. A simple vista, no nos llamaría la atención esta costumbre, en donde las personas agasajadas desfilaban por las calles (seguramente en carrozas) para recibir los saludos y buenos deseos de los amigos, familiares y vecinos del pueblo, pero si supiéramos la verdadera razón por la que se practicaba, seguro que nunca olvidaríamos esta explicación. 


Imagen tomada de:
Yaeyama Mainichi Shinbum 八重山毎日新聞  

La razón por la que las personas agasajadas desfilan por las calles, no solo es para que la gente las pueda ver, sino también, porque era una forma en la que ellas pueden compartir su buena salud y longevidad con la gente del pueblo. 

En el pasado, se creía que las personas longevas tenían poderes especiales para alcanzar la longevidad, prosperidad y buena salud y que podían compartirlas con la gente que participaba de esta celebración a través de la ceremonia del Ayakaru, en donde la gente trataba de tocar o de estrechar la mano de la persona longeva o sino, recibir de ella un vaso con sake[7] o, seguramente de awamori, en el caso de Okinawa.

EL FUNERAL SIMULADO COMO PARTE DE LA CELEBRACIÓN
Pero, además de compartir la buena suerte a través del Ayakaru, el propósito principal del desfile era, por así decirlo, la de despistar a la muerte. 
Se cuenta que antiguamente, probablemente hasta la era Meiji[6], se celebraba un funeral simulado o un funeral falso en el Kajimayaa. 

Se cuenta que un día antes de la celebración, la persona longeva era vestida con el traje que usaban los fallecidos y se les hacía dormir en una posición determinada, en la cual su cabeza estuviera apuntando hacia el oeste (de la misma manera en que los fallecidos eran colocados). Se les colocaba inciensos y cuencos con arroz al lado de su casa, como si lo estuvieran velando, según la costumbre japonesa. Al día siguiente, la persona agasajada, a quien habían velado la noche anterior como si hubiera fallecido[8] es llevada por la calles del pueblo, a modo de un desfile y en donde tenía que pasar por las 7 intersecciones y 7[6] puentes del pueblo hasta que llegaban al cementerio, lugar en donde la persona agasajada echaba la bendición a sus familiares y vecinos de la comunidad.[8] 

Y ¿por qué se hacía un funeral simulado o falso? Simplemente, para despistar a los dioses. Recordando el cuento que hemos leído casi al principio de este artículo (en donde una de las condiciones que exigía el Dios de la Tierra para que los longevos de 97 años tengan más años de vida, era la de celebrar su cumpleaños número 97 como si fueran bebés), la razón por la que se fingía el funeral de la persona agasajada, era para que los dioses creyeran que esa persona había fallecido y que la persona que estaba desfilando por las calles, con ropa muy colorida y brillante y con un juguete en sus manos (en este caso, un molino de papel) era aún un bebé, de modo que le perdonarían la vida por más tiempo.[9] 

El hecho de recorrer las calles, cruzando intersecciones y puentes, precisamente para despistar a los dioses, me hizo acordar de una creencia okinawense muy similar, que dice que los espíritus suelen desplazarse en forma recta y por ello, se suele colocar talismanes de piedra en las intersecciones y cruces de las calles okinawenses, llamadas Ishiganto, que evita que los espíritus ingresen a las casas que se encuentren en estos cruces (se cree que sin estos Ishiganto, los espíritus errantes que caminan por el pueblo, podían entrar a las casas que se encuentren en su camino). O también, la antigua costumbre de hacer Masumiyii[10] cuando uno regresa del cementerio, que consistía en despistar a los espíritus para que no nos sigan hasta la casa, ya sea entrando a un restaurante para comer o a una tienda o a otro lugar antes de llegar a casa, para que el espíritu que nos haya seguido desde el cementerio, se quede en ese lugar. 

Realmente, la celebración del Kajimaya, así como muchas otras de la cultura okinawense, encierra todo un conjunto de símbolos en donde cada elemento que se muestra tiene un significado especial y no es tomada simplemente al azar, pero como la memoria es frágil, muchas veces, se pierde con el tiempo. 

Al conocer el cuento sobre el origen del Kajimayaa y cómo antiguamente se celebraba, me doy cuenta que mi oba realmente sabía de todo esto, al decirnos que era importante celebrar los cumpleaños para tener una larga vida, pero no nos contó, como se dice, toda la historia. Como éramos chicos, quizás no nos explicó el por qué, porque no podríamos entender cómo una celebración podría "despistar" a la muerte.

(*) APJ= Asociación Peruano Japonesa
AOP= Asociación Okinawense del Perú 
(**)"Mukashi mukashi, aru tokoro ni..." = frase en japonés con la que se comienzan los cuentos para niños, que se traduciría al español como "Había una vez..."


FUENTES

Grupo de sanshin “Presentación en Seinen Iwai”. Publicado el 21 de mayo del 2014. 







[10] GANAHA KAMISATO, Ricardo Munehide. "Okinawa: el reino de la cortesía y testimonio de un peruano okinawense". Lima. 2006 (Pág. 107). 

LA SANBASAN (PARTERA) "MÁS FAMOSA" EN LA LIMA DE LA PREGUERRA: LA SANBASAN TOKESHI

La foto que muestro fue tomada el 27 de febrero de 1930.  Es una vista del patio de Lima Nikko en una ocasión especial.  En ese día, hubo un...