jueves, 21 de mayo de 2015

Historia de mi mamá (Agradecimiento especial a Roberto Oshiro, por compartir este emotivo recuerdo de su mamá)

Esta es la historia de mi mamá.

Sus padres vinieron al Perú en año incierto, dejando su pueblo natal, Yonabaru (Okinawa).

En realidad, no sé con qué barco ni en qué año fue; pero sé que vinieron por el mismo sueño que tenían todos los inmigrantes de esa época: hacer okane para tener un mejor porvenir. 
Ésa era la idea. Ellos querían regresar a su país lo más pronto posible, pero la verdad es que no ocurrió así. 

Aquí nacieron los hijos y así es como comienza su historia. 
En total eran 8 hijos, siendo mi mamá la tercera. Era común en esos tiempos las familias numerosas. 

A mi mamá la llamaron Saturnina. En realidad, nunca le gustó ese nombre, pero se lo pusieron porque una vecina se llamaba así. 
Por no saber el idioma, eso les pasó a mis abuelos: podían escoger nombres que a los hijos no les gustaban o inscribirlos mal en los registros, en donde los apellidos mal deletreados de los hermanos de una misma familia (del mismo padre y madre), no coincidían y terminaban siendo solo “medio hermanos”.
 A veces, por una letra mal puesta o por la desidia del registrador que no cotejaba los datos, ¡Cuántos de nosotros tenemos apellidos mal escritos! ¿no? 

Como muchos inmigrantes, mis abuelos trabajaron muy duro; aunque no tuvieron mucha suerte en los trabajos y oficios que tuvieron. 

Recuerdo que me contaron sobre la carbonería, en donde, obviamente, se vendía carbón. Estaba por Luna Pizarro en La Victoria. 

Un día, mi abuela enfermó de los pulmones. En esa época, las enfermedades del pulmón era algo común. Quizás ella se enfermó por el carbón o por el sacrificio que hizo al tener que alimentar a tantos hijos y a su vez no alimentarse bien. Ella tenía la llamada “enfermedad de los pobres”, la tuberculosis. La medicina no estaba tan adelantada en esa época y lo que recomendaban los doctores era vivir un tiempo en Jauja, cuyo clima seco podría curarla. 
Pero mi abuela falleció. En esa época mi mamá tenía 11 años. 

Fue algo muy duro, pero aprendió a ser fuerte. Desde los diez años ya sabía cocinar. Se subía a una silla de paja para alcanzar la cocina. “Lo primero que cociné fue un rico estofado”. Ella misma me lo cuenta como si hubiera sido ayer. 

Como no tuvieron mucha suerte en los negocios, las hijas mayores tuvieron que trabajar. Mis tías, las hermanas mayores de mi mamá, trabajaron en casas de amistades o de paisanos, hasta que fallecieron de tuberculosis o bronconeumonía. Mi abuelo falleció cuando mi mamá tenía 20 años. Sin papás ni hermanas mayores, mi mamá tuvo que asumir su papel de hija mayor. 

La economía en la casa empeoró. 
Sus hermanos menores terminaron yéndose a vivir con unos tíos en la chacra Taboada, en el Callao. A mi tía Yoshiko la casaron con una persona mucho mayor que ella en un matrimonio pactado (algo común en ese entonces, acordado entre los tíos y paisanos en busca de un futuro mejor para ella). Aunque estuviera casada, también ayudó a los otros hermanos. 

Mis otras tías salieron a trabajar, como mi tía Lorenza, quien se fue a trabajar con la familia Tsukayama (los de la dulcería del Mercado Central) a los diez años. 

Al principio era muy traviesa, haciendo que los Tsukayama llegaran incluso a quejarse con los tíos en la chacra. 
Pero tía Lorenza era muy jovencita en esa época y quizás solo pensaba en jugar. Con el tiempo, los Tsukayama se encariñaron tanto con ella, que querían llevarla a Okinawa junto con ellos, cuando llegó el momento de regresar al pueblo. 
Pero en esa época, tía Lorenza ya estaba por casarse y prefirió quedarse en el Perú. 

Tanto fue el cariño que le tuvieron, que los Tsukayama la entregaron en matrimonio como si fueran sus propios padres. La querían mucho, porque veían en ella a la hija que no tenían. Ellos también eran de Yonabaru como mis abuelos. Era solidaridad entre los mismos paisanos. Quizás por eso le dieron trabajo y la quisieron tanto como a una hija. 

Y sobre los tíos que se fueron a la chacra, creo que también tuvieron suerte.
Mis tíos Yolanda, Zoila y Benjamín, fueron criados como si fueran los hijos de los tíos de la chacra, pero eso no quiere decir que la vida fue fácil para ellos, no. 

La vida en el campo es muy dura: hay que levantarse muy temprano y trabajar como peón de sol a sol; cargar mucho peso; pasar penurias, incluso hasta en la comida. Las cosechas demoran y mientras se espera, se sufre. 
Hay plagas o nos dan precios bajos, pero aun así, mis tíos abuelos y mis tíos fueron como una familia. 

Lo bonito de todo esto, es que todos los hermanos se ayudaban los unos a los otros, a pesar de todas las penurias. Siempre se mantuvieron unidos. Se veían el uno al otro, se ayudaban, incluso hasta ahora. 

En cuanto a mi mamá, bueno, ella ha tenido una vida difícil, al igual que sus hermanos. 
Poco a poco ha estado contándome su historia. 

Mi mamá recuerda que estuvo trabajando en varias casas de paisanos del mismo sonjin. En muchas de ellas tuvo más alegrías que tristezas y hasta era tratada como un familiar más; aunque en otras, no tanto. 
Pero siempre estuvo trabajando. Llegó incluso a trabajar durante diez años en la casa de una familia. 

Esta familia tenía un restaurante, en donde el ojisan y la obasan eran muy buenos. La trababan muy bien. 
En esa época todos trabajaban duro, tanto ella como los propios hijos de la casa. Pero no todo era felicidad. 

Un día, la obasan enfermó y falleció. La soledad hizo que, con el tiempo, el ojisan tuviera otro compromiso. 
Pero como en un cuento de hadas, la suerte de mi mamá cambió. 
Esta obasan no era tan buena como la otra. La trataba mal e, incluso, la hacía dormir en un pasadizo donde colgaban la ropa. Ella respiraba toda esa humedad de la ropa, pero no se quejaba. 

En la casa también había una empleada dojin, quien aprovechaba cuanta visita de los paisanos del sonjin, para contarles sobre la situación de mi mamá dentro de la casa. “Así, se va a enfermar del pulmón” les decía preocupada. 

El paisano le contó al ojisan de la casa lo que escuchaba y éste buscó, aparentemente, una solución. Mandó a colocar un altillo en donde podía dormir mi mamá. 

Pero su pareja, la obasan, no le gustó esta idea. Como venganza, despidió a la empleada que se preocupó por mi mamá. 

Sin recriminarle, los paisanos del ojisan vieron esa injusticia, pero solo pensaban en bajito. “Eso no está bien”. Preocupados por la situación, planearon una solución. 
Ellos sugirieron al ojisan envíar a mi mamá a la chacra, aprovechando que su hermana (mi tía Yolanda), se iba a casar y que seguro necesitaban que ella los ayudara para los preparativos del matrimonio. Fue algo muy inteligente y discreto. 

Así la pudieron sacar de esa casa, en donde la obasan no la quería, sin hacerle sentir mal al ojisan, quien la había acogido tan buenamente en su casa. “Para que no digan que es una malagradecida. Así todos salen contentos”. Así era cómo la gente del sonjin velaba por todos, ayudando a sus paisanos para que no se cometan injusticias. 

Hace unos días, vi el Facebook del Restaurante Rosita de La Victoria, que hasta ahora funciona. 
En una de las fotos aparece mi mamá en la inauguración del -aquél entonces- nuevo local del Restaurante Rosita de la familia Teruya, en 1958. 

Imagen tomada del Fanpage de Restaurante Rosita
"Mi mamá sale en esta foto, esbozando 
casi una sonrisa", cuenta su hijo Roberto.

Restaurante Rosita
(aún en funcionamiento)
Av. Iquitos 293 la Victoria

Dentro de mí, sentí una alegría tremenda ver a mi mamá esbozando una casi sonrisa. 
Me hizo recordar cada cosa que mi mamá me fue contando durante estos años, sus alegrías y sufrimientos. 

Mi mamá trabajó para los Teruya apenas 2 años, pero fueron los mejores años de su vida. Ahí se sintió querida, como si fuera una hija. La obasan Teruya era una mujer muy buena. La trató igual que a sus propios hijos, no hacía diferencias entre ellos. Le compraban ropa y hasta la llevaban a las reuniones del sonjin. “Tú tienes que conocer a tus paisanos”, era lo que le decían. 
Con ellos fue que comenzó a frecuentar el sonjin, así lo recuerda mi mamá. 

Después de casada, mi mamá siguió visitándolos e incluso, en momentos difíciles, ellos siguieron ayudando a mi familia. 

Con la historia de mi mamá y de sus hermanas, lo que quiero resaltar es la ayuda que había entre los propios paisanos del mismo sonjin. La gente velaba por el bienestar de todos. Ayudaban en lo que podían: dando trabajo, dando okane o de otra forma, pero siempre trataban de ayudar. A veces, como en el caso de mi mamá con la “mala obasan”, también hacían justicia. O cuando alguien estaba enfermo o alguien fallecía, siempre daban sobres con dinero (como hasta ahora se hace). O con los tanomoshi, que en muchos casos sirvieron para establecer negocios y los resultados fueron de lo mejor… Y tantas formas que se pueden enumerar, en donde el sonjin siempre estaba unido. Realmente, ¡Qué hubiese sido de mi mamá y de mis tíos sin esa solidaridad! Como ellos, hay muchos casos en nuestra colectividad.

(Un agradecimiento especial a Roberto Oshiro, quien compartió con nosotros este muy emotivo testimonio de vida de su madre)

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